Chico de Renta

Capítulo 36

El plan era sencillo: denunciar a Jay y así terminar el contrato de una vez y por todas. Claro, eso sería sencillo en una vida ficticia; en la real era más complicado de lo que parecía.

Eros, Alma, Scoth y yo no parábamos de darle vueltas al asunto, pero no se nos ocurría nada para hacer que el idiota por fin pagara.

Era viernes y, como de costumbre, Eros se encontraba en el club. Me había prometido mantenerse al margen, pero todos sabíamos que eso era algo un poco imposible. Jay ya no le permitía tener tiempo libre y su contrato se había extendido un tiempo más. Alma se encontraba conmigo a las afueras del campus tomando algo. No era de bebidas alcohólicas, pero la necesidad de sacarme la pesadez del pecho me lo pedía.

—¿Crees que esté con alguna chica ahora mismo?

—Ya deja de pensar eso, Eros solo tiene ojos para ti. ¿O acaso no has visto cómo te mira desde el día uno? —Se podría decir que tenía a Alma hastiada de tanta cantaleta.

—¿Y si vamos al club?

—¿A qué?

—Pues a verlo y así me quito este mal sabor de boca que traigo.

—¿Qué harás? Sabes que no podemos estar yendo al club así sin más.

—No pasará nada, vamos, sí —estiré el labio inferior—. Porfis —continué juntando las manos al frente.

Alma suspiró abatida y, como pudimos, nos pusimos en pie y nos encaminamos hacia el club.

Pedimos un Uber y nos fuimos al club. Estaba igual de lleno que la primera vez que estuvimos aquí. Solo había algunos bailarines bailando por aquí y por allá, pero nadie conocido o, mejor dicho, nadie era Eros.

Suspiré aliviada, pero, al mismo tiempo, seguía con esa pesadez en el estómago. Ya debía confiar en él y lo hacía, pero su trabajo no era precisamente el mejor para hacerlo. A Jay no le importaría si tenía novia o no; simplemente tenía que llenar sus bolsillos y Eros, le gustara o no, tendría que obedecer.

—Alma.

—Mmm. —Mi amiga estaba sobre una de las banquetas tomando un mojito.

—No quiero ser pesada, pero tengo un mal presentimiento.

Alma entornó los ojos, hastiada.

—Déjalo estar, Kris. Hoy estás muy intensa, no conocía esa parte de ti.

Me mordí el interior de la mejilla. Sentía como que algo estaba por pasar.

También me pedí un mojito, pero ni con el trago lograba bajar la bola que sentía atorada en la boca del estómago.

La noche continuó y casi a la medianoche fue que los chicos salieron. Eros no esperaba verme ahí, pero, cuando me encontró con la vista, me sonrió. No se sorprendió ni se enfadó y, aunque aún sentía el estómago raro, la sensación mermó un poco con su gesto.

Disfrutamos del show y ¡uff!, qué show. Entiendo muy bien a Jay y por qué tiene a mi chico como su estrella.

Algunas chicas intentaban llegar a ellos y tocarlos, pero en más de una ocasión Eros intentó esquivar algunas manos curiosas. Sin embargo, era imposible y, además, era parte de su trabajo, pero no dejaba de ser incómodo.

—Te dije que no era buena idea venir.

—Te habías tardado, Pepe Grillo.

A Alma le brillaron los ojos con diversión por lo que le dije, pero no me respondió.

—Voy al baño, ahora regreso. —Tomé de un sorbo lo que quedaba de mi vaso.

—Espera —me tomó de la mano—. Iré contigo, no vaya a ser que suceda lo mismo de la otra vez.

Puse los ojos en blanco.

—Como quieras, pero ni saldré corriendo, ni te dejaré tirada.

—Como sea, prefiero no arriesgarme.

Nos fuimos al baño. El camino estaba despejado, puesto que todas las chicas y chicos estaban en la pista junto al show. La música resonaba alto y el ambiente turbio de las máquinas de humo hacía ver todo el lugar como una neblina colorida por las luces reflejadas.

Dos chicas esperaban fuera de la puerta del baño. Nos recostamos a la pared esperando nuestro turno cuando mi teléfono comenzó a sonar incesantemente.

Mi madre.

Colgué una vez.
Dos veces.

Decidí cogerlo.

Me encaminé hacia afuera para poder escuchar bien.

—¿Qué pasa, ma...? —Mis palabras murieron al escuchar otra voz al otro lado del teléfono, ahogada en llanto.

—Prima, necesito que vengas a casa —sollozó—. Tío está muy mal, lo llevaron al hospital. Tu mamá no puede ni hablar. Por favor, ven ya.

No salieron palabras de mi boca. Estaba en shock, no podía creer lo que acababa de escuchar. De pronto, la bola en mi estómago se intensificó, convirtiéndose en una masa gigante de inseguridad y miedo.

Salí corriendo de ahí. No tenía idea de cómo llegar a casa, eran pasadas las doce de la noche y no había ni un alma por ahí.

Comencé a llamar a mi madre, con las manos sudorosas y temblorosas. Apenas veía la pantalla por las lágrimas acumuladas en los ojos.

Nada, no respondía ni un mensaje ni un nada.

Alma, debería llamarla.

La llamé y le conté llorando lo que me pasaba. No paré en ningún momento. No sabía a dónde ir, pero tenía la sensación de que, si caminaba, podía llegar más rápido a donde fuera, en este caso, a la estación de bus.

Las luces de un auto me iluminaron por detrás y se detuvo delante de mí.

Caleb salió de inmediato.

Lo que me faltaba.

—¿Necesitas que te lleve?

Negué y colgué. Pasé de largo por su lado.

—Kris, deja el orgullo y deja que te ayude, al menos como amigo.

Los ojos se me volvieron a llenar de lágrimas. Él me abrazó y me condujo hasta su auto. Sin pensarlo, puso el coche en marcha.

Lo miré de reojo, deseando que hubiera sido Eros.

La angustia iba creciendo conforme pasaba el tiempo. Necesitaba al chico de ojos negros a mi lado, necesitaba que me abrazara, que me dijera que todo iba a estar bien, pero le pedí a Alma que no le contara. No quería darle más preocupaciones de las que ya cargaba.

Me abracé a mí misma y solo hice lo que podía hacer en esos momentos.

Rezar porque mi padre estuviera bien.




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