Todo ardía. Ardía más que el mismísimo infierno. Lyonnel solo mostró una mueca graciosa, como si en el fondo se lo hubiera visto venir desde el primer momento: ningún hombre que hubiese obtenido semejante fortuna la compartiría de buen grado con ajenos e intrusos que vinieran a reclamarla.
Lo que parecía ser el final de aquella anómala pirámide no era más que una reducida plataforma de piedra que sobresalía en el vacío, dando paso a una caída mortal donde esperaban toneladas de oro fundido ardiendo constantemente. En la pared de enfrente, incrustada en la roca viva, se alzaba la majestuosa tumba del antiguo faraón, con la mirada de su efigie clavada directamente en la entrada, mofándose con horrible mal gusto de aquellos que se habían jugado la vida en busca de un tesoro que, en su estado actual, valía mucho menos que las más humildes posesiones de la familia más pobre de Brymorio.
Las viejas leyendas hablaban de hombres devorados por la pirámide que nunca volvieron a ver la luz del sol. Tonterías. Aquellos que, por asombro, lograron llegar hasta este punto simplemente debieron haber tomado el camino fácil, despeñándose al abismo, antes que cargar con tan inmensa e inquina desilusión.
El fulgor dorado se reflejaba en las pupilas de Nour, que, afligidas, dejaban escapar alguna lágrima contenida. A su lado, ofreciéndole protección, Asus cortaba el camino completamente consumido por la sombra ominosa del sacerdote.
—Curioso, ¿no? —comentó Nour dirigiéndose al grupo de recién llegados—. Con todo esto, Brymorio podría haber comprado toda el agua que quisiera para sus generaciones futuras. Pero la decisión de un solo hombre puede determinar trágicamente la vida de cientos de miles de otros.
Aquellas palabras impidieron que Radis levantara la mirada de sus propios pies. Artur sintió como propia la vergüenza; ese era el verdadero precio de gobernar y, sin duda alguna, algún día sería él quien tuviera que tomar decisiones de semejante magnitud. Con un rápido gesto de ojos, Artur conectó con Lyonnel, quien intentaba levantar el ánimo del joven faraón dándole una firme palmada en la espalda.
Radis había tenido que gobernar en unas condiciones absolutamente extremas, siendo aún ridículamente joven y cargando con una pérdida dolorosa y reciente: todos los elementos perfectos para un catalizador desastroso. Artur, por su parte, había recibido la guía de su padre y ahora la enseñanza de Lyonnel y los demás; probablemente llegaría al trono infinitamente más preparado, pero eso no lo eximiría jamás de cometer errores fatales, los cuales, en su posición, no admiten ninguna excusa. Y Radis lo sabía perfectamente.
—Hace mucho tiempo lo perdí todo por culpa de la decisión irracional de un hombre —continuó Nour con voz amarga—. Un gobernante que no atendió a razones ni a palabras, y que solo atendió a su propia verdad.
—Brymorio ha sufrido demasiado —rugió con rabia contenida Radis—. Lo sé. Cada reino no es más que el triste reflejo de quien lo gobierna. Pero…
Nour se giró bruscamente hacia ellos, interrumpiendo al muchacho sin miramientos.
—Oh, claro —dijo con un tono mordaz y cargado de sarcasmo—. Siempre hay un maldito «pero». «Pero ahora he cambiado», «pero ahora todo será diferente». ¿Cuántos miles de muertos se necesitan para que por fin llegue el primer «pero»?
El silencio más absoluto consumió la enorme estancia. ¿Cómo se supone que se puede responder a la pura verdad?
—Por cierto —retomó Nour, cambiando drásticamente de tono—, ¿cómo habéis conseguido que vuestros soldados no masacraran a los civiles del reino en la toma?
—Fue una idea de Radis —irrumpió Lyonnel en la conversación, dando un paso al frente—. Ordenamos a nuestras tropas que se fijaran meticulosamente en las marcas de la piel de los hombres. Aquellos que llevaran la marca de civiles tendrían la prioridad en la escala de protección, situándose en el escalón más bajo de amenaza.
Nour soltó una carcajada burlona y helada que resonó en las paredes de la tumba.
—Ya veo… Esa marca vil que tanto dolor y sufrimiento causó a nuestra gente, ¿pretendéis hacer de ella el nuevo símbolo de la victoria? Sois patéticos; siempre manipulando vuestros propios fracasos para quedar como héroes.
Asus dio un par de pasos al frente, haciendo crujir las losas bajo sus pesadas botas. Lyonnel y Khalit adoptaron al instante sus posturas de combate, desenvainando y dejando que la energía fluyera, mientras Artur y Radis se posicionaban en la retaguardia listos para lo que viniera.
—Quien gane aquí —sentenció Nour, alzando la mano y desatando la magia oscura— será quien decida cuál es la absoluta verdad.
Khalit se abalanzó hacia él con una fuerza desmedida. La rabia pura hacía que su piedra brillara con más intensidad que nunca, desprendiendo un fulgor casi cegador. Asus, por su parte, respondió con sutiles y elegantes esquivas; el hombre parecía literalmente danzar sobre la piedra de la plataforma. Ágil, veloz y preciso. Sin siquiera tomarse la molestia de desenvainar su espada, dejaba en completo ridículo cada embestida de su sobrino.
Lyonnel intervino de inmediato, lanzando un corte horizontal cargado de pura fuerza bruta que, sumado al peso colosal de Tormenta, habría partido en dos cualquier cosa que se le atravesara en el camino.
Una sonrisa amarga asomó en el rostro de Asus. En ese instante, Lyonnel sintió el frío del miedo erizándole la nuca. Su golpe letal fue bloqueado con pasmosa facilidad, como si se tratara de la sencilla estocada de un niño aprendiz. Asus giró sobre su propio eje y se desplazó hábilmente por debajo de la hoja de su rival, lanzando una patada fulminante directa al mentón de Lyonnel. El comandante apenas logró reaccionar a semejante velocidad, recordando con amargura que, aunque luchaba contra un hombre que ya no era ningún joven, sus propios movimientos lo hacían sentirse mil años más viejo.
La patada de Asus se estrelló con un impacto seco contra un pequeño montículo de aire comprimido que Lyonnel logró formar a la desesperada frente a su rostro gracias a Tormenta. Asus vaciló por una fracción de segundo ante el inusual contraataque, y Khalit emergió de inmediato a su espalda con un rugido.