Poderes de vida y muerte

CAPÍTULO 35-Amigas y Maestra

Un desfiladero de lágrimas silenciosas bañaba aquel sombrío salón. Ni una sola palabra rompió el silencio; ni un solo gesto aliviara la tensión. Solo quedaba una tristeza punzante en el pecho y un peso insoportable clavado en los hombros. Radis, consumido por la rabia y la impotencia, golpeó con furia la fría pared de piedra, lastimándose los nudillos en el proceso mientras mascullaba entre dientes palabras de desprecio para maldecirse a sí mismo. Atheus había entregado su vida para salvarlo. ¿Acaso merecía semejante sacrificio? Como era imposible tapar el sol con un dedo, perdonarse a sí mismo iba a ser una tarea infinitamente más complicada que todo lo que había cambiado hasta ese día, y él lo sabía muy bien. Por eso su pesar pesaba como una losa: calzarse los zapatos de un hombre tan grande no sería una tarea fácil, y lo tenía claro desde que su hermano ya no estaba a su lado.

Caminaron un buen rato por el pasillo en busca de la siguiente prueba. Aquellas paredes insípidas y lineales hacían que el camino pareciera una carretera eterna que no moría en ningún lugar. A Artur se le atragantaban las palabras en la garganta. Cualquier comentario que intentara formular podría empeorar la situación o sonar hueco; todavía carecía de la experiencia necesaria para lidiar con momentos de un dolor tan desgarrador. ¿Cómo rayos se supone que seré un buen rey si ni siquiera soy capaz de hablarles a los míos en los momentos oscuros?

Su padre sabría perfectamente cómo encontrar las palabras exactas, oraciones capaces de devolverles el ánimo y el calor a sus amigos. ¿Por qué él no era así? Tal vez el haberse pasado la vida leyendo a solas y eludiendo el trato con los demás lo había dejado desprovisto de esa empatía natural. A su mente solo acudían frases recias y tajantes, aunque por un extraño y doloroso motivo le parecían las únicas necesarias en ese instante.

De pronto, Lyonnel cortó el paso bruscamente, atrayendo la atención inmediata de todos. Se giró lentamente hacia ellos con el rostro duro y seco; su mirada, sin embargo, no denotaba furia, sino un vacío inabarcable.

—Habéis querido jugar a los guerreros —afirmó con voz severa, cortante como el hielo—. Pues esto es exactamente lo que les pasa a los guerreros. Cuando matáis a vuestro enemigo, debéis recordar que esas personas también tienen familias que lloran su pérdida. Pero no podéis pretender que en este camino vuestros amigos nunca mueran.

Todos bajaron la cabeza al unísono, mirando fijamente al suelo, sintiendo el peso de la culpa calar hasta la médula de sus huesos.

—Por eso mismo debéis volveros fuertes —continuó Lyonnel, elevando el tono—. Solo los fuertes pueden alcanzar la paz en este mundo injusto. Son los fuertes aquellos que consiguen lo imposible.

Después de dejarse la garganta prácticamente seca, volvió a girarse en silencio y ordenó continuar la marcha con un gesto seco.

Cuánta tenacidad en esas palabras, pensó Khalit, observándolo con una mezcla de sorpresa y profundo respeto mientras miraba de reojo la nuca de Lyonnel al alejarse. Cuánta tenacidad fingida para un hombre que aprieta la mandíbula con tanta fuerza mientras sus propios ojos luchan por contener una cascada de lágrimas. Sentir cada muerte como propia y cargar con ella en silencio: eso era, al fin y al cabo, lo que significaba ser un verdadero líder.

Luego de andar un rato por aquel pasillo interminable, el horizonte comenzó a delatar la presencia de una gigantesca puerta metálica por la que se escapaba una espesa y helada neblina blanca. Solo una persona podía estar al otro lado de ese umbral, y Alice lo sabía mejor que nadie. Su rostro cambió por completo en cuestión de segundos: la mirada se le afiló como el filo de una hoja y todos sus sentidos se agudizaron al límite. Mafalda, comprendiendo la gravedad del momento, colocó una mano firme sobre su hombro y le asintió con la cabeza en un gesto cómplice.

—Detrás de esa puerta se encuentra mi maestra —comentó la chica con voz gélida—. De ella me encargo yo.

El grupo vaciló visiblemente, pero ninguno se atrevió a discutir su decisión. Lyonnel le mantuvo la mirada fija y penetrante durante unos segundos cargados de tensión.

—Entramos a este lugar sabiendo exactamente a qué nos enfrentaríamos. Eso mismo dijiste antes. No me detengas ahora.

Las palabras de la chica penetraron en los oídos del líder con la misma fuerza brutal con la que un relámpago revienta la superficie del mar. Su instinto más primitivo y paternal le suplicaba que la detuviera; eran solo niños, y una muerte más en ese infierno probablemente terminaría por romper los pedazos que le quedaban de espíritu. Pero, al mismo tiempo, entendía a la perfección que la base de la verdadera confianza residía en la igualdad. Allá afuera podían ser cualquier cosa, pero allí dentro debían comportarse como lo que eran: guerreros.

No era momento de apagar esa llama con miedos innecesarios. Guardar silencio era infinitamente mejor que pronunciar algo que pudiera socavar la determinación de la joven. Así que Lyonnel se limitó a asentir con un gesto sobrio, un respaldo silencioso que Alice le agradeció con una fugaz y tensa sonrisa.

Al cruzar el umbral, todo el mundo se tornó de un blanco cegador. La neblina era tan densa, tan compacta, que casi se podía palpar con el tacto. En el techo de la inmensa sala, a unos cinco metros de altura, una sombra negra se difuminaba lentamente entre la bruma. De su silueta esbelta sobresalían dos enormes líneas oscuras a la altura de la cintura. No eran espadas; eran agujas largas y letales.

Sin que nadie llegara siquiera a parpadear, la sombra se materializó de golpe frente a Khalit. El chico ni siquiera la vio venir, y su piedra protectora no alcanzó a reaccionar a tiempo. La velocidad había sido completamente sobrehumana, rozando la teletransportación pura. Las afiladas agujas se abalanzaron directamente a su yugular.




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