La esposa que el Ceo no devolvió

La mujer que dejó de obedecer

Capítulo 25

La mujer que dejó de obedecer

Diana pasa dos días en la mansión Scott durmiendo en el cuarto de invitados con todas las luces encendidas y la carpeta de Ferrer abierta sobre la cama mientras Ana le sube sopa y le baja tazas vacías sin hacer preguntas. El colchón sigue en el jardín cubierto con un plástico azul esperando al camión de donaciones y Diana lo mira desde la ventana cada mañana como quien mira un barco hundido.

Iván no llama ni escribe, ni manda a nadie pero cada noche a las ocho el auto de Bruno se detiene frente a la verja, Bruno entra, recorre la planta baja encendiendo luces y se va sin decir una palabra mientras Ana lo observa desde la cocina con los brazos cruzados.

—Ese hombre es muy raro señora.

—Lo sé.

—¿Raro bueno o raro malo?

Diana piensa en una farola y en un hombre de pie debajo con las manos en los bolsillos.

—Todavía no lo sé.

El domingo por la tarde mientras ordena el armario de su antiguo cuarto encuentra una caja de terciopelo rojo al fondo de un cajón con el anillo de compromiso de Sebastián dentro, un solitario pequeño que ella misma pagó sin saberlo, y debajo envuelto en papel de seda el collar de su graduación de la universidad, una cadena finísima de oro blanco con una letra D llena de diamantes diminutos que llegó en una caja sin tarjeta la mañana de la ceremonia y Sebastián sonrió cuando le pregunto si el lo había enviado.

Diana se lo puso ese día y nunca más porque le parecía demasiado bonito para un hombre que le regalaba rosas rojas, guarda el anillo y el collar en la misma caja y después mete en una bolsa las tres corbatas de Sebastián que aún quedaban en el armario, un reloj que le regaló en su cuarto aniversario y una foto enmarcada de los dos a los dieciocho años para devolverlo todo junto en la asamblea delante de quien haga falta.

El domingo por la noche vuelve al penthouse donde Teresa le abre con los ojos brillantes y la abraza sin pedir permiso, cosa que nunca había hecho.

—El señor no ha comido —le susurra al oído—. Dos días. Solo café. Y no ha dormido en su cuarto, ha dormido en el estudio con la puerta abierta.

Iván está en el estudio de pie junto al ventanal con la camisa arrugada y una barba de dos días que lo hace parecer otra persona y cuando la oye entrar no se gira enseguida porque Diana ve su reflejo en el cristal con los ojos cerrados como quien escucha una canción que temía no volver a oír.

—Volviste —dice.

—Vine a decirte una cosa —Diana deja la bolsa en el suelo—, después decido si me quedo.

Iván se gira y espera.

—A partir de hoy si sabes algo sobre mi vida me lo dices aunque duela o creas que me voy a romper —le tiembla la voz y no le importa—, romperme es asunto mío y no tuyo porque tú no decides cuánta verdad aguanto.

Iván la mira largo rato y Diana ve cómo traga saliva.

—Hay cosas que todavía no te puedo decir.

—¿No puedes o no quieres?

—Las dos —se ajusta los lentes y no parece darse cuenta—, no te voy a mentir para tranquilizarte porque hay cosas, muchas, y algunas te van a enojar más que esto.

Diana siente un frío en el estómago ante la frase más aterradora que le ha dicho nunca y también la más honesta.

—Entonces haz esto —dice despacio—, no me digas qué son pero no me dejes creer que no hay nada, si te pregunto y hay algo me dices "existe pero todavía no puedo contártelo" para saber que no me lo estoy imaginando y decidir si espero o me voy.

—Existe —dice Iván—, pero todavía no puedo contártelo.

Lo dice de inmediato sin pensar como quien firma algo que lleva años esperando firmar y Diana asiente mientras recoge la bolsa del suelo.

—Teresa dice que no has comido.

—Teresa exagera.

—Teresa me abrazó y Teresa nunca exagera.

Iván baja la vista y Diana ve que tiene las manos por primera vez desde que lo conoce completamente quietas.

—¿Te quedas? —pregunta él.

—Me quedo pero no por ti —se detiene en la puerta—, bueno, no solo por ti, tengo una asamblea en ocho días y tú eres el único que me corrige los artículos de la ley.

Los ocho días siguientes son una tormenta de papel con la carpeta de Ferrer conteniendo doscientas catorce páginas que Diana ordena en el suelo del comedor por colores, rojo para lo que firmó Sebastián con su propia mano, azul para su firma escaneada y verde para todo lo que pasó por Marlín, Coral o Empaques del Sur.

El perito caligráfico llega el martes desde Valdeluz a cuatrocientos kilómetros llamado Ernesto Pardo con setenta años, una lupa de relojero y una paciencia de monje que a la pregunta de si conoce a Iván contesta ofendido.

—Señora, yo no conozco ni a mis vecinos.

Tarda dos días en entregar su informe que dice lo mismo que Diana descubrió con una cinta adhesiva y un ventanal, "firma digitalizada e insertada mediante procedimiento de impresión, no manuscrita, treinta y una veces." Leonor Ibarra envía sin que nadie se lo pida una carta en papel de Montenegro informando que pagaron a Distribuidora Marlín precio de camarón jumbo durante ocho meses por camarón de calibre inferior adjuntando las facturas y una sola línea escrita a mano al final.

"Siete por ciento. No lo olvide."

Las clases nocturnas vuelven pero son distintas porque Iván ya no se sienta a su lado sino enfrente esperando a que ella le pregunté algo que Diana nota sin saber si le gusta o le duele. La noche del domingo a las dos de la mañana Diana termina de ensayar su intervención por sexta vez e Iván cierra la carpeta.

—Mañana Sebastián va a hacer lo que hizo en Lunares —dice—, te va a recordar quién fuiste, al chico flaco, el sándwich.

—Lo sé.

—¿Y?

Diana mira el comedor, el tablero de colores y el informe del perito.

—Y ya no tengo sándwich que partir.

El lunes 9 de diciembre a las diez en punto la sala de juntas de Scott Holdings está llena hasta las paredes con los catorce miembros de la junta, los accionistas minoritarios, el notario, Bermúdez con su bigote y una carpeta del tamaño de un ladrillo, y Sebastián sentado a la cabecera con un traje gris claro y la expresión de un hombre que ha venido a perdonar mientras Diana se sienta en el extremo opuesto con el pelo recogido, un traje azul marino y una caja de terciopelo rojo en el bolso, con Iván sentado al fondo junto a la puerta sin decir nada y Rubén Scott saludando en la pantalla desde Suiza con una corbata de rayas.




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