El Eco De Tus Pasos

Capítulo 27 — Aprender a vivir

Capítulo 27 — Aprender a vivir

El martes amaneció envuelto en una luz limpia y serena, de esas que parecían transformar incluso el acero y el cristal de Manhattan en algo cálido. Desde los ventanales del ático, la ciudad comenzaba a despertar con su energía habitual, ajena a las pequeñas revoluciones que, en silencio, también cambiaban el destino de las personas.

Allison permanecía junto a la cocina, terminando de preparar dos tazas de café. Todavía le costaba creer que aquel gesto formara parte de su rutina.

Durante años había desayunado sola. En hoteles, en apartamentos alquilados, en aeropuertos donde el café sabía exactamente igual que la tristeza: demasiado caliente al principio y completamente frío cuando uno encontraba el valor para terminarlo.

Aquella mañana era diferente: había una segunda taza y alguien a quien esperar. Escuchó unos pasos acercándose por el pasillo.

No necesitó girarse; había aprendido a reconocer el sonido tranquilo con el que Rinaldi caminaba descalzo por la casa.

—Buenos días. —La voz de Rinaldi llegó acompañada de un beso distraído en su cabello mientras se acercaba a la encimera.

Ella sonrió antes incluso de verlo aparecer.

—Empiezo a sospechar que siempre te despiertas cinco minutos después de mí. —Allison le tendió una de las tazas con una sonrisa divertida.

Rinaldi tomó el café y dio el primer sorbo e hizo una mueca pensativa.

—Le falta algo. —Dejó la taza sobre la encimera y la miró con absoluta seriedad.

Ella frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué? —preguntó, observándolo con curiosidad.

Rinaldi sostuvo la mirada durante unos segundos antes de que una sonrisa comenzara a dibujarse en sus labios.

—Tu compañía.

Allison abrió ligeramente los ojos antes de soltar una pequeña risa.

—Eso ha sido demasiado fácil. —Negó con la cabeza mientras tomaba su propia taza.

—Lo sé. —Rinaldi sonrió, acercándose un poco más a ella—. Pero funciona.

Allison lo observó durante unos segundos, todavía sonriendo.

—¿De verdad?

Él asintió despacio.

—De verdad. —Rinaldi llevó una mano hasta su mejilla y acarició suavemente su piel—. Hace ocho años habría dado cualquier cosa por tener una mañana así.

Aquella frase consiguió que la sonrisa de Allison se suavizara, bajó la mirada hacia su taza.

—Yo tampoco sigo siendo la misma. —Sus dedos rodearon lentamente la porcelana caliente.

Rinaldi levantó la vista hacia ella.

—Lo sé. —La sonrisa desapareció poco a poco de su rostro, sustituida por una expresión mucho más serena.

Allison volvió a mirarlo.

—¿De verdad? —preguntó, buscando en sus ojos alguna señal de duda.

Él asintió despacio.

—De verdad. —Rinaldi entrelazó sus dedos con los de ella sobre la encimera—. La mujer que tengo delante sigue teniendo esa mirada que me volvió loco hace ocho años, sigue siendo igual de orgullosa y todavía intenta convencerme de que siempre tiene razón.

Allison soltó una risa.

—Porque casi siempre la tengo. —Levantó ligeramente una ceja, fingiendo una seguridad que hizo sonreír a Rinaldi.

—Eso es exactamente lo que decía. —Él acercó su rostro al suyo y dejó un beso suave sobre sus labios.

Ella permaneció cerca de él unos instantes.

—Entonces, ¿qué ha cambiado? —preguntó finalmente, apoyando una mano sobre su pecho.

Rinaldi sostuvo su mirada.

—Ahora ya no estás intentando demostrarle nada a nadie. —Sus dedos acariciaron lentamente los de ella—. Y creo que tampoco necesitas demostrarte nada a ti misma.

Allison permaneció inmóvil. Aquellas palabras encontraron un lugar dentro de ella que todavía no sabía nombrar.

Porque quizá ese había sido siempre su problema.

Había pasado demasiados años intentando demostrar que merecía todo lo mejor, que podía tener una vida distinta, que no estaba destinada a quedarse en aquel lugar del que tanto había querido escapar.

Y ahora, por primera vez, empezaba a comprender que vivir no consistía en conseguir todo aquello que una vez había creído necesitar.

Quizá consistía simplemente en poder mirar alrededor y descubrir que ya no necesitaba seguir huyendo.

Rinaldi apretó suavemente su mano.

—¿En qué estás pensando? —preguntó con una sonrisa tranquila, como si hubiera aprendido a reconocer incluso aquellas veces en las que ella se alejaba hacia sus propios pensamientos.

Allison levantó los ojos hacia él.

—En que todavía estoy aprendiendo. —Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

—¿A qué? —Rinaldi inclinó ligeramente la cabeza, esperando su respuesta.

Ella dejó escapar el aire lentamente.

—A vivir. —Sus dedos se cerraron un poco más alrededor de los de él—. Sin tener que luchar por cada cosa que quiero.

Rinaldi permaneció mirándola unos segundos; después llevó su mano hasta sus labios y dejó un beso sobre sus nudillos.

—Entonces aprenderemos juntos. —La serenidad de su voz terminó de desarmarla.

Allison sonrió.

—¿Aunque sea mala alumna?

—Especialmente por eso. —Rinaldi dejó escapar una pequeña risa antes de volver a besarla.

Ella negó con la cabeza, divertida.

—Eres imposible.

—Y tú sigues aquí. —Rinaldi arqueó ligeramente una ceja, rodeando su cintura con un brazo.

Allison lo miró durante unos segundos antes de sonreír.

—Sí. —Se acercó un poco más a él—. Sigo aquí.

Y aquella vez ninguno de los dos necesitó decir nada más.

—Lo vi el primer día que volviste a Nueva York. —Rinaldi sostuvo su mirada, dejando que sus palabras llegaran hasta ella antes de continuar—. No eras la Allison que recordaba.

Hizo una breve pausa.

—Y, durante unos días, tuve miedo de no saber cómo acercarme a ti.

Allison sintió que aquellas palabras derribaban un muro que ni siquiera sabía que seguía en pie.

—¿Tú también tuviste miedo? —preguntó, mirándolo con una mezcla de sorpresa y ternura.




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