Capítulo 16
La propuesta ecológica
Las bases de la licitación del Fondo Litoral Sostenible, quince millones de euros, tienen sesenta y dos páginas. Diana las subraya en cuatro colores: amarillo para lo obligatorio, verde para lo que da puntos, rosado para lo que no entiende y azul para lo que le da miedo. Para el martes por la noche, la página treinta y cinco es completamente azul.
—"Análisis de sensibilidad del flujo de caja ante escenarios adversos" —lee en voz alta, acostada en la alfombra—. ¿Eso qué significa?
—Qué pasa con tu dinero cuando todo sale mal —contesta Iván desde el sillón.
—¿Y qué es "todo"?
—Lo peor que se les ocurra a siete personas que no quieren darte quince millones.
—Odio a ese comité.
—Formo parte de ese comité.
—Lo sé. Te odio un poco a ti también.
—Me inhibí ayer.
Diana levanta la cabeza y él gira la tableta hacia ella, una carta de Montenegro Corporation a la presidencia del Fondo, fechada el lunes a las seis y cuatro de la mañana. Por existir una relación de parentesco con una posible proponente, Montenegro Corporation se abstendrá de deliberar y votar en la presente licitación.
—La enviaste antes de que yo dijera que iba a presentarme.
—La envié cuando vi tu cara al leer la noticia, pusiste la misma cara que cuando no te gusta el color de un cuadro. Nunca dejas un cuadro con un color que no te gusta.
Diana le aparta la mirada y vuelve a la página treinta y cinco con la nuca caliente.
El miércoles, la casa se llena de tomates.
Diana recorre los tres mercados orgánicos de Puerto Alcázar con una libreta y vuelve con catorce variedades, mas la convicción de que comer sano es un lujo que casi nadie puede pagar y una respuesta. Se la da Celia Montoya, una agricultora de sesenta años con las manos agrietadas y un sombrero de paja.
—Yo vendo este tomate a la tienda a un precio —le explica, contando con los dedos—. La tienda se lo vende a una distribuidora. La distribuidora lo mete en una bandejita de plástico con una etiqueta verde que dice "orgánico" en tres idiomas. Y la tienda grande lo vende a cuatro veces lo que me pagan a mí. El tomate es el mismo, lo que cambia es la bandejita.
Diana escribe bandejita y la subraya tres veces.
Esa tarde organiza una cata en la cocina, catorce platitos, Teresa y un CEO de veinticuatro años con cara de condenado.
—Este sabe a tomate —dice Iván—. Este también. —Prueba el del supermercado de Las Palmas y frunce apenas el ceño—. Este sabe a agua.
—¡Exacto!
Esa noche, la idea ya tiene forma. Diana la dibuja en el cuaderno como un mapa, con flechas.
Un supermercado ecológico sin intermediarios, que compre directo a productores del litoral como Celia, con contratos garantizados a un año para que puedan planificar y bajar costos. Venta a granel, sin bandejitas: el cliente trae su envase o compra uno reutilizable una sola vez. Pescado de Aleta Tropical de los barcos de Toño, con pesca responsable y trazabilidad, cada caja dirá qué barco la pescó y en qué marea. Si una caja dice jumbo, será jumbo.
Lo que se ahorra en intermediarios y envases va al precio. Sus números, que todavía cojean dicen que puede vender un quince por ciento por debajo de la competencia orgánica.
—¿Y dónde? —pregunta Iván a medianoche, mirando por encima de su hombro.
Diana pasa la página, hay una foto vieja, una fachada de ladrillo, un toldo verde descolorido y un cartel que dice Horizonte. Desde 1989.
—El primer supermercado de papá, en la calle Marea. Lo cerraron hace dos años porque "no era rentable". Sebastián quería venderlo para hacer oficinas. —Pasa el dedo por la foto—. Si lo pongo como aporte, es nuestra garantía. Si el proyecto fracasa, lo perdemos. Mi papá, la empresa, mil doscientos once empleados y yo.
—Está a cuatro calles del apartamento de cincuenta y ocho metros cuadrados —dice Iván.
—Eso no es un criterio de selección.
—No. Es un beneficio adicional.
El jueves llama a su padre.
—¿Otra vez tú? —contesta Rubén, encantado—. Esta semana he hablado más contigo que en todo el año. Tu madre dice que tengo mejor color.
Diana le explica el granel, a Celia, la bandejita y el camarón con nombre de barco. Le explica el riesgo del edificio y su padre solo pregunta una cosa.
—¿Qué nombre le vas a poner?
Diana mira por la ventana el puerto, el agua que cambia de color con la luz.
—Mercado Ola.
Del otro lado hay un silencio largo.
—Por el logo —dice Rubén con la voz más baja.
—Por el logo.
—Firmo y si lo pierdes hija, lo perdemos juntos. Nunca he perdido nada en mejor compañía.
Esa tarde el notario suizo envía dos documentos. Uno pone el edificio de la calle Marea a disposición de Mercado Ola. El otro retira formalmente ante el Fondo cualquier conformidad atribuida a Diana en Horizonte 2.0, por no haberla otorgado nunca.
El Fondo responde en dos horas, con cortesía casi exquisita, "la conformidad del accionista solo se exige para firmar el convenio final, no para concursar. Ambas propuestas pueden seguir. Scott contra Scott".
Esa tarde Diana va sola a la calle Marea.
Le escribe a Iván.
"Voy al viejo Horizonte sola".
La respuesta llega en diez segundos.
"Gracias por decírmelo".
Nada más. Ni un ten cuidado, ni un te mando a alguien. Diana se queda mirando la pantalla más rato del necesario.
El supermercado huele a polvo y a cartón húmedo. Las estanterías siguen en su sitio, vacías, con los carteles de ofertas de hace dos años despegándose por las esquinas. Al fondo está la caja registradora número uno, con el cajón abierto.
Diana se acerca y pone la mano sobre el mostrador.
Tenía cinco años la primera vez que su padre la sentó ahí. Era sábado y faltaba una cajera. Rubén se puso el delantal verde, la subió al mostrador y le dio el trabajo más importante de la tienda, decirle "gracias, vuelva pronto" a cada cliente. Ella se lo dijo a doscientas personas. A algunas, dos veces. Una señora le regaló un caramelo. Un hombre le dijo que tenía buena voz para la radio.