Capítulo 10
Una corona prestada
El apartamento en Marea mide cincuenta y ocho metros cuadrados y huele a pintura fresca.
Carmen está de pie en el centro del salón, con los brazos cruzados, rodeada de catorce maletas que no caben en el dormitorio y de un loro disecado que ocupa con aire de propietario, la única butaca.
—No hay vestidor —dice.
—Hay un armario.
—Es un armario para una sola persona.
—Es un armario.
—¡Sebastián, la cocina y el salón son la misma habitación! —Carmen abre un cajón y lo cierra de un golpe—. Y el casero dice que el ascensor "está en reparación". ¡Tengo que subir por las escaleras con tacones!
—Es un segundo piso.
—¡Eso no es un argumento!
Sebastián no contesta. Está sentado en el borde del sofá cama, con el teléfono en una mano y en la otra una copia del acta del registro civil que un conocido del juzgado le ha enviado hace una hora.
Domingo, 8:00. am. Iván Montenegro y Diana Scott. Sellada, firmada, real.
Lo lee por cuarta vez, como si una cuarta lectura pudiera cambiar la fecha.
—Es de verdad —dice.
—Es un matrimonio de papel.
—Los matrimonios de papel se anulan. Pero con un juez, con un fiscal, con meses. —Se frota los ojos—. Carmen, ¿tú qué sabes de Montenegro?
—Que es rico, que sale poco, que tiene cara de dentista severo y también se dice que es malvado como el diablo, no cree ni respeta a su propia familia.
—Hace unos dias firmó un contrato conmigo. Cuarenta y siete páginas. Y ahora se casa con Diana. —Se detiene—. Ese hombre no hace nada por casualidad.
—¿Y?
—Y que alguien me ha ganado una partida sin que yo viera las piezas.
Carmen se sienta a su lado. Por una vez, el gesto no parece actuación, le quita el teléfono de la mano y lo mira como si fuera un ladrillo.
—Entonces cambia las reglas. Tú siempre dices que Diana firma lo que le pones delante.
—Ya no firmará lo que le ponga delante. Ahora firma lo que le pone él.
—Pues quítale la pluma.
Sebastián la mira despacio, algo se le enciende en la cara, algo que en otro hombre sería una idea y en él es una costumbre.
—Hay un procedimiento —murmura—. Nadie lo usa porque es feo.
—¿Cuán feo?
—Lo bastante para que ella no se levante después.
Marca un número. Ferrer contesta al segundo timbre, como un perro bien enseñado.
—Gustavo. Convoca una asamblea extraordinaria para el jueves a las diez de la mañana. Los dos puntos que te dicté. —Escucha—. No, no hace falta que Diana lo sepa hoy. La ley dice que se publica, no dice que se lea.
Cuelga. Carmen lo observa con una mezcla de admiración y cansancio.
—¿Y el ascensor?
—¿Qué ascensor?
—El del edificio que no tiene.
Sebastián cierra los ojos y se cubre rostro con las manos, desde la butaca, el loro disecado parece juzgarlo.
En la casa de Iván el penthouse de noche, parece un acuario.
Los ventanales reflejan la ciudad como un mapa de luces. El silencio a esa hora tiene una calidad distinta, no es vacío, es tranquilo. Cada superficie es limpia y lisa. Nada está fuera de lugar.
Diana se encuentra descalza, con un suéter grande y el pelo recogido en una trenza mal hecha, está sentada en un sofá, con una taza de té entre las manos y una manta sobre las rodillas. Lleva media hora mirando una pared.
—Treinta y uno —dice, de pronto.
—¿Perdón? —Iván levanta la vista de su tableta, desde el sillón de enfrente.
—Hay treinta y un tipos de té en la despensa. Los conté.
—No sabía cuál preferías.
—Podrías habérmelo preguntado.
—Es lo que hago.
—Es lo que hiciste. Con treinta y una cajas.
—Fue más eficiente.
—Es muy poco eficiente.
—Tienes razón. —Deja la tableta—. Mañana mandaré retirar treinta.
—No. Deja los treinta.
—¿Por qué?
—Porque quiero probarlos.
Iván la mira con una expresión que en otro rostro, sería de desconcierto. En el suyo es apenas una leve inclinación de la ceja derecha.
—Muy bien.
Diana sonríe sin querer, bebe un sorbo y vuelve a mirar la pared. En la cocina, Teresa ha dejado luces tenues y un plato de galletas que nadie ha tocado. Ortega informó hace una hora, por teléfono de que Sebastián y Carmen se han mudado a un apartamento de cincuenta y ocho metros cuadrados en el barrio Marea.
—Con loro —añadió, con voz neutra.
Aquello le hizo reír una vez más. Ahora, con el té tibio entre las manos, la risa ya se ha apagado.
—Iván —dice.
—Dime.
—Voy a hacerte unas preguntas.
Él deja la tableta sobre la mesa. Se endereza ligeramente sin cruzar las piernas, y con las manos sobre los reposabrazos.
—Prometí responder.
—Prometiste decir la verdad.
—Es lo mismo.
—No necesariamente.
Iván no contesta. Diana tras un instante, comprende que acaba de descubrir algo. Aún no sabe qué, pero lo guarda.
—Primera pregunta —dice—. El formulario del registro civil. El que firmé en la terraza de la suite. Decía que se había impreso el 14 de septiembre.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque decidí casarme contigo antes de la cena.
El té se queda quieto a medio camino de la boca de Diana.
—Antes de la cena.
—Sí.
—Antes de que yo estuviera drogada, tendida en una cama, sin saber nada.
—Sí.
—Es decir, no fue una reacción. No me casaste para ayudarme.
—No.
—Me casaste porque ya lo tenías decidido.
—Sí.
Diana deja la taza sobre la mesa con mucho cuidado. Tiene las manos frías.
—¿Cuánto antes?
—Lo que dice el papel. Tres semanas.
—¿Tres semanas exactas?
—Tres semanas es lo que dice el papel.
—Eso no es una respuesta.
—Es una respuesta exacta.
Diana lo mira con los ojos entornados. Es la segunda vez que él contesta con una fecha de imprenta, y empieza a sospechar que un papel puntual puede ser la mejor manera de no decir nada.