La caída desde aquella altura significaba la muerte segura. Asus y Kamill se balanceaban al borde del abismo exterior en la terraza del templo de Karnah, completamente inconscientes, con la mirada vacía, dominados por la sombra asfixiante del sacerdote. A pocos pasos, Nour se regodeaba en silencio. Era el día que llevaba esperando toda su vida.
Vidas, tantas como fueran necesarias; los sacrificios exactos para saciar la sed de sangre de Él y consumar su venganza. La boca se le hacía agua solo de imaginario. Ese maldito hombre le había arrebatado a su nieto, su hogar, todo cuanto amaba. Uno de sus hijos ya yacía muerto; hoy mataría a dos más, y el último, desterrado y despojado de su piedra sagrada, no tardaría en perecer ante la intemperie del mundo.
El día transcurría bajo una atmósfera anómala. Un manto espeso de nubes devoraba por completo al sol, tiñendo la jornada de un gris funerario. Los vientos aullaban con furia, arrastrando el aroma húmedo y eléctrico que precede a las grandes tormentas.
A poca distancia, frente a la imponente figura de Zurima, la línea de hombres de Atheus ultimaba los preparativos para el asalto. No había cabalgaduras; avanzarían a pie. Minimizar los daños colaterales en la ciudad era la máxima prioridad. En ese instante, un joven explorador que había pasado la noche en vela irrumpió en la cuadrilla, agónico y con el pecho agitado.
—¡Señor…! —exclamó, tomando una bocanada de aire mientras las piernas le temblaban por el esfuerzo de la carrera—. Es tal como temíamos. Todos los civiles están camuflados con ropas de guardias y portan armas entre las filas del enemigo.
Atheus dejó escapar un suspiro denso, mezcla de frustración y hastío.
—Era de esperarse —comentó Lyonnel, con la mandíbula tensa—. No nos pondrán las cosas fáciles. Buscan manchar las manos de Radis, obligándonos a masacrar a su propia gente para hacerlo pasar por un asesino ante los ojos del reino.
Ambos giraron el rostro hacia la retaguardia de la formación. Allí estaba Radis, flanqueado por Artur y bajo la custodia estricta de Alice y Mafalda, cuya tensión se palpaba en la rigidez de sus posturas, pero listos para el combate.
—Un plan arriesgado, ¿no crees? —ironizó Atheus con una sonrisa torcida, dándole una palmada amistosa pero firme en el hombro a Lyonnel.
—Cuando nos conocimos dijiste que sabías quién eras. A qué te referías con eso —respondió Lyonnel, buscando en los ojos del veterano un atisbo de certidumbre.
Atheus esbozó una sonrisa nostálgica.
—Hace mucho tiempo llegó tu llamado a mis tierras. En aquella época las circunstancias me impidieron unirte a la lucha contra los Magos Oscuros —confesó, dándole un par de palmadas más en el pecho—. Irónicamente, hoy me alegra enormemente estar aquí, peleando bajo tus órdenes.
Sin mediar más palabras, ambos guerreros se ajustaron los cascos de combate, ocultando sus expresiones tras el frío acero. Lyonnel caminó entonces hombre por hombre, deteniéndose ante cada soldado para brindar una palmada firme en los hombros de su ejército. No escatimaba esfuerzos; ya no era un muchacho impulsivo y sabía que cada paso en el campo de batalla podía ser el último.
Un comandante experimentado comprende el significado sagrado de cada contienda. Sabía que muchos de los valientes que habían despertado aquella mañana volverían a dormir eternamente antes del anochecer. Un simple gesto de confianza, un contacto firme, podía ser el ancla que calmara los nervios de un joven tembloroso.
Tras recorrer las filas y devolver el aliento a sus tropas, Lyonnel ocupó su lugar al frente de los suyos. Levantó lentamente el brazo derecho con la palma abierta. A medida que cerraba el puño, un silencio sepulcral fue devorando el ambiente, quebrándose únicamente por el correr constante del viento.
—¡Soldados míos! —rugió con una voz profunda, brutal y rasgada que sacudió los cimientos de la formación—. Mirad vuestro interior por un solo segundo. Pensad en lo que guardáis ahí dentro. Si lo único que halláis son penurias, lamentos y arrepentimientos… daos la vuelta y marchaos ahora mismo.
La fila de hombres titubeó al instante, descolocada. Las miradas cruzaron el espacio entre camaradas, cargadas de dudas, buscando en los ojos del compañero una respuesta que ninguno se atrevía a formular.
—Aquellos que carguen con ese peso son los primeros en romperse cuando el acero choca —continuó Lyonnel, endureciendo el tono, sin apartar los ojos de su gente—. Así que ahorraos el viaje; todavía tenéis vidas que reconstruir allá afuera. En cambio, aquellos que en su interior solo encuentren cicatrices cerradas, amor en lugar de odio, paz en vez de caos… acompañadme. Solo vosotros podéis mirar de frente a la muerte sin apartar la mirada.
Un breve silencio de plomo se apoderó de la tropa, donde solo el latido acelerado de los corazones parecía marcar el compás del destino.
—Y recordad una cosa, mis hermanos —gritó Atheus con energía renovada, dando un paso al frente para sumar su voz a la de su comandante—. Nunca peleéis solos. El Señor siempre marcha a vuestro lado.
Con el aire suspendido en la garganta, los hombres comenzaron la marcha hacia el vientre de la capital. Apenas dieron los primeros pasos, un silbido agudo rasgó el cielo: la primera oleada de flechas se elevó como una bandada de cuervos antes de abalanzarse sobre ellos.
—¡Escudos! —gritó Lyonnel, con una autoridad que no admitía réplica.
Al instante, los soldados se acoplaron hombro con hombro, espalda contra pecho, en una perfecta sintonía de supervivencia. Levantaron los pesados escudos de madera y hierro, superponiéndolos para erigir una muralla inquebrantable. Segundos después, la lluvia mortífera comenzó a golpear la madera con furia, astillando las superficies y astillando todo a su paso en un estruendo ensordecedor.
—¡Seguid avanzando, todos juntos! —bramaba Atheus, abriendo camino sin disminuir el paso.