La esposa que el Ceo no devolvió

La casa grande

Capítulo 31

La casa grande

Ivanna Montenegro duerme en el sofá del salón. La habitación de invitados ya es el estudio de Diana y ella se niega a que su hijo le reserve una suite en el Imperial como si fuera una socia de Singapur. Duerme con un antifaz de seda y el ukelele abrazado como a un oso de peluche.

Ronca poco, pero con ritmo.

A las ocho de la mañana del martes, Teresa sirve el desayuno junto al ventanal. Ivanna aparece envuelta en un kimono de flamencos, Iván ya está sentado con la tableta junto al plato y Diana todavía en pijama, se sirve café con los ojos medio cerrados.

Ivanna unta mantequilla en una tostada muy despacio.

—Anoche me levanté a buscar agua —dice—. A las tres por el cambio de horario.

Iván no levanta la vista.

—Y en el pasillo vi una cosa muy curiosa. Dos puertas cerradas, una a un lado y otra al otro, con luz debajo de las dos.

Diana deja de remover el café.

—Es un apartamento grande —dice Iván sin apartar los ojos de la tableta.

—Es un pasillo mi amor. —Ivanna muerde la tostada—. ¿Por qué duermen separados?

Diana se queda con la taza a medio camino de la boca y mira a Iván.

Iván por primera vez desde que lo conoce, no tiene una respuesta preparada. Baja la tableta un centímetro y mira a su madre por encima de los lentes.

—No son preguntas que una madre deba hacer.

—Okay. —Ivanna asiente, muy razonable, y se gira hacia su nuera con una sonrisa enorme—. Entonces te lo pregunto a ti, Diana.

Diana está bebiendo justo en ese momento, el café se le va por donde no debe. Tose. Se le saltan las lágrimas y Teresa sale de la cocina a darle unas palmaditas en la espalda que parecen golpes de remo.

—Ronca —consigue decir Diana cuando recupera el aire señalando a Iván con la servilleta—. Muchísimo.

Iván no ronca, los dos lo saben, Teresa también, y la empleada vuelve a la cocina con cara de no tener memoria.

—Eso es de familia —dice Ivanna encantada—. Su padre roncaba como un barco de pesca, yo dormía con tapones y lo quería igual, así que no es excusa hija. Te compro unos hoy mismo.

—Mamá.

—¿Qué? Yo solo quiero nietos antes de que se me quite el bronceado.

Diana vuelve a toser. Iván se levanta y dobla la servilleta en cuatro con unos dedos que Diana jura que le tiemblan un poquito.

—Bruno te lleva a la casa grande a mediodía.

Él sale y durante un segundo la sonrisa de Ivanna se queda sola en su cara, sin nadie a quien dedicársela. Le tiembla en las comisuras antes de desvanecerse.

—No le digas que te lo he dicho —le susurra a Diana inclinándose sobre la mesa—. Pero es la primera vez en muchos años que lo veo sentarse a desayunar.

A las seis de la tarde la cama de Diana está cubierta de vestidos. Iván está apoyado en el marco de la puerta con traje oscuro y corbata gris, ya ha dicho que de los cuatro que se ha probado, este es el que técnicamente está bien. Diana elige el verde porque Teresa pasa por el pasillo con una pila de toallas la mira y asiente una sola vez.

Mientras se maquilla ve a Iván reflejado en el espejo. Se toca la montura. Diez segundos después, otra vez. Desde que Ivanna se fue al mediodía con sus seis maletas, su ukelele y una bolsa de tapones para los oídos que dejó con toda intención sobre la almohada de Diana, él ha bebido tres cafés y no ha comido nada. Ha ordenado los libros del estudio por altura y después por color.

—Cuéntame —dice Diana, dejando el pintalabios—. Qué tengo que saber.

—¿Sobre qué?

—Sobre tu familia. No quiero entrar a ciegas.

Iván se sienta en el borde de la cama, entre el vestido negro y el gris, y junta las manos sobre las rodillas. Habla con un tono tranquilo como si estuviera dando un informe.

—Mi abuelo Adrián Setenta y cinco años. Valora la puntualidad, el silencio y el apellido, en ese orden. No le hagas preguntas, a él le gusta hacerlas.

—Bien.

—Mi tía Julia. Esposa de mi tío, no empieces a comer antes que ella. No elogies la comida, lo toma como una ofensa disimulada.

—Mi primo Juan. Su hijo. No le prestes dinero, no le aceptes una copa, no le des la espalda en una escalera.

Diana lo mira por el espejo.

—Eso último era una broma, ¿verdad?

Iván no contesta y Diana decide no insistir.

—¿Y tu tío?

Iván se queda callado y mira la alfombra. Diana ve cómo se le cierran los dedos, uno por uno.

—Mi tío David —dice al fin— sonríe mucho.

Se levanta y sale de la habitación antes de que ella pueda preguntar qué significa eso.

La casa grande está en lo alto de la colina de Altamira al final de una avenida de cipreses tan altos y tan rectos que parecen soldados en formación, Bruno conduce, la verja es de hierro con una M dorada, se abre sola. Al final del camino de grava aparece la casa, tres plantas de piedra gris, cuarenta ventanas iluminadas y una escalinata de mármol.

La mansión Scott le cabría en el vestíbulo.

—¿Aquí creciste? —pregunta Diana.

—Aquí viví —corrige él.

Antes de que Bruno apague el motor la puerta principal se abre de golpe e Ivanna baja la escalinata casi corriendo con un vestido de seda turquesa, el cabello rubio suelto y el ukelele colgado del hombro con una cinta de flores.

—¡Llegaron puntuales! ¡Mi hijo es el único hombre de esta familia que llega a la hora!

Abraza a Diana y braza a Iván que lo soporta con los brazos pegados al cuerpo. Después toca un acorde en el ukelele, uno solo, desafinado y feliz.

Arriba espera Fermín, un mayordomo muy viejo de guantes blancos y nariz diseñada para mirar a la gente desde arriba. Se inclina ante Diana exactamente quince grados, a Iván lo mira un segundo más de lo necesario, con algo en los ojos que no es frialdad.

Por dentro la casa grande es un museo, el vestíbulo es redondo, con suelo de mármol blanco y negro, como un tablero de ajedrez. Una escalera imperial de dos brazos asciende hacia la primera planta. En las paredes enmarcados en oro, una fila de hombres serios la observa, todos con la misma mandíbula. Todos con el mismo apellido en una placa de bronce.




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