Capítulo 26
El golpe
La puerta se cierra con un clic suave casi educado mientras Diana se queda mirándola, es una puerta de madera maciza con el picaporte de bronce que su padre se negó a cambiar durante treinta años porque "las cosas viejas cierran mejor", sabiendo que al otro lado está el pasillo está la sala de juntas y a doce pasos Iván.
Se le acelera el pulso al ver la ventana grande detrás del escritorio por donde la luz de diciembre entra recordandole que no es un sótano aunque su cuerpo que nunca ha confiado en la lógica no termina de creérselo.
—Ábrela —dice.
—Solo cinco minutos —Sebastián levanta las manos como quien se rinde—, no quiero que nos oigan, por ti, no por mí.
Diana mete la mano en el bolso como si buscara un pañuelo y aprieta el botón rojo de grabar en la pantalla del teléfono. El despacho de su padre huele a madera, a papel y a la colonia de lavanda que Rubén usaba los lunes con su pluma de tinta verde en un soporte de mármol sobre el escritorio, un mapa antiguo del litoral en la pared con los caladeros de pesca marcados a mano y en una esquina el globo terráqueo con el que Diana jugaba de pequeña haciéndolo girar hasta marearse.
Sebastián se acerca al globo y lo hace girar con un dedo.
—¿Te acuerdas de cuando me trajiste aquí la primera vez? Teníamos diecisiete años, tu padre me dio la mano y me preguntó qué quería ser y le dije que abogado aunque era mentira porque no sabía lo que quería ser y solo quería no ser pobre.
—Me acuerdo.
—Él me creyó, tú también, siempre me creían todos en esta casa —detiene el globo— eso es lo que nunca entendiste Diana, es muy fácil mentirle a la gente buena, es casi aburrido.
Diana no responde mientras saca del bolso la caja de terciopelo rojo para dejarla sobre el escritorio de su padre antes de sacar la bolsa.
—Vine a devolverte esto.
Sebastián abre la bolsa encontrando dentro las tres corbatas, el reloj del cuarto aniversario y la foto enmarcada de los dos a los dieciocho años en la escalera de la secundaria con las togas de graduación y él sonriendo con los dientes torcidos que ella le pagó para enderezar, se queda mirando la foto un largo rato hasta que algo le pasa por la cara y desaparece para abrir la caja de terciopelo, sacar el anillo, lo mira en contra de la luz y lo guarda en el bolsillo sin ceremonia.
—Lo puedo vender —dice—, bien pensado.
Después ve el collar, la cadena de oro blanco con la D de diamantes diminutos que Sebastián levanta con dos dedos dejándola colgar delante de los ojos antes de echarse a reír con una risa no cruel sino peor, auténtica y divertida como quien encuentra un billete olvidado en un abrigo.
—¿Esto me lo devuelves?
—Me lo regalaste en la graduación.
—Yo nunca te regalé esto —lo dice con una alegría absurda—, ¿con qué dinero Diana, tú sabes lo que cuesta esto?, llegó en una caja sin tarjeta, tú viniste corriendo a enseñármelo toda emocionada y yo sonreí sin decir nada mientras tú decidías que era mío —se encoge de hombros—, me pareció una tontería sacarte del error, te hacía feliz y a mí no me costaba nada.
Diana siente que el suelo se inclina un grado.
—Entonces, ¿de quién era?
—No tengo ni idea, de algún admirador, siempre tuviste admiradores raros —le lanza el collar sobre el escritorio junto a la pluma verde—, ¿ves?, esa es la diferencia entre tú y yo, yo siempre supe exactamente quién me daba cada cosa y tú ni siquiera sabes quién te quiere.
Diana toma el collar apretándolo en el puño mientras las piedras se le clavan en la palma y se lo guarda en el bolsillo de la chaqueta recordando la mañana de la graduación con una repentina nitidez, la caja blanca en el escalón de la entrada sin remitente con un lazo azul que Ana subió a su cuarto mientras Diana bajaba corriendo a buscar a Sebastián que desayunaba en la cocina y él levantaba la vista del café limitándose a sonreír, solo sonreír.
Por un instante la cabeza se le va hacia otra cosa, algo que también llegaba sin tarjeta a la puerta una y otra vez durante años con pétalos, sin atreverse a terminar la idea guardándola junto a todas las demás en el lugar que ya no es un cajón.
—Tu tiempo se está acabando —dice.
—Entonces voy al grano —Sebastián se apoya en el escritorio—, retira la auditoría forense hoy, presento mi renuncia como vicepresidente mañana por motivos personales sin indemnización y ya ni siquiera te pido dinero sino que me dejes ir limpio.
—No.
—Diana piénsalo, una auditoría forense dura meses, va a salir en la prensa, tu padre lo va a leer con ese corazón de papel, tu empresa va a parecer una cueva de ladrones y yo voy a contar cosas, cosas tuyas.
—¿Qué cosas?
—Que firmabas sin leer, que te pasabas el día pintando mientras la empresa de tu padre se hundía y que te casaste con un desconocido dos días después de un episodio en un hotel, ¿sabes cómo suena eso en un juicio?
Diana lo mira sin diecisiete años ni temblores.
—Sé lo de Carmen.
Sebastián se queda quieto.
—Treinta y siete fotos —sigue Diana—, la primera de la noche de nuestro compromiso en mi cama mientras yo estaba abajo lavando las copas de mi abuela y Carmen dice que me oían cantar.
Por un segundo Sebastián no dice nada antes de parpadear muy deprisa cambiando de cara como un actor que se equivoca de escena y tiene que improvisar.
—Ella me buscó —lo dice rápido—, fue ella, yo estaba confundido con la cabeza llena de la empresa, de tus padres, de la boda, ella se metió en mi cuarto y yo no sabía cómo pararla.
—Era mi cuarto.
—¡Todo era tuyo! —explota de pronto con una voz que Diana nunca le ha oído—, ¡ese es el problema!, el cuarto era tuyo, la casa era tuya, el dinero, los coches, la empresa, los amigos, ¡hasta mis dientes eran tuyos Diana, tú me los pagaste!, ¿sabes lo que es sonreír con una boca que no es tuya?
Diana retrocede un paso chocando con la estantería.