La esposa que el Ceo no devolvió

¿Fraude?

Capítulo 17

¿Fraude?

El jueves a las siete de la mañana Teresa lleva veinte minutos haciendo de comité evaluador y se lo toma demasiado en serio.

—Señora Scott —dice desde el otro lado de la mesa con los lentes de leer de su difunto marido y una cuchara de palo como mazo—. ¿Por qué deberíamos darle quince millones a una pintora?

—Porque la pintora tiene un plan.

—¿Y si se le moja el plan?

—Tiene un fondo climático.

—¿Y si se le moja el fondo climático?

—Teresa, el dinero no se moja.

—A mi hermano se le mojó el sueldo en la lavadora en 1998.

Diana se ríe. Un minuto después corre al baño y vomita el café con la eficiencia de quien ya lo ha hecho otras veces esa semana. Se enjuaga la boca mirando a la mujer del espejo, ojeras, el pelo recogido y una mancha de azul cobalto en la uña que no consigue quitar desde hace diez días.

Iván la espera en el pasillo con un vaso de agua.

—Hoy no voy a estar a tu lado —dice—. Voy a estar en el público como todo el mundo.

—¿Y si me quedo en blanco?

—Entonces mira quién se pone nervioso primero. Hoy no sé quién será pero lo vas a descubrir tú.

El auditorio del Fondo tiene ciento veinte sillas de terciopelo azul y una mesa larga donde se sientan seis personas con micrófono. La séptima silla es la de Montenegro Corporation, está vacía con una tarjeta. Abstención.

Hay periodistas, inversores y curiosos. Y en la tercera fila, un grupo que no encaja con nadie, un capitán de barba blanca con la gorra en la mano, una agricultora con sombrero de paja, un muchacho moreno con la boca abierta y dos asientos más allá, una mujer de moño gris.

—¿Leonor? —susurra Diana al pasar.

—Vine por el camarón —responde Leonor sin mirarla—. Si gana me lo va a vender a mí.

Iván se sienta en la última fila solo junto al pasillo.

Sebastián ya está en la mesa de la parte impugnante con Bermúdez y una carpeta gruesa como un ladrillo. Lleva un traje azul impecable y la confianza de quien cree que ya ganó.

La presidenta del comité es Elvira Saldaña, de unos setenta años, pelo blanco muy corto, exministra de agricultura y fama de haber hecho llorar a dos gobernadores.

—Se abre la audiencia. Licenciado Bermúdez, tiene diez minutos.

Bermúdez habla bien, con frases largas y redondas como hombre que cobra caro por minuto.

"Primero la proponente es esposa de un inversor del Fondo. Segundo, usa datos de los supermercados Montenegro que solo podían obtenerse desde dentro. Tercero, y más grave, su propuesta presenta un nivel técnico incompatible con una licenciada en Bellas Artes."

—En resumen señores, no tenemos delante el proyecto de la señora Scott, sino el de un equipo pagado por su marido. En cualquier licitación pública eso se llama fraude.

Hay murmullos. Una cámara hace clic.

—Señora Scott —dice Elvira—. Tambien tiene diez minutos.

Diana se levanta, le tiemblan las rodillas debajo de la mesa, y arriba nadie lo nota.

—Punto uno. —Deja una hoja—. Carta de abstención de Montenegro Corporation, enviada el lunes 21 de octubre a las seis y cuatro de la mañana. Yo decidí presentarme ese mismo lunes, en el desayuno, a las siete y cuarto. Mi esposo se inhibió antes de que yo supiera que iba a concursar.

—Punto dos. Los únicos datos de Montenegro que uso son tres, que el camarón se agota, que llega tarde y que llega pequeño. Los obtuve un viernes a las seis de la mañana, en el supermercado de Las Palmas, de una fuente muy bien informada.

—¿Quién? —pregunta Elvira.

—Se llama Kevin. Repone yogures.

Esta vez la risa es abierta, Leonor resopla por la nariz lo que en ella equivale a una carcajada.

—Punto tres. El licenciado dice que una pintora no pudo escribir esto, no voy a discutir mi título. Voy a pedirle al comité que me pregunte lo que quiera.

Elvira la mira por encima de los lentes.

—Página doce, llueven tres semanas en plena cosecha.

Diana casi se ríe, es la primera pregunta de la peor noche de su vida.

—Activo el fondo de contingencia climática, ocho por ciento de la inversión inicial, intocable, solo para pagar los contratos garantizados cuando cae la producción. Los agricultores cobran igual y el cliente encuentra menos variedad esas semanas. Lo explicamos en la tienda con una pizarra. A la gente no le molesta que llueva, le molesta que le mientan.

Un hombre calvo del comité se inclina hacia el micrófono.

—¿Y si la competencia baja precios un veinte por ciento durante seis meses para hundirla?

—Tengo reservas para seis meses y algo que la competencia no tiene, no pago bandejitas. Pueden bajar el precio del tomate, pero no pueden dejar de pagar a sus intermediarios ni sus envases, yo no tengo ninguna de las dos cosas.

Las preguntas siguen veinte minutos. Diana contesta las que Iván le hizo a las dos de la mañana y algunas más. Cuando empieza a sentir que flota el calvo pregunta algo que no está en ninguna página.

—¿Cuál es su margen de merma estimado en verduras de hoja?

Diana se queda en blanco y Bermúdez se endereza como un perro que huele carne.

—No lo sé —dice ella—. Pero sé quién lo sabe. Celia, ¿podrías?

Celia se levanta en la tercera fila, con el sombrero en las manos.

—Lechuga, entre doce y quince por ciento con buena cámara fría señora, veinte con mala y si me la dejan al sol en una bandejita, cuarenta.

Elvira se quita los lentes.

—Una directora de proyecto que sabe a quién preguntar. Raro de ver.

—La portada es una ilustración profesional —insiste Bermúdez—. La señora Scott no tiene presupuesto para…

Diana saca la acuarela original de la calle Marea y la deja sobre la mesa del comité.

—Esquina inferior derecha, hay una huella dactilar en azul cobalto. Es mía. Me manché el pulgar con el toldo. —Levanta la mano izquierda—. Pueden compararla con la uña que no consigo limpiar.




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