Capítulo 21
Lo que guarda el sótano
Iván no da la vuelta, detiene el coche junto a la acera, con las luces de emergencia encendidas y se gira hacia ella.
—No.
—No te estoy pidiendo permiso.
—Lo sé. Te estoy diciendo lo que pienso, son tres hombres, es medianoche y vas descalza.
—Llevo los tacones en la mano y si hace falta los uso.
—¿Para correr?
—¡No! Para pegar, son de nueve centímetros es casi un arma blanca.
Iván no sonríe mira el teléfono de Diana todavía iluminado con el mensaje de Arciniega y ella ve cómo se le mueve ese músculo pequeño de la mandíbula, el que solo aparece cuando algo se le escapa de las manos.
—En el depósito B están los originales de tres años —insiste Diana—. Si Germán se los lleva esta noche, el día nueve llego a la asamblea con cuatro cajas revisadas y una corazonada, Bermúdez se va a reír de mí con ese bigote.
—Mando a alguien.
—Si mandas a alguien la prueba es tuya, Bermúdez dirá que tu gente plantó papeles en mi sótano y cualquiera le creería. —Le sostiene la mirada—. Me lo enseñaste tú en ma primera clase, "quién encuentra algo importa tanto como lo que encuentra."
Un taxi pasa a su lado y los ilumina un segundo.
Iván quita las luces de emergencia y da la vuelta. Conduce más deprisa que nunca pero con la misma precisión de manual, en un semáforo en rojo sin mirarla le pregunta.
—¿El depósito B tiene luz?
—No lo sé, nunca he bajado al sótano.
—Es un sótano.
—Ya sé que es un sótano.
—Sin ventanas.
Diana entiende lo que le está preguntando y le molesta que lo pregunte, y le molesta todavía más que lo sepa.
—Voy a estar bien.
—Eso no es una respuesta.
—Es la que tengo.
El semáforo cambia, Iván arranca sin decir nada más pero aprieta el volante como si quisiera arrancarlo.
El edificio de Scott Holdings está a oscuras salvo por el vestíbulo y por una franja amarilla en la rampa de carga, donde una camioneta blanca espera con las puertas traseras abiertas, no tiene logotipo y tiene un abollón en el parachoques.
Iván estaciona en la acera de enfrente detrás de un contenedor de basura.
—Yo me quedo aquí —dice—. Miro la camioneta y no la toco.
—Gracias.
—Doce minutos, si no sales en doce minutos no sales entro y no te voy a preguntar si puedo.
—Quince.
—Doce.
—Eso no es negociar.
—No, no lo es.
Lo dice sin levantar la voz, con las dos manos todavía en el volante. Diana conoce ya ese tono, no admite réplica y aun así no suena a orden sino a algo que él mismo no sabe cómo soltar. Decide no discutir. Y doce minutos le parecen de pronto, mucho tiempo.
Se recoge la falda del vestido azul y la anuda a un lado, a la altura del muslo, el me al vestido más caro que ha pagado con su propia tarjeta y acaba convertido en falda de pescadora.
Iván mira el nudo un segundo de más y después mira al frente con mucha determinación.
—Deja el teléfono encendido —dice.
—Siempre lo dejo encendido.
Arturo Arciniega la espera en la puerta lateral bajo un toldo que gotea, lleva traje, corbata y unas pantuflas de cuadros escoceses.
—Salí con prisa —explica siguiendo su mirada.
—Don Arturo ¿qué hacía usted aquí a medianoche?
—A mi edad uno duerme poco y olvida mucho. Olvidé mis lentes de leer en el despacho. —Se los enseña colgados del cuello—. Ya ves, los tenía puestos.
Le tiende un caramelo de menta como en las fiestas de Navidad de cuando ella tenía ocho años.
—Para los nervios.
—No estoy nerviosa.
—Estás descalza y con el vestido anudado como un pañuelo, cómete el caramelo niña.
Diana se lo come y ayuda un poco.
Arciniega le cuenta lo que sabe en voz baja mientras bajan, el guardia nocturno le dijo que Germán tiene una orden firmada por la vicepresidencia para "retirar documentación caducada". Cuando el viejo directivo preguntó qué documentación el guardia lo miró como si el ladrón fuera él.
—Son tres —añade—. Germán y dos muchachos grandes. Llevan una hora subiendo cajas por el montacargas.
La escalera de servicio termina en una puerta metálica con un cartel que dice "sótano, solo personal autorizado."
Diana se detiene con la mano en la manilla.
Al otro lado hay un pasillo largo de hormigón con tuberías en el techo y tubos fluorescentes que parpadean como si dudaran de seguir encendidos, ell techo es bajo, muy bajo, las paredes están más cerca de lo que deberían.
Diana cuenta hasta cuatro. Respira. Y vuelve a contar.
—¿Estás bien? —pregunta Arciniega.
—Perfectamente. —No lo está—. Usted quédese aquí en la escalera y si alguien viene avíseme.
—¿Cómo?
—No sé, tosa.
—¿Y si toso de verdad?
—Don Arturo.
—A mi edad niña nunca vas a saber la diferencia. —Le aprieta el brazo—. Ve.
Diana avanza pegada a la pared, cada tubo que parpadea le encoge el estómago, desde niña duerme con una luz encendida. Su madre le compraba lámparas con forma de luna, de pez, de estrella y Sebastián decía que era un capricho de niña rica, las pocas veces que veían una película en la sala de la mansión, apagaba todas las luces "para que se te quite". Nunca se le quitó, solo aprendió a no decirlo.
Hay tres depósitos a la izquierda del pasillo marcados con letras rojas sobre la puerta, A, B y C. La puerta del B está abierta sujeta con un extintor, y desde el fondo del pasillo llega el chirrido de un carro y el zumbido grave del montacargas al bajar.
Diana espera a que el ruido se aleje y entra.
El depósito B es más grande de lo que imaginaba, es una sala alargada, sin ventanas, con estanterías metálicas que llegan casi al techo y un olor a papel húmedo y a polvo viejo. La mitad de los estantes ya están vacíos y en la otra mitad quedan cajas con etiqueta azul ordenadas por año.
Proveedores 2021. Contratos 2022. Compras 2023.
Llegó tarde a la mayoría, pero no a todas.