El Eco De Tus Pasos

Capítulo 24 — Los que siempre vuelven

Capítulo 24 — Los que siempre vuelven

Hay mañanas que no cambian el mundo. Simplemente cambian la forma en que una persona vuelve a mirarlo.

Allison comprendió que aquella era una de ellas mucho antes de abrir los ojos. El aroma del café recién hecho llegó hasta el dormitorio, mezclándose con el aire fresco que entraba por los ventanales entreabiertos.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, todavía refugiada entre las sábanas, disfrutando de ese instante indefinible en el que el sueño aún no ha terminado de marcharse y la realidad empieza a abrirse paso con una suavidad casi imperceptible.

La claridad del sol se extendía lentamente sobre el suelo de madera, dibujando largas franjas doradas que atravesaban la habitación hasta alcanzar los pies de la cama. Más allá del cristal, Manhattan comenzaba a despertar con la elegancia de quien lleva toda una vida acostumbrada al movimiento.

El rumor lejano del tráfico, alguna sirena perdida y el vuelo de las primeras palomas sobre los edificios componían una melodía que meses atrás le habría parecido insoportable.

Aquella mañana, sin embargo, todo sonaba diferente. Todo parecía formar parte del mismo lugar… De su lugar.

Giró lentamente la cabeza y descubrió que la otra mitad de la cama estaba vacía. La almohada conservaba todavía la ligera huella de Rinaldi y el calor de su cuerpo permanecía atrapado entre las sábanas. Sonrió sin darse cuenta.

Resultaba extraño descubrir que la ausencia de apenas unos minutos pudiera despertar una sensación tan parecida a la nostalgia.

Se incorporó despacio y permaneció sentada unos instantes, abrazándose las rodillas mientras contemplaba la habitación. Todavía seguía sorprendiéndose al verla llena de pequeños detalles que hablaban de los dos.

Su libro descansaba sobre la mesilla, abierto en la página que había dejado la noche anterior. La chaqueta de Rinaldi seguía colgada en el respaldo de una silla y, sobre la cómoda, una fotografía de las dos tomadas la tarde anterior permanecía apoyada junto a un jarrón de cristal que Allison ni siquiera recordaba haber colocado allí.

Se le escapó una pequeña sonrisa. Aquella casa empezaba a parecerse menos a un suplex impecablemente diseñado por un arquitecto de prestigio y mucho más a un hogar… Su hogar.

Se levantó lentamente y, al pasar junto a la silla, tomó del respaldo una camisa blanca de Rinaldi. La acercó un instante al rostro y cerró los ojos al reconocer su perfume.

Las mangas le cubrían parte de las manos y el bajo descendía mucho más de lo que habría permitido cualquier camisa pensada para ella. Se miró en el espejo y permaneció allí unos segundos, observándose en silencio.

No vio a la mujer que años atrás había abandonado Nueva York convencida de que jamás volvería. Aquella mujer caminaba siempre con miedo. La que tenía delante parecía otra persona.

Más serena, más fuerte y más libre, dejó de preguntarse cuánto podía durar aquella felicidad y simplemente decidió vivirla.

Bajó la escalera descalza. Conforme descendía, el aroma del café se hacía más intenso, mezclándose con el del pan recién tostado y la mantequilla caliente. Y había algo más, un detalle que consiguió arrancarle una sonrisa antes incluso de llegar a la cocina.

Se detuvo en el último escalón; desde allí podía verlo perfectamente.

Rinaldi permanecía de espaldas frente a la encimera, completamente concentrado en una tarea que, a juzgar por la expresión de su rostro, parecía resultarle infinitamente más complicada que cualquiera de las negociaciones empresariales que resolvía cada semana.

Con unas pinzas en una mano y una espátula en la otra intentaba rescatar dos tostadas que amenazaban con convertirse en carbón.

—Vamos... un poco más... No podéis vencerme vosotras también. —Murmuró para sí, frunciendo el ceño mientras intentaba atraparlas.

Las tostadas saltaron y las atrapó durante exactamente un segundo, después, el calor atravesó las pinzas.

—¡Maledizione! —Las dejó caer inmediatamente sobre el plato.

Allison no consiguió contener la risa.

Fue una risa limpia, espontánea, de esas que aparecen antes de que uno tenga tiempo de decidir si debe reír.

Rinaldi giró sobre sí mismo.

Al verla apoyada en el marco de la puerta, con aquella camisa blanca demasiado grande y el cabello todavía desordenado por el sueño, toda la frustración desapareció de su rostro. La observó durante unos segundos sin decir una sola palabra, como si necesitara convencerse de que seguía allí.

—Buenos días. —Una sonrisa empezó a dibujarse lentamente en su rostro.

—¿De verdad son buenos? —Allison señaló con la mirada hacia la encimera, todavía divertida.

Él levantó una ceja.

—¿Por qué lo preguntas? —Rinaldi miró hacia el plato y después volvió a encontrar sus ojos.

Allison señaló con un gesto las tostadas.

—Creo que esas tostadas tienen una opinión diferente. —Se cruzó de brazos, intentando contener otra sonrisa.

Rinaldi siguió la dirección de su mirada y después volvió a mirarla.

—No estaban tan mal hace un minuto. —Se encogió ligeramente de hombros, como si todavía pudiera defender su trabajo.

—¿Y qué les ha pasado? —preguntó Allison, acercándose un poco más a la encimera.

—Creo que han decidido inmolarse. —Rinaldi se encogió de hombros, resignado.

Ella volvió a reír.

Aquella risa consiguió llenar la cocina mucho más que la música suave que sonaba desde el altavoz del salón. Rinaldi dejó las pinzas sobre la encimera y caminó despacio hacia ella.

Nunca había disfrutado tanto de no tener ninguna prisa. Se detuvo frente a Allison, muy cerca, lo suficiente para descubrir que todavía conservaba una pequeña marca de la almohada junto a la mejilla.

Levantó una mano y la acarició con el dorso de los dedos.

—¿Qué? —preguntó ella, sonriendo ligeramente.

Él negó lentamente.




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