Culpable

Capítulo 1: La boda

POV Rachel · Domingo 15 de noviembre de 2020

A las 12:07 del día de mi boda descubro que se puede tener náuseas de felicidad.

Eso me digo, al menos, mientras me aprieto el estómago con una mano y con la otra sostengo la falda del vestido para no pisarla en los escalones de la iglesia. Desde que desperté hay algo distinto en el aire, y no sabría decir si es bueno o malo. Un zumbido bajo la piel, como cuando uno está por recibir una noticia y todavía no sabe cuál.

—Respira, muñeca —dice Peter, que me sostiene el codo como si yo fuera de cristal—. Por la nariz. Así. Ahora suelta el aire y piensa en algo feo, para que lo bonito no te maree.

—No se me ocurre nada feo.

—Pues piensa en mi primer jefe.

Me río, y el mareo retrocede un poco. Peter lleva un traje que le costó tres quincenas y que se ve de un millón de dólares; se pasó la mañana repitiendo que, si íbamos a entrar a la alta sociedad, entraríamos con estilo, aunque lo estuviéramos pagando a plazos. Tiene el pelo perfecto y las manos más nerviosas que las mías.

—¿Y el ramo? —pregunta, de pronto, mirándome las manos vacías.

—Ay, no.

—Reich.

—Lo dejé en el coche. Otra vez.

—Es la segunda vez que lo dejas en el coche. —Peter cierra los ojos y mueve los labios como si contara hasta diez—. Tu cerebro es un colador, Reich. Te quiero así, pero mañana no me pidas que te escriba las cosas en la frente.

—Ya me las escribí yo.

Le enseño el dorso de la mano derecha. Con la izquierda, que es la que manda en mi cuerpo, me garabateé esta mañana en tinta azul: RAMO. VOTOS. RESPIRAR. El ramo ya está tachado con una rayita temblorosa, aunque no lo traigo.

—Tu escritorio parece un árbol de Navidad amarillo de tantos post-its, y ahora tu mano. —Peter me besa la frente con cuidado, para no arruinarme el maquillaje—. Quién te viera, la mujer más lista de la facultad. Voy por el ramo. No te muevas. No te desmayes. No te cases sin mí.

Sale corriendo escalones abajo con sus zapatos nuevos, que resbalan, y yo me quedo sola un momento frente a las enormes puertas de madera.

Todavía no me creo que sean las mías.

La iglesia está llena. Desde aquí, por la rendija de la puerta, veo las espaldas de trescientas personas que no conozco: abrigos de cachemira, sombreros que cuestan más que el remolque donde crecí, perfumes que llegan hasta el atrio. Es la sociedad de Nueva York que sale en las revistas, esa a la que no pertenezco. Con Erick, me dije cuando lo conocí, tal vez algún día sí.

Yo, la niña que se bañaba con una manguera de agua helada en un tráiler de Texas. La hija de una madre sola que cambiaba de novio como de trabajo y salía perdiendo con los dos. Mi mamá murió hace cuatro años, cuando yo todavía era menor; salió de la cama del hospital y fue directo a una urna, y yo salí de Texas esa misma semana en un autobús con destino a Nueva York, para que Servicios Sociales no me encontrara y me repartiera como paquete entre desconocidos.

Nunca se lo confío a nadie, salvo a Peter y a Erick. Y a Mara, antes.

Cuatro años. Ojalá pudiera verme ahora, con este vestido que Erick insistió en pagar y que yo insistí en que fuera sencillo, de encaje, de manga larga, sin nada que gritara que me quedaba grande. Creo que mi madre hubiera llorado en la primera fila y habría dicho algo imprudente en voz alta. Creo que me habría dado su bendición. Siempre sentí que fue ella quien me puso a Erick en el camino, desde donde sea que esté, como un regalo tardío por todo lo que me debió la vida.

Me duele, de todos modos, que el banco de mi lado esté casi vacío.

El del lado de Erick está lleno. Pero el primero, el de la familia, tiene tres lugares con cinta blanca y ningún ocupante.

Peter regresa con el ramo bajo el brazo, sin aliento.

—Aquí está —jadea—. Ya lo tengo. Todo en orden. Mira, por cierto —me muestra el programa de la ceremonia, impreso en papel marfil con letras doradas—, la organizadora ya te nombró Rachel Harris-Donovan. No se quiso arriesgar a que cambiaras de opinión.

—Yo nunca dije que fuera a usar el guión.

—Pues ya lo usó ella por ti, ve acostúmbrandote. Harris-Donovan. Suena a bufete de abogados. —Peter dobla el programa y me lo mete, sin que lo note, en el escote del vestido—. Para el recuerdo.

—Peter, no lo vayas a arrugar.

—Lo arrugo y lo planto en tu ramo, muñeca, como corresponde.

Me río otra vez. Estoy muy segura de que esto es lo correcto. Lo que me da miedo es todo lo que sé que puede salir mal mientras no lo es.

Hay tres ausencias que no puedo dejar de contar.

La primera es Mara. Diez días.

Mara fue mi primera amiga en Nueva York y mi mejor compañera de casa, hasta que a mediados de octubre abrió su computadora y descubrió que la carpeta con su tesis, todo un año de trabajo, había desaparecido. Los respaldos también. Sin los archivos de graduación no hay título. Sin título, su beca se cae. Y alguien tuvo que borrarlos desde algún sitio, porque Mara jura que ella no fue.

—Fuiste tú —me dijo, entre lágrimas de rabia, y no hubo manera de convencerla de lo contrario—. Siempre quisiste todo, Rachel. Todo lo que yo tengo, lo querías. Lo que no pudiste tener lo destruyes con esa carita de niña buena.

Yo, que no sé ni cambiar la contraseña del wifi, ¿cómo iba a borrar la tesis de nadie?

El jueves pasado la cité en un bar neutral, lejos de la casa, de la universidad, de todo. Pensé que si me veía la cara, si tomaba una soda y yo le explicaba, ella entendería. Se sentó diez minutos, no tocó la soda y se fue con los ojos rojos y sin decir una palabra más. Esa noche no volvió a la casa. Ni la siguiente. Su cama está hecha, su cepillo de dientes sigue en el vaso, su teléfono va directo al buzón. Le dejé once mensajes. El último decía: «Te quiero aunque me odies. Vuelve a casa».

No contestó. Pero Mara es así, me repito: cuando está furiosa desaparece, y vuelve cuando se le pasa. Siempre volvió. Hoy iba a ser mi madrina.




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