Capítulo 27
Un hombre de leyes
Diana debería decir que no y lo sabe con una claridad helada con la mejilla ardiendo y el sabor metálico de la sangre en la boca. Debería pedirle que se ponga los lentes y que dejen que la auditoría y la denuncia hagan su trabajo. Es lo que habría hecho ella hace dos meses.
No lo dice.
—No lo mates —es lo que dice.
Sebastián emite un sonido estrangulado junto al globo terráqueo.
—No voy a matarlo —responde Iván sin apartar los ojos de él—. No me gusta la cárcel. Tiene horarios.
—Y no lo toques aquí. Es el despacho de mi padre.
—Aquí no.
Diana espera el resto de la frase pero no llega.
La diferencia entre lo que ella pidió y lo que él acaba de prometer le baja a Diana por la espalda como agua fría. La oye. La entiende. Y aun así recoge el bolso del suelo, rodea el escritorio sin mirar a Sebastián y sale al pasillo.
—Diana —llama Sebastián con la voz rota—. Diana, por favor, no me dejes con…
La puerta se cierra detrás de ella. Con el mismo clic suave.
Arciniega ya la espera en el pasillo con una servilleta de tela llena de hielo de la jarra de la sala de juntas.
—Póntelo niña. —Se la pone él mismo en la mejilla con una ternura torpe de abuelo—. Ay, Dios. Ay, Dios. Tu padre lo va a matar. —Mira la puerta cerrada—. ¿Y él?
—Están hablando.
—No se oye nada.
—Por eso.
Solo hay silencio.
Cuatro minutos después la puerta se abre.
Sale Iván. Tiene la chaqueta abrochada, el pelo en su sitio y las manos vacías. En la puerta se saca los lentes del bolsillo, los despliega y se los pone despacio como quien vuelve a ponerse una cara. Cuando la mira ya es el hombre que corrige la pronunciación de fideicomiso.
Detrás de él Sebastián no sale. Diana lo ve un instante por la rendija, está sentado en el sillón de su padre con los codos sobre las rodillas y la cara entre las manos. No tiene ni un rasguño.
—¿Qué le dijiste?
—Que se fuera a casa.
—¿Nada más?
Iván le quita la servilleta de hielo a Arciniega con un gesto amable y se la vuelve a poner en la mejilla a Diana, sin tocarle la piel.
—Existe —dice—. Pero todavía no puedo contártelo.
Es su regla. La que ella inventó hace ocho días para protegerse de él. Y él acaba de usarla contra ella con una precisión perfecta.
El doctor Johnson llega al penthouse a las tres con el mismo maletín de la noche del hotel. Contusión leve, el labio sin puntos. Morado mañana, amarillo el viernes.
—Y fotografías señora, de cada color. Para el abogado.
A las cinco Diana firma la denuncia penal con una abogada joven de lentes rojos que escucha la grabación del despacho dos veces sin pestañear. Cuando oye "Mira lo que me hiciste hacer" para el audio.
—Con esto no tengo que convencer a nadie —dice—. Solo tengo que ponerlo.
Iván no aparece en toda la tarde. Ortega dice que está en la torre en reuniones. Ortega lo dice mirando la tableta sin levantar la vista, que en Ortega equivale a mentir.
A las once y cuarenta de la noche el estacionamiento subterráneo del edificio de Sebastián huele a aceite, a humedad y a basura que nadie ha sacado en dos días.
Iván está de pie junto a una columna con un abrigo largo oscuro y las manos en los bolsillos.
Ha esperado, es lo único que siempre se le ha dado bien.
Sebastián baja por la rampa a las once y cuarenta y tres con una bolsa de basura en cada mano. Carmen lo ha mandado a bajarla, piensa Iván. Ella no baja basura.
Lo ve a mitad de la rampa y se detiene en seco. Las bolsas se le caen de las manos y una se rompe.
—¿Qué haces aquí?
Iván no contesta y no hace falta, de detrás de él dos hombres salen de un auto y ninguno es Bruno, son altos, anchos, de chaqueta oscura, y no trabajan para Montenegro. No trabajan para nadie cuyo nombre aparezca en ningún registro.
Sebastián retrocede hasta chocar con un coche. La alarma no salta.
—Hay cámaras —dice, con la voz aguda—. ¡Este edificio tiene cámaras!
—Las cámaras de este edificio no funcionan desde las once —dice Iván—. El administrador tiene una hija en la universidad. Becada. La beca se renovó esta tarde.
Los dos hombres se colocan a ambos lados de Sebastián. No lo tocan todavía, solo esperan la orden.
—Vas a pegarme. —Sebastián se ríe, una risa histérica—. ¿Tú? ¿El genio que no soporta que una mesera le roce la manga?
—No me gusta tocar a la gente. —Iván se ajusta los lentes—. Me da asco.
Da dos pasos. Se detiene a un metro exacto y lo mira desde arriba con los ojos negros tranquilos sin ninguna prisa.
—Hoy le pegaste a mi esposa en el despacho de su padre. Con la mano derecha. Y después le dijiste que fue culpa suya.
—Ella me provocó, ella…
—Agradece que respeto las leyes Sebastián.
Lo dice en voz baja, sin énfasis, como quien da una dirección.
—Si no las respetara, esta noche no tendrías dos amigos. Tendrías un pasaje. En uno de los barcos de pesca de mi esposa, rumbo a los caladeros del sur, donde no llegan los teléfonos y el mar no devuelve nada. —Hace una pausa—. Hay tripulaciones que no preguntan qué llevan en la bodega. Lo sé porque me lo enseñaste tú con el camarón.
Sebastián ha dejado de reír. Tiene la cara del color de la pared pero le queda un resto de orgullo, el último, el de los acorralados.
—Entonces mándalos a ellos —escupe—. Tú no tienes valor para mancharte.
Iván lo mira un largo segundo.
Después muy despacio se quita los lentes, pliega las patillas una a una, se los entrega al hombre de la izquierda que los recibe con las dos manos, con cuidado, sin decir nada.
—Tienes razón no me gusta tocar a la gente. —Se desabrocha el puño de la camisa y se sube la manga hasta el codo—. Pero ella me pidió que no lo hiciera en el despacho de su padre.
Mira alrededor, las columnas, las bolsas de basura reventadas, la luz amarilla que parpadea sobre la rampa.