*Cambio de perspectiva, Lei Tian*
Dos meses habían pasado desde la prueba de talento. Mi padre y mis tíos mayores se esforzaban cada día en enseñarnos cosas nuevas. Yo había establecido fuertemente las bases de mi cultivo, etapa 4 de refinación corporal, en solo dos meses prácticamente desde cero.
Todos me llamaban genio, monstruo, «en el buen sentido», había dicho mi abuelo una vez. Pero yo no lo entendía. ¿Qué tenía de especial? Desde que tenía uso de razón siempre había sido así. Tan natural como respirar, como si por mis venas fluyera electricidad y no sangre.
Además, mis primos mayores eran mucho más increíbles a mis ojos; sabían técnicas, fluían como el agua y golpeaban como un meteorito. A cuál de ellos más increíble: una de mis primas mayores ya estaba aprendiendo alquimia, refinando píldoras bajo la tutela de uno de los ancianos.
Lei Feng ya estaba en la quinta etapa de refinación de sangre, y otros casi en el umbral de refinación de médula. Me encontraba cultivando en posición de loto en un pabellón cercano al estanque de lotos. El día era tranquilo y despejado, la brisa soplaba y el sol brillaba. Mi energía fluía con la tranquilidad de un río y la calidez del sol. Pequeñas chispas violetas recorrían de vez en cuando mi cuerpo.
—El rayo nace en los cielos, desciende imponente y muere en la tierra, fluye, explota. Parece lento, pero cruza la distancia en un instante —fui murmurando mientras hacía fluir mi energía espiritual por mis meridianos.
No era consciente de estar hablando, era por inercia, como si algo me guiara. Ni siquiera había aprendido estos conceptos, no los entendía y, sin embargo, mi boca hablaba por voluntad propia. Como si algo o alguien me controlara.
—El trueno se alza y divide los cielos coronándose rey.
Mi padre, que había estado cerca alimentando a los peces del estanque, se acercó a mí y me sacudió con cuidado, pero yo seguía murmurando cosas. Mis ojos brillaron con una luz violeta; mi aura de energía espiritual pulsó frenética. Era un momento demasiado místico.
—Tian'er, reacciona, hijo, Tian'er —me sacudió de nuevo. Solo entonces todo pareció calmarse. Me quedé quieto, callado, con mis extremidades relajadas de nuevo. Abrí los ojos poco a poco.
—Tian'er, no sabía que habías alcanzado tal comprensión.
Alcé la vista confuso, ladeé mi cabeza. No entendía lo que quería decir mi padre.
—¿Comprensión? ¿Qué es eso? ¿Se come?
Mi padre me miró por un instante, pensativo, sin delatar demasiado de sus pensamientos o emociones. Se acarició la corta y cuidada barba en su mentón.
—¿Qué estabas haciendo, Tian'er?
—¿Cultivar? —parpadeé con inocencia.
—¿Mientras cultivabas no estabas hablando hace un momento?
—¿Yo? No he dicho nada —fruncí el ceño.
—No importa —mi padre me frotó la cabeza con cariño—. Ahora que has empezado a cultivar de verdad, papá te llevará a un lugar.
—¿Un lugar? ¿Dónde?
—El lugar de entrenamiento ancestral de nuestra familia Lei: el Estanque de Rayos, del Valle del Trueno Real.
—¿Estanque? ¿Habrá peces koi?
—No, Tian'er, pero habrá truenos. Papá te llevará para enseñarte tu primera técnica de verdad.
—¿Como el primo Lei Feng y sus cadenas de trueno dorado? ¡Suena súper genial! ¡Yo también quiero aprender técnicas geniales! ¡Quiero ser tan genial como los primos!
Mi padre soltó una risa profunda mientras me despeinaba con fuerza.
—Cadenas de trueno dorado, ¿eh? No te preocupes, Tian'er, lo que aprenderás allí será mucho más adecuado para ti. Pero no será fácil. El Estanque de Rayos no es un lugar para jugar.
—¡No voy a jugar, lo prometo! ¡Seré superserio! —exclamé, poniendo los puños en mi cintura y poniendo la cara más solemne que pude poner a mis seis años, aunque la sonrisa se me escapaba por las comisuras.
Nos pusimos en marcha hacia la parte trasera de la mansión principal, dejando atrás los pabellones decorados y los senderos de piedra pulida. A medida que nos adentrábamos en la cordillera privada de la familia Lei, el ambiente cambiaba drásticamente. El aire se volvía más denso, cargado con un olor metálico a ozono que me hacía cosquillas en la nariz, y el viento traía consigo un murmullo constante, similar al zumbido de mil abejas enfurecidas.
Subimos por un sendero tallado directamente en la roca negra de la montaña. A cada lado del camino, enormes pilares de hierro divino mostraban inscripciones antiguas que brillaban débilmente con pequeñas chispas azules de vez en cuando.
—Papá… ¿por qué la montaña hace ese ruido? —pregunté, dando un trote para mantenerme a su lado.
—Porque la montaña está viva, Tian'er —respondió mi padre sin detener el paso, mirando hacia las cumbres donde nubes oscuras y tormentosas parecían descansar eternamente sobre el pico principal—. O, mejor dicho, el corazón de este valle guarda una vena de trueno primordial. Los ancestros de la familia Lei se establecieron aquí precisamente por el Estanque de Rayos. No es solo un estanque: es un punto donde la energía del cielo y la tierra se cruzan.
Al llegar a la cima del desfiladero, el paisaje se abrió ante nosotros y me quedé con la boca abierta.
El Valle del Trueno Real era una enorme cuenca natural rodeada de picos afilados como espadas. En el centro, no había agua como en el estanque de los peces koi. Lo que llenaba esa fosa de piedra de cincuenta metros de ancho era un líquido denso, viscoso y de un color violeta brillante que crepitaba sin descanso.
De su superficie emergían arcos de electricidad dorada que se disparaban hacia el cielo, conectando directamente con las nubes de la cumbre.
—¡Increíble…! —susurré, dando un paso atrás por instinto ante la inmensa presión que emanaba del lugar—. Eso… eso no parece agua.
—Y no lo es —dijo mi padre, colocándose detrás de mí y poniendo una mano firme sobre mi hombro, reconfortándome—. Es esencia de trueno. Cada año se condensan un par de gotas; imagínate cuánto tiempo ha pasado entonces desde la creación natural de este lugar para que el estanque esté tan lleno hoy en día. Los discípulos de la familia suelen venir aquí cuando alcanzan la etapa de refinación de médula para templar sus huesos. Pero tú… tú no vas a entrar al estanque hoy.