La esposa que el Ceo no devolvió

La inauguración

Capítulo 34

La inauguración

Iván se agacha a recoger los cristales con las manos desnudas.

—No. —Diana baja del taburete—. Te vas a cortar.

—Ya está roto.

—Por eso.

Le sujeta la muñeca antes de que toque el primer trozo. Él se queda inmóvil en cuclillas mirando los pedazos que brillan en el suelo. Diana se arrodilla a su lado descalza con cuidado.

—No me lo tienes que contar hoy —dice—. Pero no me digas que miente. Porque los dos sabemos que no miente del todo.

Iván tarda en contestar.

—Mi tía miente muy bien —dice al fin con la voz ronca—. Pero no en todo.

—Lo sé.

—Te lo voy a contar. —La mira y detrás de los lentes hay algo muy cansado—. Pero no esta noche.

—No esta noche —acepta ella.

Recogen los cristales juntos con una escoba y un recogedor en silencio. Después él se va a su cuarto y ella al suyo. A la una de la madrugada Diana oye pasos en el pasillo, se detienen frente a su puerta pero no llaman.

Diana se levanta y abre.

Iván está ahí con los brazos caídos mirando el suelo.

—Elígeme —dice ella antes de que él pueda preguntar.

Los nueve días siguientes Diana trabaja como si alguien le hubieran dado cuerda.

Revisa con Celia la lista de proveedores locales. Prueba con Toño las cajas de hielo para el pescado del día. Discute con el diseñador del toldo durante cuarenta minutos sobre la diferencia entre azul cobalto y azul eléctrico y gana. Ensaya el discurso delante del espejo del baño hasta que Teresa al otro lado de la puerta se lo sabe de memoria y le corrige una coma.

Y el miércoles por la tarde en la tienda casi terminada se acerca a Kevin que está subido a una escalera colocando cajas de cereales en la estantería más alta.

—Kevin. ¿Sabes cómo funciona la pantalla grande?

Kevin baja la vista hacia ella. Lleva su primera corbata de jefe de reposición, verde con patitos amarillos que le regaló su abuela.

—¿La de las ofertas? Sí señora. Se conecta por detrás. —Señala con la barbilla el panel gigante de la pared del fondo de cuatro metros de ancho—. Hay un cable que baja hasta la caja de control. Está escondido detrás de los cereales. Por eso los pongo aquí.

—¿Y si yo quisiera poner algo mío? Desde mi teléfono.

Kevin la mira con una expresión que ha visto demasiadas películas de espías.

—¿Ahora qué estamos pensando?

—No lo sé todavía. Quizá nada.

—Ajá. —Kevin baja dos escalones—. El sábado me quedo detrás de los cereales. Por si nada.

—No es nada peligroso Kevin.

—Señora, con todo respeto. —Se ajusta la corbata de patitos—. La última vez que usted dijo eso terminó espiando a una mujer en el pasillo de los yogures. Y lo hizo fatal.

—He mejorado.

—Eso dice el señor también. —Kevin vuelve a subir la escalera—. Pero él lo dice con más cara de preocupación.

El sábado por la mañana mientras Diana se abrocha la chaqueta azul delante del espejo del vestíbulo Iván aparece detrás de ella con la corbata ya puesta y las manos en los bolsillos.

—Una regla —dice.

—Hoy no hay clase.

—Una sola. —Se ajusta los lentes—. Si en cualquier momento quieres irte, me tocas la oreja la izquierda y nos vamos sin explicaciones. Aunque estés a mitad de una frase.

—¿La oreja?

—Es discreto. Nadie se toca la oreja de otro sin motivo.

—Es lo más raro que me has propuesto desde que te conozco.

—Me casé contigo en dos días —dice él muy serio—. Mi listón de rareza es alto.

Diana se ríe y le toca la oreja izquierda. Iván se queda rígido.

—Era una prueba —aclara ella—. No nos vamos.

Él suelta el aire y le abre la puerta.

El sábado 1 de marzo amanece limpio, azul, con un viento salado que sube desde el puerto y hace bailar los banderines de la calle Marea.

Mercado Ola ocupa la planta baja del viejo almacén de ladrillo. Hace cuatro meses era una nave cerrada con el toldo verde descolorido y un cartel de Se alquila que nadie leía. Ahora el ladrillo está limpio, el toldo es azul cobalto y en el escaparate hay una ola pintada a mano que se curva sobre el cristal de esquina a esquina con espuma blanca y peces plateados escondidos entre el agua.

La pintó Diana tres noches seguidas, subida a una escalera con Iván sujetándola por los tobillos sin decir ni una palabra.

A las once de la mañana la calle está llena.

Están los pescadores de Toño con gorras nuevas y las manos curtidas en los bolsillos. Está Celia con un sombrero de domingo y su nieta de la mano. Está Rafa que ha traído una caja de corvinas recién salidas del barco y la sostiene como un trofeo. Está Arciniega repartiendo caramelos de menta a todo el que pasa. Está Leonor Ibarra con un traje gris y una carpeta bajo el brazo. Está Ortega con su tableta apuntando quién llega y a qué hora.

Hay vecinos. Hay curiosos. Hay seis cámaras de televisión y una docena de periodistas.

Y en la pantalla gigante del fondo de la tienda en directo desde Suiza están Rubén y Claudia que saludan con la mano con una bufanda azul cada uno mientras una enfermera sostiene el teléfono.

—¡Mi niña! —dice Claudia y se le quiebra la voz—. ¡Mírala Rubén! ¡Mira el toldo!

—Lo veo Claudia. Estoy enfermo no ciego.

Diana se ríe. Le tiemblan las manos y las esconde en los bolsillos de la chaqueta.

Iván está al fondo junto a la puerta como siempre.

Diana lo ve desde el pequeño escenario de madera que han montado junto a la caja registradora. Traje oscuro, lentes, las manos a la espalda, la quietud de un hombre que podría ser un poste de la luz si no fuera porque sus ojos no paran de moverse, la puerta, las cámaras, la gente, la puerta otra vez.

Diana baja del escenario. Cruza la tienda entre los vecinos y se planta delante de él.

—Hoy no te quiero al fondo.

—Es tu día.

—Por eso. —Le tiende la mano—. Ven.

Iván mira la mano, mira a la gente, mira las cámaras, que ya se han girado hacia ellos.




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