La esposa que el Ceo no devolvió

La cena de celebración

Capítulo 18

La cena de celebración

En el auto Diana tardó nueve cuadras en hablar.

—Once —dice al fin—. Mireya me dijo que eran coleccionistas. Uno de Madrid, uno que tenía un restaurante y una señora que quería algo azul para su cuarto, me inventé caras para cada uno, a la señora del cuarto azul le puse pelo blanco y un gato.

Iván conduce con las dos manos en el volante y no responde.

—Era una sola persona, una persona que me tuvo lástima.

—No sabes si fue lástima.

—Compró once cuadros el día después de que mi novio le dijera a mi galerista que yo no valía la pena. ¿Cómo se llama eso, si no?

Iván frena en un semáforo y se queda mirando la luz roja más tiempo del necesario.

—Esta noche cenamos.

—No tengo ganas. Acabo de ganar quince millones y solo quiero meterme en la cama con la cabeza debajo de la almohada.

—Lo sé, pero ven igual.

—¿Por qué?

—Porque ganaste. Y no voy a dejar que la última frase de este día sea suya.

Esa tarde a las siete el coche no se detiene frente a un restaurante sino en la calle Marea delante del ladrillo y del toldo verde descolorido de Horizonte. Desde 1989.

Iván la guía por la escalera polvorienta hasta una puerta metálica y la abre.

La azotea está llena de luces , eran guirnaldas de bombillas cálidas colgadas entre los tendederos oxidados y la vieja antena. Hay una mesa larga con un mantel azul, sillas plegables que no combinan y en una esquina un capitán de barba blanca que da vuelta a una fila de camarones sobre una parrilla de hierro.

—¡La ganadora! —grita Toño.

—¿Toño?

—Me llamó tu marido. —Señala a Iván con las pinzas—. Me dijo "Necesito un camarón jumbo que sea jumbo". Le dije que eso es un insulto para un pescador y luego me dijo que lo sabía.

Celia coloca rodajas de tomate en una fuente de barro, Teresa está con un delantal ayudando al cocinero y una cara que desafía a cualquiera que se interponga y Ortega por otra parte está en un rincón fingiendo revisar la tableta mientras se come una aceituna tras otra.

—¿Cuándo organizaste esto? —pregunta Diana.

—Esta tarde, en tres horas y diez minutos.

—¿Y si hubiera perdido?

—Habría sido una cena de consolación y el menú era el mismo.

En el centro de la mesa en frascos de cristal reciclados hay flores, no son rosas, son peonías, grandes, redondas, de un rosado pálido que se vuelve casi blanco en el borde de los pétalos.

Diana se detiene.

Las peonías son sus flores desde los quince años, cuando vio una en un cuadro de museo y se pasó la tarde intentando copiarla. Nunca se lo ha dicho a nadie, no por secreto, sino porque nadie se lo preguntó, Sebastián le regalaba rosas rojas. Carmen decía que las peonías eran flores de abuela.

—¿Cómo sabes que me gustan las peonías?

—Tienes una dibujada en la tapa de tu cuaderno.

Es verdad, la dibujó hace años con bolígrafo y ya ni la ve.

—Mucha gente dibuja flores sin que le gusten.

—La sombreaste durante mucho tiempo. El papel está casi roto por la presión del bolígrafo. Nadie insiste tanto en algo que no le gusta.

Hay una lógica perfecta en lo que dice y aun así algo pequeño y metálico hace clic en el fondo de la cabeza de Diana, junto al cajón que ya no cierra.

Pero Toño grita "¡A comer que se enfría el jumbo!" y la idea se le escapa como un pez entre los dedos.

Es la mejor cena de su vida y no tiene sentido que lo sea.

Los camarones son enormes con ajo, limón y nada de picante, los tomates de Celia saben a tomate, y en una bandeja aparte con una vela hay un pastel de zanahoria de Lunares.

—¿De Lunares? —se ríe Diana—. Ni lo probé aquel día.

—Por eso lo compré, lo miraste como miras las peonías.

A mitad de la cena la puerta metálica se abre y Rafa aparece con una nevera portátil al hombro, ve a Iván se detiene en seco y levanta la nevera delante del pecho, como un escudo.

—Mi abuelo dijo que faltaba hielo.

Iván lo mira tres segundos largos. Rafa traga saliva.

—El hielo estaba en la lista —dice Iván al fin.

Rafa deja la nevera, se sienta en la silla más lejana de la mesa y no vuelve a mirar a Diana en toda la noche, ella lo nota y le lanza a Iván una mirada que él recibe sin pestañear.

Brindan con vino blanco y con agua de coco porque Celia no bebe, Toño cuenta la historia del vómito sobre sus botas nuevas con detalles que Diana habría preferido olvidar. Celia cuenta que su nieta ya pregunta cuándo abre "el súper de la señora que pinta". Leonor no ha venidovpero envía un mensaje de una sola línea. "Quiero cuatro contenedores el mes que viene. No tres."

Ortega que en un mes no ha dicho una sola frase que no sea de trabajo se levanta con la copa en la mano y anuncia muy seria que quiere brindar. Todos se callan.

—Por la señora —dice—. Que en un mes ha conseguido que el señor coma tomates, desarme una impresora y se siente en una silla plegable.

Iván la mira, entonces Ortega se sienta y se come otra aceituna sin el menor arrepentimiento.

Diana se ríe tanto que le duele el estómago, entre el camarón y el pastel, se da cuenta de que lleva más de una hora sin pensar en la frase de Sebastián. Y en ese momento, por supuesto, se acuerda.

Cuando Toño empieza a recoger la parrilla, le hace un gesto a Diana para que lo ayude con el carbón. No necesita ayuda, lo que necesita es hablarle a solas en la esquina más oscura de la azotea.

—Ese hombre —dice señalando con la barbilla hacia la mesa donde Iván escucha a Celia sin decir una palabra— te mira como yo miraba el mar a los veinte años.

—¿Cómo?

—Con hambre y con miedo. —Toño vacía las brasas en un cubo de metal que sisea—. Yo quería todo el mar para mí. Salía con tormenta, sin radio, sin nadie, porque creía que si lo quería tanto, el mar me iba a querer de vuelta.

—¿Y?

—Y casi me ahogo tres veces. —El viejo la mira a los ojos—. El mar no se posee Dianita. Se respeta o te traga, eso lo aprendí tarde y ese muchacho todavía no lo sabe.




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