—¿Por qué... por qué aún vivo?
La cabeza de Grinx era un mar en plena tormenta. Sus ojos apenas podían captar una neblina blanca teñida de sangre, mientras un dolor inmenso le retorcía cada fibra del cuerpo.
—¡Rápido, trae algo caliente! —gritó una chica frente a él.
Ella se acercó y, con los dedos temblorosos, le inspeccionó las pupilas dilatadas. El sudor, mezclado con gotas de sangre, surcaba su rostro cansado; llevaba horas atendiendo a los heridos sin descanso.
—Creo que saldrás de esta, pero las cosas serán diferentes —murmuró ella, más para sí misma que para él.
Grinx apretó los dientes, dejó escapar un suspiro tembloroso y cerró los ojos, entregándose al dolor. El frío de la mesa comenzó a desdibujarse, reemplazado por un eco lejano, un susurro que venía de mucho antes de que el mundo se desmoronaba a su alrededor…
Grinx miraba con los ojos brillosos el anuncio de la próxima ronda de batallas que se llevaría a cabo al día siguiente en la vieja taberna. Llevaba meses preparándose para aquello. Aún era un niño para esas cosas, pero, por increíble que pareciera, su nivel se encontraba a la par de rivalizar con los mayores del pueblo.
—Mañana será un gran día, Ihza —dijo, acariciando la peluda cabeza de su acompañante.
El animal respondió con unos cariñosos aullidos.
Ihza era una cría de lobo de la raza Winter, autóctonos de las altas montañas heladas del reino de Snowland. Grad lo había encontrado de pequeño, perdido a las orillas del río, y lo había criado desde entonces.
Cerca de la puerta de la taberna, donde colgaba el cartel de anuncios, se escucharon ruidos de lo que parecían ser dos hombres a punto de iniciar una pelea. Grinx entró rápidamente para ser testigo. Dentro, dos musculosos hombres —guerreros fuera de servicio— se reñían a golpes a manos descubiertas.
Los espectadores alrededor tronaban sus jarras de cerveza y vino contra las mesas de madera al ritmo de un cántico. Grinx instantáneamente se unió a ellos:
—¡AAAAAAAuuuu… AAAAAAAuuuuu... AAuu... AAuu... AAuu...!
Era un cántico conocido como el Orgullo del Norte. Las leyendas cuentan que, hace mucho tiempo, un grupo de hombres de Snowland emprendió una marcha para enfrentar al invierno, caminando más allá de las altas montañas heladas, una zona donde el frío es implacable. En verano, cuando el hielo del mar se desvanece y algunos barcos pasan a lo lejos, comentan que aún se puede ver a los hombres congelados. Y, si afinas bien el oído, aún continúan su canto.
Nunca nadie ha podido comprobar la veracidad de esa historia, ya que cualquiera que osara desafiar al Alma del Invierno terminaba encontrando el fin de su vida. En la actualidad, Snowland vive bajo esa creencia: el Orgullo del Norte es su identidad; guerreros hechos por y para la guerra.
Uno de los contendientes tomó al otro por la cabeza y se la estrelló contra la barra de la taberna. Apretó con fuerza el cráneo y siguió golpeando al ritmo del canto hasta que la carne cedió y dejó visibles los sesos de lo que hace unos minutos era un hombre.
La taberna gritó con locura y el tabernero invitó a otra ronda.
—¿Ves, Ihza? Eso es ser un hombre. Somos guerreros capaces de desafiar al mismísimo invierno.
Ihza lo tomó del pantalón y le dio un par de tirones.
—Ya sé, ya sé que tengo que ir a ayudar a papá con su aburrido trabajo... —protestó Grinx con una sonrisa torcida.
El lobo soltó un par de aullidos más, un poco enfadado, como si le urgiera sacarlo de allí antes de que el ambiente de la taberna se volviera aún más sanguinario.
Birki se ubicaba a las afueras del perímetro del reino de Snowland, bordeando el río por la parte oeste. Era un lugar bastante tranquilo; bueno, en los términos de la gente del norte. De camino a casa, Grinx siempre se tapaba la nariz y corría a toda prisa, pues no podía soportar el olor a pescado ahumado. Cuando no era el ruido de las peleas, era el constante martilleo de los herreros.
Su lugar favorito era la tienda de Sejuina; la mujer era especialista en hachas de batalla y le había prometido regalarle un par al chico para cuando fuera mayor. Las casas eran humildes construcciones hechas con roble del bosque y paja en los tejados. Al estar próxima al río, el comercio de los navegantes ayudaba a la prosperidad del sitio, pero la ganadería era el principal motor no solo del pueblo, sino de todo el reino.
Una vez en casa, el chico pegó un par de gritos en busca de su padre, pero, como de costumbre, no estaba adentro. Salió a la parte de atrás y allí dio con él. Gard era un hombre delgaducho, nada común entre los característicos músculos de los guerreros del norte. Pero él no era un guerrero: se había dedicado toda la vida a la ganadería.
Antes de que el sol iluminara la primera hierba del terreno, él ya se encontraba exhausto con el trabajo de sus animales. Siempre tenía que apartarse el cabello del rostro debido al sudor; aun con los vientos frescos del norte, el hombre se esforzaba hasta ese punto.
—Acércate, hijo. Hoy tenemos unas cuantas ovejas por esquilar —dijo con su característico tono risueño.
Grinx, como siempre, se cruzó de brazos, frunció el ceño y, después de un par de quejas, tomó las tijeras y se unió a la tarea.
Apenas llevaba dos ovejas cuando su padre ya contaba las suyas por decenas. El hombre manejaba las tijeras con una sutileza ancestral, mezclada con la velocidad de una tejedora de Brymorio. Quitaba la lana sin que el animal se moviera, todo lo contrario a Grinx, que por cada oveja se llevaba un par de mordidas o patadas por estar todo el rato pinchándolas.
—Se me dan mejor las armas que estas malditas tijeras —dijo el chico, lanzándolas al suelo con rostro enfadado.
—El animal siente tu molestia; no puede estar quieto al lado de alguien que por dentro está inquieto —comentó Gard sin mirarlo siquiera, con la vista fija en su minucioso trabajo—. Cuando consigas esquilar una oveja con un arma, hablaremos.