Poderes de vida y muerte

CAPÍTULO 34- Sentimientos de fe. Segunda prueba

Frente a los ojos de Atheus se alzaba, amenazante, la alargada y puntiaguda punta de aquel tallo vegetal. Fe. Eso era exactamente lo que había dicho la misteriosa mujer que custodiaba aquel salón olvidado. ¿Acaso era esta la segunda gran prueba? Una ordalía destinada a medir la fe de los intrusos. A escasos metros de distancia, Radis se enredaba cada vez más en la maraña de tallos afilados, pataleando en vano mientras el peligro lo asfixiaba.

Lyonnel y los demás, en cambio, parecían avanzar con un poco menos de dificultad por el pasillo. Solo a ellos dos, Atheus y al joven, les estaba costando la vida superar aquella trampa.

Desde lo alto de la estructura, la mujer emanaba un brillo casi celestial. Una larguísima cabellera plateada caía sobre sus hombros, fundiéndose de manera inquietante con el origen mismo de los tallos que poblaban la sala; su rostro era de una sutileza y una elegancia sobrenaturales.

¿Acaso el antiguo faraón trató de comprar o replicar la fe? Pensó Atheus con amargura. Qué ridículo. La fe era algo que jamás se podía conseguir abriendo un cofre antiguo ni arrancándola a la fuerza a la naturaleza. Era una convicción íntima que dependía únicamente de cada uno, un voto sagrado que debía entregarse sin reservas al Señor.

La punta afilada se acercaba cada vez más a su frente, temiblemente lista para atravesarle el cráneo. Sin embargo, la confianza de Atheus ni siquiera titubeaba. Toda su vida había sido un hombre de fe inquebrantable; de entre todas las abominaciones y trampas con las que se había cruzado, esta era con certeza la menos indicada para destruirlo. Con un dominio absoluto de sus nervios, simplemente relajó los músculos, dejó que su cuerpo entrara en sintonía con el entorno y miró de reojo a su compañero, donde Radis se hundía cada vez más en la desesperación.

—Ten fe, chico —le alentó Atheus con voz firme, cortando el aire tenso—. Mi Señor no te abandonará. Puede que tus falsos dioses te den la espalda, pero Él jamás lo hace. Incluso cuando yo mismo dudé de su camino, logré encontrar la salvación.

Se limitó a cerrar sus ojos y sumergirse en sus memorias

Brymorio hace 100 años

Atheus corría por las polvorientas calles de la ciudad como alma que lleva el viento. Hacía un par de semanas por fin había encontrado algo que de verdad le llamaba la atención. Eran tiempos de guerras encarnizadas y sangre, así que desde una edad temprana los muchachos eran obligados a sumergirse de lleno en el arte de la guerra. Sin embargo, para él aquello resultaba profundamente aburrido, a pesar de su brutal y natural desempeño con las armas impropio de su corta edad.

Tal vez su nueva fascinación radicaba en que se trataba de algo clandestino, y ese sentimiento de prohibición en los jóvenes es como un fuego inextinguible. El pueblo empezaba a cuchichear con inquietud por los callejones, pero aquello aún se mantenía como un secreto celosamente guardado.

Por fin llegó a los aledaños de lo que se había convertido en su particular santuario. No era más que una solitaria casa de adobe que sobrevivía en pie a duras penas contra el embate del desierto. Adentro, como siempre, lo recibió esa sombra. Una silueta de negrura absoluta, surcada por finas líneas internas que giraban sin cesar como remolinos imposibles de comprender; era simplemente una presencia con forma humana, pero desprovista de rostro o materia.

Sin embargo, él jamás se cuestionaba aquello. Para un cerebro humano resultaría del todo imposible concebir la verdadera apariencia del Señor; su estampa debía ser algo tan infinitamente divino que traspasaba los límites de la propia imaginación.

Las horas que pasaba sentado en el suelo escuchando sus sermones eran los momentos más hermosos de sus días. Sus palabras contrastaban radicalmente con todo lo que conocía en ese mundo asolado: allí no había espacio para el odio ni para las guerras intestinas, solo para el amor incondicional y una fe incandescente. No sabía muy bien cómo, pero se alegraba de que la salvación se le hubiera presentado de bruces; ahora todo dependía de él. Debía tener fe ciega en el Señor.

Cada día repetía la misma rutina, pero en su hogar la semilla de la intriga comenzaba a dar terribles cosechas. Sus padres estaban cada vez más alertas y preocupados. Los rumores de que se estaba incubando la práctica de una religión nueva —una que no contemplaba a los antiguos dioses de Brymorio, sino que rendía culto a una entidad llamada el Señor— hacían temer por la vida de su pequeño hijo.

Con el paso de los días, la misteriosa silueta se hizo mucho más presente en su vida. Ya no se limitaba a esperarlo en aquella casa abandonada; ahora comenzaba a vislumbrarla en todas partes. En los mercados bulliciosos, en los terrenos de cultivos resecos, en las zonas de destilación del agua. Su pecho se hinchaba entonces, lleno de un orgullo ferviente. Su fe había crecido, y eso provocaba que el Señor le otorgara una mayor sensación de salvación. Y no era solo él; de manera disimulada, la vieja casa de adobe empezaba a quedarse pequeña. Varios feligreses se adentraban en aquella doctrina prohibida.

Las charlas hablaban, en su gran mayoría, de amor al prójimo y solidaridad. Pero una idea en particular se quedó grabada a fuego en la mente del chico: la silueta hablaba a menudo de una tierra lejana, un lugar donde pronunciar el nombre del Señor no constituía un crimen. Un refugio donde el pan se compartía por igual entre todos, ajenos por completo a los conflictos del mundo. Algo así parecía imposible de creer; en un dominio regido por seres humanos corruptos, la paz absoluta sonaba a una quimera.

Tierra Santa, así la llamaba el Señor. Tal vez para los hombres corrientes fuera un sueño inalcanzable, pero para él —un alma pura, libre de ataduras mundanas— era un faro. Eso sí, la silueta se limitaba a evocarla con nostalgia, jamás incitándolos a salir en su búsqueda.




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