La esposa que el Ceo no devolvió

Hagan fila

Capítulo 8

Hagan la fila

El edificio de Scott Holdings tiene doce pisos y es de cristal verde, tiene una fuente seca en la entrada y un logo con forma de ola que Diana pintó a los seis años en un cuaderno de dibujo.

Lo reconoce, y le da un vuelco al corazón. Su padre había mandado hacerlo después de verlo en la mesita del salón, dibujado en una página arrancada, con la leyenda.

"Para papá por si algún día tienes un barco".

Ahora el logo está descolorido. Hay una mancha de humedad en una esquina y una de las letras del cartel, la "L", cuelga ligeramente torcida.

—Hace años que no lo arreglan —murmura Diana.

—Cuatro años —dice Iván a su lado.

Lleva un traje azul marino, camisa blanca y una corbata gris, camina medio paso por detrás de ella con la chaqueta abotonada y las manos a la espalda, como un guardaespaldas que ha olvidado que también es el esposo.

Diana respira hondo y empuja la puerta giratoria.

—Lo siento, señorita —dice el guardia de recepción, un hombre de bigote ralo que Diana reconoce de la infancia—. Su acceso está bloqueado.

—¿Bloqueado?

—Desde hace un mes. Orden del señor Paz.

Diana parpadea.

—Soy la accionista mayoritaria, Mario.

—Lo sé, señorita Diana. —Mario se retuerce las manos—. Pero el sistema dice que no puede pasar, lo siento mucho. Si fuera por mí…

—Mario —dice una voz grave detrás de ella.

El guardia levanta la vista y se queda inmóvil.

Iván se ha colocado a su lado. No ha dicho nada más, ni se ha movido, ni ha levantado el tono. Se limita a mirar a Mario con una neutralidad serena a través de los lentes, y le ofrece su tarjeta de visita.

Mario la lee, palidece y traga saliva.

—Señor Montenegro. Yo… no sabía…

—No tiene por qué.

—Pueden pasar los dos, por supuesto. —Mario teclea con dedos torpes, y la barrera de cristal se abre con un zumbido—. Perdone la molestia, que tenga un buen día.

Diana pasa mirando a su marido de reojo.

—¿Qué ha sido eso?

—Mi apellido.

—¿Así de sencillo?

—Funciona mejor cuando no se dice en voz alta.

—Qué conveniente.

—No siempre. —Iván pulsa el botón del ascensor—. Pero hoy sí.

Suben en silencio hasta el piso doce, a mitad de camino a Diana le sale sola la pregunta.

—¿Y si no me creen?

—No tienen que creerte. Tienen que oírte.

—Es lo mismo.

—No. Creer exige confianza, oír solo exige silencio. Y en esa sala cuando hables habrá silencio.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque todos tienen miedo de lo que vas a decir.

Diana se mira en el espejo del ascensor. La mujer del reflejo lleva los labios pintados de un rojo y los hombros demasiado rectos.

—No sé si yo lo tengo —murmura.

—Lo tendrás, es normal.

—¿Y qué hago con él?

—Respira por la nariz, cuenta hasta cuatro y no mires a Sebastián mientras hablas, mira a Ferrer.

—¿A Ferrer? ¿Por qué?

—Porque Ferrer es el que se pondrá nervioso primero.

Diana lo observa con el rabillo del ojo.

—¿Todo esto lo tenías preparado también?

—Casi todo.

Ella levanta la vista hacia los números, que suben demasiado deprisa, hasta que llegan al último piso donde está una sala de juntas con una mesa de cristal para veinte personas, cortinas de terciopelo verde y una fotografía de Rubén Scott a los cuarenta años colgada en la pared, sonriendo.

Hay catorce personas sentadas. Diana reconoce a la mitad, Gustavo Ferrer, con sus lentes de cristal grueso, Hernán Soto, el contador, con su permanente cara de estar a punto de estornudar, tres directivos de más de sesenta años a los que su padre trataba como tíos, y otros a los que ha visto en reuniones de Navidad.

Y al frente de la mesa, en el sillón del presidente, con una carpeta abierta y una sonrisa de bienvenida, está Sebastián.

—¡Diana! —Se levanta, extendiendo los brazos—. ¡Mi amor! ¿Cómo estás? Estaba preocupadísimo. Anoche pasé por el hotel, pero me dijeron que te habías ido. ¿Estás bien?

Diana no se mueve.

Lleva un traje de pantalón color crema que Teresa le dejó sobre la cama y los labios pintados de un rojo que no usa. Se ha recogido el pelo con una pinza, y siente cada hebra. Tiene las manos quietas, el rostro sereno, y una furia fría que le ha ido creciendo en el estómago durante toda la noche.

—Estás despedido —dice.

Silencio.

Después

un murmullo. Uno de los directivos carraspea. Soto se rasca la nariz.

Sebastián se ríe, con una risa corta y cariñosa.

—Diana amor. Estás alterada, tuviste una noche difícil, los médicos dijeron que…

—¿Qué médicos?

—Los del hotel, me llamaron para decirme que te habías sentido mal. Estaba tan asustado.

—Qué casualidad. A mí me contaron otra versión.

—Cariño…

—No me llames cariño.

—Hernán, trae un vaso de agua —ordena Sebastián con una voz paciente de enfermero—. Gustavo por favor cancela mi siguiente cita. Diana necesita descansar.

—Sebastián Paz —dice Diana, y la voz le sale limpia y cortante—, estás despedido como vicepresidente de Scott Holdings. Te exijo que recojas tus cosas y salgas del edificio.

El silencio se vuelve de piedra.

Sebastián la mira. Y entonces, muy despacio, su sonrisa cambia. No desaparece: se afila.

—Diana —dice con calma—. Vamos a ver. ¿Sabes lo que firmaste hace dos años?

—Un poder de gestión.

—Un poder irrevocable con cláusula de sucesión. —Abre la carpeta que tiene delante y la desliza por la mesa. Un documento de veinte páginas, con firmas y sellos—. Estoy protegido por una estructura que no se puede romper con un grito. Para revocarlo necesitas convocar una asamblea de accionistas, reunir quórum, votar con mayoría cualificada y presentar causas justificadas ante un notario. Es un proceso de seis meses como mínimo.

—Tengo pruebas.

—¿De qué?

—De lo que hiciste.

—¿Qué hice? —pregunta él abriendo las manos—. ¿Gestionar una empresa en crisis? ¿Hacer lo que tu padre me pidió?




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