Capítulo 12
La aptitud de la accionista
Rubén Scott escucha durante catorce minutos sin interrumpir ni una vez.
Diana se lo cuenta sentada en la encimera de la cocina, con los pies descalzos colgando, como cuando era niña y le contaba lo que había pasado en el colegio. Le cuenta lo de la nómina, lo del poder de gestión, lo de la columna social y lo de la asamblea del jueves. No le cuenta lo del hotel, ni lo de Carmen, ni lo del frasquito. Eso necesita decírselo mirándolo a los ojos.
Le cuenta eso sí, que está casada. Al final, deprisa, como quien se arranca una curita.
—Me casé el domingo. Con Iván Montenegro. Te lo explicaré todo papá, pero Sebastián lo va a decir el jueves delante de todos y no quería que te enteraras así.
Del otro lado hay un silencio largo. Diana oye la respiración lenta de su padre y al fondo, una tetera que silba en una cocina suiza.
—Montenegro —dice Rubén al fin—. Iván.
—¿Lo conoces?
—Conocí a su padre hace mucho tiempo. —Otra pausa—. ¿Él te trata bien?
Diana mira hacia la mesa del fondo, donde Iván está sentado de espaldas, fingiendo leer un libro que lleva veinte minutos abierto en la misma página.
—Sí, papá.
—Entonces estaré el jueves. A la hora que me digas.
—¿No vas a gritarme?
—Tengo un corazón muy caro, hija. No lo gasto en gritos. —Su voz se suaviza—. Y me alegra que encontraras la nota del acta. La escribí pensando que nunca la ibas a necesitar.
Cuando cuelga, Diana tiene la sensación de que su padre se ha tomado demasiado bien la noticia. Es pequeña, como una piedra en el zapato. Pero la guarda en el cajón de su cabeza, junto a las fechas impresas y las respuestas recortadas de Iván, ese cajón empieza a no cerrar...
El jueves a las siete de la mañana junto a su taza de té, hay una cajita de terciopelo azul oscuro.
—Hoy es por voluntad —dice Iván, sin levantar los ojos del periódico—. Si tú quieres.
Dentro hay dos alianzas de oro blanco, lisas y finas, con ese brillo apagado de las cosas que llevan mucho tiempo guardadas. La más pequeña tiene incrustada por dentro, donde nadie la ve, una piedra diminuta de un azul profundo, casi cobalto.
—No es un anillo de compromiso —dice él—. No hubo compromiso.
—Lo noté. En algún momento entre la droga y el juez.
—La piedra es para ti. No para los demás.
El azul es exactamente el de la bufanda que encontró en el vestidor, la que perdió hace dos años en un café de la calle Mayor. Diana no pregunta cómo lo sabe. Empieza a sospechar que la respuesta le daría más miedo que la pregunta.
Iván no se ofrece a ponérselo. Espera.
Diana se lo pone ella misma. Le queda perfecto por supuesto.
Él se pone el suyo sin ceremonia, como quien se abrocha un reloj. Pero cuando ella vuelve a mirarlo, está observando su propia mano con una expresión que no le conoce, una incredulidad tranquila, como quien ve llover en el desierto. Antes de salir del comedor, gira la alianza en el dedo una vez, despacio.
La sala de juntas de Scott Holdings está más llena que el lunes. Catorce miembros de la junta, tres abogados que Diana no conoce y un hombre con bata blanca sobre el traje sentado junto a Sebastián con un maletín sobre las rodillas. En la pared, la fotografía de Rubén a los cuarenta años sigue sonriendo.
Sebastián preside con un traje nuevo y una expresión de pesar ensayada.
—Diana. Gracias por venir, sé que no es fácil.
—Es muy fácil. Está a veinte minutos de casa.
Se sienta en el extremo opuesto. Deja delante una carpeta delgada. No trae tarjetas, las cuarenta y tres definiciones las lleva en la cabeza, ordenadas como cucharas en un cajón.
Iván se sienta al fondo, junto a la puerta, con las piernas cruzadas. Y no dice nada.
Sebastián ve la alianza en la mano de Diana y algo le tiembla en la mejilla.
—Comencemos. Primer punto, ratificación de la gestión de la vicepresidencia y del poder de delegación. Segundo punto, evaluación de la aptitud temporal de la accionista mayoritaria para ejercer sus derechos, tras el episodio del pasado viernes. Para este punto contamos con el informe del doctor Valverde.
El hombre de la bata se pone de pie.
—Tras revisar los antecedentes y el relato de testigos, concluyo que la señora Scott sufrió un episodio compatible con el consumo voluntario de sustancias, en un contexto de fragilidad emocional previa. Recomiendo que sus decisiones sobre la sociedad queden en suspenso, por su propio bien.
—¿Me examinó usted, doctor? —pregunta Diana.
—No fue necesario. Los testimonios…
—¿De quién?
—De personas cercanas.
—Qué curioso. La gente cercana a mí está en Suiza.
Hay una risa ahogada en la mesa. El señor Arciniega, que le regalaba caramelos de menta en las fiestas de Navidad, se tapa la boca con el puño.
—Diana, por favor —dice Sebastián con su voz de enfermero—. Solo queremos protegerte.
—Entonces van a querer ver esto.
Desliza un documento hacia el centro.
—Informe toxicológico del doctor Johnson, que me atendió esa noche, con análisis de laboratorio independiente. —Respira por la nariz y cuenta hasta cuatro, como Iván le enseñó—. Sedante combinado con estimulante, administrado por un tercero sin conocimiento de la paciente. Dice "por un tercero". No dice "consumo voluntario". No dice "fragilidad".
El documento pasa de mano en mano. Hernán Soto no lo toca.
—Si la junta quiere, podemos discutir quién fue ese tercero —continúa Diana—. Yo tengo una idea bastante clara. Y hay gente en esta mesa que también la tiene.
No mira a Sebastián. Mira a Gustavo Ferrer, que se pone a limpiar unos lentes que ya ha limpiado dos veces.
Sebastián está pálido, pero aguanta.
—Es un informe pagado por tu… —la palabra le cuesta— por tu esposo.
—Y el suyo no es una evaluación, ni siquiera me vio. Pero da igual, porque el segundo punto no se puede votar hoy.