Capítulo 32
Cuídala sobrino
Diana no retira la mano pero tampoco sonríe.
—Diana —dice—. Solo Diana o Montenegro,
si prefiere.
David Montenegro se ríe, es una risa cálida, de hombre que ha contado chistes en muchas cenas.
—Perdóname, tienes razón. —Le suelta la mano con delicadeza—. Es una manía de viejo. Conocí a tu padre hace muchos años y para mí las hijas de los viejos amigos siempre se quedan en niñas.
—Mi padre nunca me habló de usted.
—Rubén siempre fue un hombre discreto. —David le aparta la silla—. Siéntate por favor. A mi lado si me haces el honor.
—Ese es mi sitio —dice Iván.
Lo dice sin levantar la voz. Rodea la mesa, toma la silla que David sostiene y la mueve medio metro hacia la suya, con Diana todavía de pie. Después la sostiene él.
David levanta las manos divertido.
—Celoso como su padre.
—Puntual —corrige Iván—. Mi padre era puntual.
Diana se sienta. Iván se sienta a su lado tan cerca que sus rodillas se tocan bajo el mantel.
La cena empieza con una crema de langosta que Diana encuentra deliciosa y no elogia siguiendo instrucciones.
El segundo plato llega en fuentes de plata. Es un pescado blanco cubierto con una salsa roja brillante que huele a fuego.
—Corvina en salsa de ají —anuncia Julia—. Receta de la familia. De mi familia quiero decir. Espero que te guste el picante querida.
Diana mira el plato, el plato la mira a ella.
No tolera el picante, nunca lo ha tolerado, a los doce años en una fiesta de cumpleaños se comió un pimiento por una apuesta y tuvieron que llevarla a la enfermería del colegio con la lengua del tamaño de una zapatilla.
Pero Julia la observa desde el otro lado de la mesa con la copa a medio camino. Esperando.
Diana corta un trozo y se lo mete en la boca.
Durante dos segundos no pasa nada. Al tercero un incendio le sube desde la lengua hasta los ojos. Al cuarto le lloran los dos ojos a la vez. Al quinto la nariz.
—¿Demasiado fuerte para ti querida? —pregunta Julia con dulzura.
Diana traga, se seca una lágrima con la servilleta.
—Está perfecto —dice con la voz ronca—. Lloro de emoción, es lo más sincero que me han servido esta noche.
Ivanna se atraganta con el vino. El abuelo carraspea detrás de la servilleta.
Iván no dice nada, toma el plato de Diana y lo pone delante de él, luego le pasa el suyo que está intacto. Después sin pestañear y sin una gota de sudor se come la corvina en salsa de ají entera bocado a bocado.
Julia lo mira con los labios apretados.
—Tú nunca comías picante.
—Ahora sí.
Diana bebe medio vaso de agua y le aprieta la rodilla bajo la mesa. Él no la mira pero deja de cortar un segundo.
Julia espera al postre para volver a atacar.
—Una boda en dos días —dice removiendo el café con una cucharilla de plata—. Sin fiesta, sin iglesia, sin capitulaciones, en mi época querida eso tenía un nombre.
—En la mía también —dice Diana—. Se llama no necesitar un abogado para confiar en tu marido.
—Qué romántico. ¿Y si un día él se cansa?
—Entonces se quedará con la mitad de mis cuadros. —Diana sonríe—. Le deseo suerte vendiéndolos. A mí me costó años.
Juan suelta una carcajada. Julia deja la cucharilla en el plato con un tintineo seco.
—Iván siempre fue muy difícil de complacer —dice dirigiéndose a Diana como si su sobrino no estuviera en la mesa—. De pequeño rechazaba todo, la comida, los juguetes, los abrazos. Era agotador. Me alegra que por fin haya encontrado algo que le guste.
—No rechazaba todo —dice Iván.
—¿No?
—Solo lo que venía de ti.
El silencio que sigue es tan grande que Diana oye la cera de una vela gotear sobre el mantel.
Julia sonríe, es una sonrisa fría, lisa y blanca, como el mármol del vestíbulo.
—Siempre tan sincero.
Juan lleva cuatro copas de vino y dos de whisky cuando se levanta de su sitio y se sienta en la silla vacía del otro lado de Diana.
—Cuéntame —dice apoyando el brazo en el respaldo de la silla de ella—. ¿Qué tiene mi primito que no tenga yo? Aparte de la empresa, el dinero y la cara de funeral.
Tiene los dedos a dos centímetros del hombro de Diana y huele a alcohol dulce.
—Modales —dice Diana.
—Eso se aprende.
—En treinta años no parece.
Juan se ríe y baja la mano hasta tocarle el hombro.
—Juan.
La voz de Iván es tan tranquila que Juan tarda un segundo en girarse.
—Si vuelves a tocarle la silla te parto la mano. —Iván se sube los lentes con un dedo—. No es una metáfora. Lo digo para que no haya malentendidos.
Juan aparta el brazo y se ríe otra vez pero ya no le sale igual.
—Abuelo ¿has oído?
—En esta mesa no se amenaza —dice el abuelo sin levantar la vista del plato.
—No lo amenacé —dice Iván—. Le informé.
El abuelo levanta la vista, mira a su nieto durante un instante, y Diana cree ver algo en esos ojos viejos que se parece al orgullo, o al miedo, o a las dos cosas.
—Juan vuelve a tu sitio.
Juan vuelve a su sitio.
Durante toda la cena David es encantador, se interesa por Mercado Ola, por el proyecto ecológico, por los barcos de Toño. Hace preguntas inteligentes y escucha las respuestas con la cabeza ladeada como un profesor orgulloso, se ríe en los momentos justos, le sirve agua a Diana antes de que se le acabe.
—Me contaron lo de tu asamblea —dice partiendo una nuez con los dedos—. Seis de once. Con una cláusula escondida en la página cuatro. —Sonríe—. Qué valiente una mujer tan expuesta.
Diana deja el tenedor.
Nadie fuera de aquella sala sabe en qué página estaba la cláusula.
—Tiene buenos informantes señor Montenegro.
—David por favor. Y no, tengo son buenos amigos. —Se come la nuez—. ¿Y tus padres? ¿Siguen en Suiza?
—Sí.
—El aire de montaña es muy bueno para el corazón. —Se limpia los dedos en la servilleta—. Dale recuerdos de mi parte a Rubén. Él sabrá de qué.