La esposa que el Ceo no devolvió

Lo que no se ve

Capítulo 22

Lo que no se ve

"La oscuridad no tiene forma."

Eso es lo primero que Diana recuerda siempre desde niña, no es negra, ni azul, ni gris. No es un color. Es la ausencia de todos y sin colores ella no sabe dónde termina su cuerpo y dónde empieza el cuarto.

Las paredes se acercan. No las ve, pero las siente, el techo baja, el aire se vuelve espeso como si alguien lo hubiera usado antes que ella y no quedara suficiente.

Cuenta hasta cuatro.

Uno. Dos. El aire no entra.

Vuelve a empezar. Uno. Dos. Tres.

Las manos le hormiguean, tiene el corazón en la garganta, en los oídos, en las yemas de los dedos. Con la parte de su cabeza que todavía piensa sabe que no se está muriendo, pero la otra parte, la que manda ahora no está tan segura.

—Azul cobalto —dice en voz alta.

Su voz suena pequeña, tragada por el hormigón.

—Azul ultramar. Azul de Prusia. Ocre amarillo. Siena tostada.

Es lo que hacía a los nueve años, cuando se iba la luz en la mansión durante las tormentas, recitar los colores de su caja de acuarelas, uno por uno, en el orden en que estaban. Si los nombraba, existían. Si existían, el mundo seguía ahí aunque no pudiera verlo.

—Verde vejiga. —Un sollozo se le escapa en medio—. Que es un nombre horrible para un color tan bonito. Verde esmeralda. Rojo cadmio.

Se le acaban los colores de la caja. Empieza otra vez desde el principio, más alto.

—¡Azul cobalto!

No sabe cuánto tiempo pasa, en la oscuridad el tiempo también pierde la forma.

Entonces algo golpea la puerta.

Es un golpe seco y metálico que le atraviesa la espalda. Diana grita y se aparta a gatas sin saber hacia dónde.

—Diana.

La voz llega amortiguada por el metal. Es baja e inconfundible.

—¿Iván?

—Apártate de la puerta.

—No puedo moverme.

Un segundo de silencio al otro lado.

—Entonces no te muevas, voy a hacer mucho ruido.

El primer golpe hace temblar la estantería más cercana. El segundo, el suelo. Al tercero, Diana oye algo que se astilla. Al cuarto la cerradura cede con un chasquido y la puerta se abre hacia fuera de un tirón arrastrando lo que Germán había puesto delante.

La luz entra como un cuchillo.

Es la linterna de un teléfono, blanca y temblorosa. Detrás está Iván sin chaqueta con la camisa de la gala manchada de polvo y un hacha de incendios en la mano derecha, la deja caer al suelo, el ruido retumba en todo el sótano.

Y entonces se queda quieto.

Está en la puerta con la linterna en la mano mirando hacia dentro del depósito. No entra. Diana encogida contra la pared del fondo, ve cómo se le detiene la respiración igual que en el restaurante cuando la mesera lo tocó. Ve cómo los dedos se le cierran sobre el teléfono hasta que los nudillos se ponen blancos.

Después da un paso dentro, lo da como quien entra en agua helada, con todo el cuerpo rígido.

Se arrodilla a un metro de ella.

—Estoy aquí. —Su voz es muy baja—. ¿Puedo tocarte?

Diana no contesta, le agarra la camisa con las dos manos tan fuerte que se arruga y se pega a él como si fuera lo único sólido que queda en el mundo.

Iván la levanta en brazos.

Todo el sótano está a oscuras, Iván camina por el pasillo con la linterna en una mano y a ella en el otro brazo apoyada contra su pecho, Diana tiene los ojos cerrados y la cara escondida en su cuello.

Él habla y es un murmullo bajo y constante, con el ritmo de algo repetido muchas veces.

—La puerta se abre, siempre se abre, ya está abierta, la puerta se abre.

Diana siente su corazón contra la oreja, late desbocado, mucho más rápido que sus pasos y las manos que la sostienen estan firmes como el acero y heladas.

—Iván —susurra—. ¿A quién se lo dices?

Él no contesta y sigue caminando mientras va murmurando cada vez más bajo, hasta que la luz amarilla de la escalera aparece al final del pasillo y el murmullo se apaga como una radio desenchufada.

Arciniega está al pie de la escalera con su linterna de llavero y la cara gris.

—Niña, ay niña perdóname. —Se retuerce las manos—. Pasaron los dos muchachos con el carro y me escondí en el baño, tengo setenta y un años y unas pantuflas de cuadros, ¿qué iba a hacer? Cuando salí ya habían cerrado y llamé a tu marido.

—Usted la dejó sola —dice Iván.

No levanta la voz pero no hace falta, Arciniega retrocede un paso.

—Yo le pedí que se quedara en la escalera —dice Diana contra el cuello de Iván—. Fue cosa mía.

Iván no responde pero la mano en su espalda se afloja un poco.

—Bájame.

—No.

—Iván bájame, hay una caja.

—¿Qué caja?

—La de Coral, la escondí detrás de la estantería del fondo. Detrás del reno.

Iván baja la vista hacia ella.

—¿Del qué?

—Del reno, un reno de cartón tuerto. —Diana se limpia la nariz con el dorso de la mano—. Germán la estaba buscando. Es la única que no se llevaron.

—Mando a alguien mañana.

—Mañana Germán vuelve con más luz y la encuentra. —Le empuja el pecho con la mano abierta—. Bájame por favor.

Él la deja en el suelo despacio como si fuera de cristal, las piernas aun le tiemblan pero aguantan.

Diana mira el pasillo oscuro que acaba de dejar atrás y todo su cuerpo le dice que no, que solo suba la escalera, que salga a la calle, y que no vuelva a bajar a un sótano en su vida.

—Tú sostén la luz —dice—. Yo entro.

—Diana…

—Solo yo sé dónde está y si no vuelvo a entrar ahora no voy a volver a entrar nunca.

Iván la mira con una expresión que ella no sabe leer y después asiente.

Vuelven juntos por el pasillo. En la puerta del depósito B él se detiene y levanta la linterna tan alto como le da el brazo, para que la luz llegue hasta el fondo. Se queda en la entrada con el hombro contra la puerta astillada, como si temiera que pudiera cerrarse sola.

Diana cruza la sala con los dientes apretados, aparta el reno que la mira con su único ojo y arrastra la caja fuera del hueco, pesa una barbaridad y le da igual.




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