*Cambio de perspectiva, Xu Yao Chen*
El salón de ceremonias aún temblaba. El estallido de energía negra etérea había agrietado las baldosas de mármol a los pies de mi hija. Las runas de la Piedra de Evaluación de Nube Silente aún emitían pequeños chispazos oscuros, exhaustas tras haber canalizado semejante monstruosidad de poder.
Nadie en los mil años de historia de la Secta Yun Lan había presenciado un talento de nivel Negro Supremo. Un trío elemental —Fuego, Luz y Viento—, una combinación divina nacida para gobernar los cielos o reducir reinos enteros a cenizas.
Miré a Ling'er. La pequeña estaba allí de pie, pestañeando inocentemente mientras se miraba las palmas de las manos, ajena al pánico y a la devoción reverencial de los ancianos que se arrodillaban tras ella.
—¿Papá? —me llamó, ladeando la cabeza con curiosidad—. La piedra se puso negra... ¿Eso significa que no me darán los pastelitos de pollo?
Se me escapó un suspiro ahogado, apretando los puños dentro de mis mangas anchas para ocultar el leve temblor de mis manos. Acepté la mirada que Qing Liang me dirigía desde el lateral del estrado; sus ojos reflejaban la misma mezcla de orgullo infinito y absoluto terror.
Nuestro mayor miedo se estaba haciendo realidad, en los ojos llorosos de Qing Liang pude ver que seguía recordando con fuerza la noche de hace siete días, cuando Ling'er estuvo ardiendo en fiebre, vulnerable, el miedo amenazando nuestros corazones con la posibilidad de perder a nuestra hija. Su poder era demasiado peligroso para ella ahora mismo. Traté de sonreír, me arrodillé para estar más a su pequeña altura, mis manos agarraron las suyas.
—Significa que tendrás todos los pastelitos del mundo, mi pequeña tirana —murmuré, colocándole la corona de flores que me había hecho antes—. Pero a partir de hoy, jugaremos a un juego nuevo.
—¿Un juego? —sus ojos brillaron.
—Sí. Papá va luego a hacer una cosa que hará que te canses antes, papá te pondrá muchas pruebas, si Ling'er es buena y las supera, papá promete enseñarte esas técnicas que siempre me has pedido aprender.
—¡¿De verdad?! ¡Ling'er lo hará, Ling'er definitivamente hará lo que diga papá!
Ling'er chilló feliz, dando palmaditas y riendo, su mora inocente y completamente confiada, me hizo sentir culpable. Alcé la cabeza y dirigí una mirada cargada de intención y coerción espiritual a todos los ancianos presentes en el salón. El mensaje era cristalino: quien hable de esto fuera de la montaña, morirá.
*Cambio de perspectiva, Lei Tian*
El revuelo causado por mi prueba de talento aún no se había disipado. Los patriarcas de las sectas invitadas continuaban brindando y discutiendo acaloradamente sobre la ráfaga de truenos que había oscurecido el cielo de la ciudad.
—¡Un talento Violeta Celestial con afinidad a la Luz y al Trueno! —exclamaba Shi Wei, frotándose las manos—. Patriarca Lei, permítale a este humilde servidor tomar a su hijo como discípulo directo...
—Ni lo sueñes, viejo chiflado —interrumpió la joven matriarca del Pabellón de los Mil Tesoros, abanicándose con altivez—. Un usuario de Trueno y Luz está destinado al arte de la guerra y la espada.
Yo ignoraba sus discusiones mientras masticaba tranquilamente un pastel de melocotón que el abuelo Mu me había traído a escondidas. Miré hacia el cielo, donde las nubes de tormenta que mi energía había convocado empezaban a dispersarse. No lograba entender que era tan genial de mi prueba, desde que tenía consciencia siempre he jugado con la electricidad, no era algo nuevo ¿Porque darle tanta importancia? Además Lei Feng casi llega a violeta también y es muy fuerte.
—¿Ocurre algo, Tian'er? —preguntó mi madre, acercándose para limpiarme las migas de la comisura de los labios.
—No, mamá —sonreí, dando otro mordisco al dulce—. Solo pensaba que... Todos estáis exagerando mucho.
—Para nada, mi Tian'er es increíble.
—No lo soy mamá... Yo solo soy yo ¿Porque entonces todos esos viejos me miran como si fuese una pierna de pollo? Además papá dijo que sería entrenado en la mansión no en una secta ¿Para qué discutir tanto? —suspiré antes de dar otro bocado a otro pastel.
—Siempre tan profundo, pequeño sabio. Anda, ve a jugar con tus primos.
—¡Sí! ¡Por fin puedo ir a jugar!
Salté de la silla y corrí hacia donde Lei Feng y los demás me esperaban. Ignorante de las insistentes miradas a mi espalda. No toda buenas, no todas amables.
*Cambio de perspectiva, Xu Yao Chen*
El banquete de celebración se llevó acabo tras la prueba de talento. Todos estaban allí sin importar de que rincón de la secta fuesen. Había Ancianos de cada rama, había discípulos de todas las ramas de la secta desde externos, internos, de la rama santa y de la espiritual.
La secta se dividía en cuatro ramas según los discípulos iban avanzando en su cultivación. Los de la secta externa se componían por discípulos en las etapas más básicas; refinación corporal, refinación de sangre, refinación de médula. Luego, seguía la rama interna donde podías encontrar; etapa de refinación de qi, etapa de refinación de meridianos, etapa de condensación del alma.
En la rama santa los discípulos son apenas unos cientos de un talento excepcional y se cuentan en unos pocos cientos, etapa de alma naciente, etapa de transformación divina, etapa camino dao celestial, y finalmente en la rama espiritual solo hay un puñado de elegidos que han pisado la etapa de nirvana.
Me serví una copa de vino sintiendo una opresión en el pecho mientras veía a mi hija jugar con sus hermanos y hermanas de secta. Ling'er chillaba y reía feliz, totalmente despreocupada y ajena a u propia realidad.
—Yao Chen...
—Lo sé, será esta noche.
—¿Que vamos ha hacer?
—Entrenarla, fortalecer su cuerpo y mente hasta que esté lista para usar esa absurda cantidad de poder espiritual sin que su cuerpo colapse.
Miré a Qing Liang a mi lado y luego volví la vista hacia Ling'er, quien corría tras una mariposa nocturna provocando las risas de los discípulos más jóvenes. La decisión estaba tomada, pero no por ello dejaba de ser dolorosa para ambos.