Capítulo 15
El precio de una mentira
A las seis de la mañana, Iván encuentra dos hojas de papel pegadas con cinta adhesiva al ventanal del salón.
Diana está delante, con la nariz casi pegada al vidrio, mientras el sol sale detrás del puerto y atraviesa el papel como una radiografía. La hoja de abajo es la última página del contrato de Marlín. La de arriba es papel de calco, el papel fino que los pintores usan para copiar bocetos, con una firma trazada a lápiz.
—Calqué mi firma del poder de gestión —explica sin girarse—. El que firmé hace dos años delante de Sebastián, con su mano en mi espalda. Y la puse encima de esta.
Las dos firmas no se parecen coinciden. La D inclinada, la S abierta, la diminuta mancha de tinta donde la pluma se detuvo medio segundo. Todo encaja como una llave en su cerradura.
—Nadie firma igual dos veces —dice Diana—. La mano cambia, el día cambia y la pluma cambia. Esta firma no la hizo una mano, la hizo una impresora.
—Es una firma escaneada.
—Es mi firma escaneada, pegada en contratos que nunca vi.
Iván la mira, el pelo enredado, unas ojeras del color de un moretón y un lápiz detrás de la oreja.
—Un perito caligráfico tardaría una semana en llegar a esa conclusión.
—Yo tardé tres horas. Y un rollo de cinta de Teresa. Le dije que era un proyecto de arte.
—Técnicamente lo es.
—Voy a pedir un perito de todas formas. Uno que no conozcas.
—Todos los peritos de esta ciudad me conocen.
—Entonces uno de otra ciudad.
Iván la mira un segundo de más, como quien descubre que la pieza que movió hace un mes ya juega sola.
—Uno de otra ciudad —acepta.
Diana se ríe cansada. La risa se le apaga cuando el teléfono vibra sobre la mesa. Es el primer mensaje de Sebastián desde la asamblea:
"Tenemos que hablar antes de que hagas algo de lo que te arrepientas. Cafetería Lunares, hoy a las cinco. Ven sola".
—No vas a ir —dice Iván.
—Quiero oír qué mentira trae. Esta vez la voy a escuchar sabiendo que es mentira. Eso lo cambia todo.
—Dice que vayas sola.
—Voy a ir sola. Tú vas a estar en otra mesa...
Lunares es una cafetería pequeña con mesas de mármol y un mostrador lleno de pasteles que parecen joyas. Diana la eligió hace años por el mejor pastel de zanahoria de la ciudad y Sebastián la eligió hoy porque sabe que fue el lugar de los dos.
Iván entra diez minutos antes, por separado, y se sienta detrás de una columna con un periódico.
—¿Qué va a tomar el señor?
—Agua sin hielo, sin limón y sin conversación.
El mesero se retira con la cara de quien ha atendido a un fantasma.
Sebastián llega a las cinco y siete con un ramo de rosas rojas enormes envueltas en celofán.
—Para ti.
—Nunca me gustaron las rosas rojas. Te lo dije en nuestro primer aniversario, y en el segundo, Y en el tercero.
Él deja las rosas en la silla vacía y pide dos cafés y un pastel de zanahoria "para compartir". Diana tiene el bolso sobre las piernas, abierto, con el teléfono grabando dentro, eso no lo aprendió de Iván, lo vio en una película policíaca a los quince años.
—Sé lo que encontraste —empieza Sebastián con pesar—. Marlín. Me enteré esta semana,p confié en Gustavo y en Germán, les di autonomía y me traicionaron. El lunes presento una denuncia interna contra los dos.
—¿Y tu firma en el contrato?
—Firmo cientos de papeles a la semana, me los ponen delante y firmo. Igual que tú.
Ahí está. Diana lo ve venir como se ve venir una ola una ola.
—Yo no firmé ese contrato.
—Amor, hace dos años tú misma me autorizaste a digitalizar tu firma para agilizar trámites. Nunca estabas.
Saca el teléfono y le muestra una conversación de hace dos años. Él escribe: "¿Te parece si gestiono yo los papeles de la empresa para no molestarte?" Y ella responde con un corazón: "Sí, haz lo que necesites confío en ti".
Diana recuerda el día, tenía las manos llenas de pintura y contestó sin leer como contestaba siempre.
—Te di permiso para gestionar papeles. No para pegar mi nombre en contratos con empresas fantasma.
—Piensa un poco. —Él baja la voz y el tono de enfermero se vuelve frío—. Si haces esa auditoría, tu firma aparece en cada contrato de Marlín. Un fiscal no va a preguntar quién escaneó qué. Va a ver a la accionista mayoritaria dando su conformidad a un desfalco, y a una mujer que se casó con un millonario dos días después del escándalo. Suena a cómplice Diana. Si yo caigo tú caes conmigo. Y tu papá con ese corazón, lo va a leer en el periódico.
Detrás de la columna, una página del periódico de Iván se arruga despacio.
—¿Qué quieres?
—Un acuerdo. Retiras la auditoría, y yo renuncio por motivos personales con una indemnización razonable. Gustavo y Germán cargan con Marlín. Tú te quedas con tu empresa, tu reputación y tu millonario.
—¿Cuánto es razonable?
—Tres millones de euros, es justo por seis años sacrificándome por tu familia.
Diana hace la cuenta sin querer. Tres millones son casi dos quincenas completas de Scott. Mil doscientas once familias durante un mes. Ella acaba de vaciar su cuenta para pagar una sola quincena, y él le pide dos por irse.
—Carmen también está destrozada —añade Sebastián bajando la mirada—. No duerme. Dice que te echa de menos.
—Qué raro. Cuando yo estaba tampoco dormía. Salía mucho por las noches.
Sebastián parpadea solo una vez, y sigue adelante como si no la hubiera oído.
Corta un trozo del pastel y se lo ofrece en la cuchara, como hacía antes. Diana no abre la boca. Él deja la cuchara y entonces se le quiebra la voz.
—¿Te acuerdas del primer día? En el comedor de la secundaria. Yo estaba solo en la mesa del fondo y los de último año me habían tirado la bandeja. Te sentaste a mi lado y partiste tu sándwich en dos. No dijiste nada. Solo lo partiste.
Diana se acuerda, era de jamón y queso, y se lo había preparado su madre.