Capítulo 33
Una visita inesperada
Diana se lo cuenta a Iván a las siete de la mañana antes del café.
Le enseña el teléfono sobre la encimera de la cocina, con la foto de la colcha y la línea de debajo. No adorna nada ni lo suavisa.
Iván mira la pantalla durante mucho rato, después la bloquea con un dedo.
—Cancelo la inauguración.
—No.
—La aplazo.
—Tampoco.
—Pongo diez hombres en la puerta. Revisan bolsos, revisan a la prensa, nadie entra sin…
—Iván. —Diana le quita el teléfono de debajo del dedo—. Es mi inauguración. Las fotos son de mi cama y el video es mío, yo decido qué pasa ese día.
—Te va a humillar delante de cien personas.
—Lo va a intentar. —Diana se sirve café—. Le dije en el Velvet que usaría mi video una sola vez. Prefiero que ella elija el momento, así nadie podrá decir que empecé yo.
Iván la mira con esa expresión que todavía no sabe leer del todo, la de alguien que está calculando cuántas cosas pueden salir mal y llega a un número demasiado alto.
—Bruno —dice al fin—. Por lo menos Bruno.
—Bruno y Kevin.
—¿Kevin?
—Kevin conoce la tienda mejor que nadie, sabe dónde está cada enchufe.
—Kevin es repositor.
—Desde el lunes es jefe de reposición. —Diana sopla el café—. Y tiene corbata.
Iván se empuja los lentes hacia arriba y no dice nada más pero esa noche, al pasar junto al estudio Diana lo oye hablar por teléfono en voz baja con Bruno, lo único que entiende es la palabra cereales.
El jueves 20 de febrero a las diez y media de la mañana Teresa aparece en la puerta del estudio con la cara de quien ha visto un fantasma con perlas.
—Señora, abajo está la señora Julia Montenegro. —Hace una pausa dramática—. Con gardenias.
Diana deja el pincel en el bote.
—¿Ha venido antes?
—No señora.
—¿Y el señor?
—En la torre en una runión hasta la una.
Diana se mira en el espejo del pasillo. Tiene una mancha de ocre en la mejilla, el pelo recogido con un lápiz y una camisa vieja de su padre que le llega a las rodillas. Podría cambiarse. Podría hacerla esperar diez minutos en el vestíbulo como haría la propia Julia pero noo hace.
—Que suba —dice—. Y Teresa repara té.
—¿Del bueno?
Diana lo piensa.
—Del que tengamos.
Julia Montenegro entra en el penthouse como un inspector de hacienda.
Lleva un traje de chaqueta color perla, el mismo moño inmóvil y un jarrón de plata con seis gardenias blancas que sostiene con las dos manos a la altura del pecho. Recorre el salón con la mirada, el ventanal, el sofá, la mancha azul en la alfombra, el lienzo a medio terminar que asoma por la puerta abierta del estudio. Arruga la nariz un milímetro.
—Huele a pintura.
—Es que pinto.
—Ya lo veo. —Julia le tiende el jarrón—. Para tu casa, un detalle de bienvenida.
Diana toma las gardenias, son preciosas y perfectas, de un blanco cremoso.
—Qué bonitas. —Las deja sobre la mesa de centro—. ¿Sabía que las gardenias se ponen marrones en cuanto alguien las toca?
—No me había fijado.
—Es lo primero que te enseñan en clase de naturaleza muerta, hay que pintarlas sin tocarlas. —Diana se sienta frente a ella—. Qué regalo tan simbólico.
Julia sonríe sin enseñar los dientes y se sienta en el borde del sofá con las rodillas juntas y el bolso sobre ellas como si temiera que el cojín la contaminara.
Teresa trae el té, y lo sirve en dos tazas de porcelana con una ceremonia exquisita. Julia toma un sorbo y deja la taza en el plato.
—Está frío.
—¿Sí? —Teresa pone cara de sorpresa sincera—. Qué raro, se me habrá olvidado calentarlo.
Y se va a la cocina sin ofrecerse a cambiarlo.
—No vengo como tía —dice Julia, cruzando las manos sobre el bolso—. Vengo como mujer. Hay cosas que una mujer debería saber antes de casarse con un Montenegro. Y tú querida no tuviste tiempo de preguntarlas.
—Tuve dos días.
—Exacto. —Julia baja la voz —. Tú no conociste a Antonio. Era un hombre encantador, todo el mundo lo adoraba. Pero bebía mucho, nunca en público claro. Y el niño lo veía todo.
Diana no dice nada. Espera.
—Cuando Antonio murió, el niño cambió. Se volvió… difícil. Rompía cosas. Le mordió la mano a una niñera hasta hacerla sangrar. Se escondía durante horas y no contestaba cuando lo llamaban. Ivanna no podía con él la pobre estaba destrozada. Así que tuvimos que hacernos cargo nosotros. —Julia hace una pausa—. Hubo que corregirlo querida y con firmeza por su bien.
La palabra se le clava a Diana en la nuca. "Corregirlo."
—¿Y lo corrigieron?
—Lo intentamos dos años. —Julia suspira—. Pero hay cosas que no se corrigen. Por eso lo mandamos lejos a un buen internado con gente preparada. Fue lo más difícil que hemos hecho nunca.
Diana mira la taza de té frío. Piensa en una espalda llena de líneas que alguien hizo una por una. Piensa en una puertecita con el pestillo por fuera. Siente que se le revuelve algo por dentro y no es miedo.
—¿Por qué me lo cuenta?
—Porque esas cosas no desaparecen. Se esconden. —Julia ladea la cabeza—. Me han contado que un muchacho se cayó hace poco por una rampa de estacionamiento. Dos costillas. Qué mala suerte, ¿verdad?
El salón se queda en silencio. Diana oye a Teresa al otro lado de la pared inmóvil sin hacer ruido con los platos.
Y lo peor no es que Julia lo sepa. Lo peor es que no miente del todo. Diana le lavó los nudillos a Iván. Diana le preguntó si habría matado por ella. Y él dijo que sí.
Lo siente entrar frío y fino como una aguja, la duda es pequeña pero la siente.
—Las rampas son muy peligrosas —dice Diana—. Sobre todo para la gente que empuja.
Julia parpadea.
—Hay otra cosa —sigue Julia recuperando la sonrisa—. Una cosa de familia. Mi sobrina Verónica, la hija de mi hermana Marta. Una chica preciosa, educada en los mejores colegios, habla cuatro idiomas, monta a caballo y sabe organizar una cena para cuarenta sin despeinarse. —Junta las yemas de los dedos—. Su abuelo y yo siempre pensamos que algún día ella e Iván… En fin. Estaba preparada para esta familia.