El Eco De Tus Pasos

Capítulo 25 — El valor de quedarse

Capítulo 25 — El valor de quedarse

Cuarenta minutos más tarde, el Mercedes abandonó el aparcamiento privado del edificio y se incorporó al tráfico dominical de Manhattan.

La ciudad desfilaba lentamente a ambos lados del vehículo. Las pequeñas cafeterías comenzaban a llenarse de clientes y las terrazas se iban ocupando con conversaciones tranquilas, mientras algunas familias aprovechaban la mañana para pasear por Central Park y los primeros ciclistas recorrían unas avenidas todavía poco concurridas.

Allison observaba todo aquello desde la ventanilla; no veía únicamente edificios, sino recuerdos.

La librería donde había comprado su primera novela en un idioma diferente, la esquina donde Rachel y ella habían pasado una tarde entera hablando de sueños imposibles, la pequeña floristería donde una anciana seguía colocando cada mañana las macetas exactamente igual que ocho años atrás.

Todo parecía haber cambiado y, al mismo tiempo, había algo profundamente familiar en aquella ciudad. Como si Nueva York hubiera seguido adelante sin ella, pero hubiese conservado pequeños rincones capaces de devolverle una parte de quien había sido.

—¿Sabes una cosa? —preguntó Rinaldi sin apartar la vista de la carretera.

Allison volvió lentamente el rostro hacia él.

—Dime.

—Creo que Nueva York te estaba esperando. —Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

Ella soltó una risa suave.

—No exageres. —Volvió la mirada hacia la ventanilla, aunque la sonrisa permaneció en su rostro.

—No lo hago. —Rinaldi giró un instante la cabeza para mirarla antes de volver los ojos a la carretera—. La ciudad sigue siendo la misma.

Allison permaneció unos segundos contemplando las calles.

—La única diferencia es que ahora tú vuelves a mirarla sin miedo. —La voz de Rinaldi se suavizó al decirlo.

Ella apoyó la cabeza contra el respaldo y dejó que aquellas palabras se quedaran con ella mientras observaba cómo los edificios iban quedando atrás.

Quizá tuviera razón. Quizá las ciudades no cambian tanto como las personas que las habitaban. Y quizá ella tampoco fuera ya aquella mujer que había abandonado Nueva York convencida de que solo podría encontrar una vida mejor si dejaba atrás todo lo que le recordaba quién era.

Delante de ellos apareció finalmente el desvío que conducía al aeropuerto John F. Kennedy. Rinaldi redujo ligeramente la velocidad mientras tomaba la salida y Allison miró el reloj por segunda vez en pocos minutos.

Todavía faltaba un rato para la llegada prevista del avión y, sin embargo, sintió que el corazón acababa de adelantarse.

No sabía exactamente qué esperaba sentir cuando volviera a ver a Rachel. Había imaginado aquel momento demasiadas veces durante los últimos años; algunas veces había pensado que Rachel correría hacia ella, otras que la miraría con desprecio y, en más de una ocasión, había llegado a imaginar que ni siquiera querría acercarse.

Ahora que aquel momento estaba realmente cerca, ninguna de aquellas imágenes parecía servirle de nada.

Sentía las manos frías y el corazón acelerado, mientras una extraña mezcla de alegría, miedo y nerviosismo le recorría el cuerpo. Porque estaba contenta de que Rachel estuviera volviendo y, al mismo tiempo, una parte de ella seguía atrapada en aquella noche de la isla de Amalfi, en el instante en que toda la verdad había quedado expuesta y ya no había manera de esconderse detrás de las explicaciones que durante tantos años había utilizado para justificar sus decisiones.

Recordaba a Dante, su rabia y la forma en que la había mirado cuando finalmente comprendió hasta dónde había llegado Allison. Si hubiera podido alcanzarla aquella noche, probablemente la habría llevado directamente ante la justicia por todo lo que había hecho pasar a Rachel y a él.

Y Allison había escapado, había huido de Dante, de Rachel, de la isla de Amalfi y de todo aquello que ya no podía controlar.

Cinco años después, volvería a encontrarse con la misma mujer a la que había hecho daño, solo que esta vez no pensaba escapar.

—Estás apretándome demasiado la mano. —Rinaldi sonrió mientras levantaba ligeramente sus dedos entrelazados.

Allison aflojó la presión de inmediato.

—Lo siento. —Intentó devolverle la sonrisa, aunque el nerviosismo seguía dibujándose en sus ojos—. No sé qué me pasa.

—Sí, lo sabes. —Rinaldi acarició suavemente sus nudillos con el pulgar. —Vas a volver a verla.

Allison tragó saliva.

—Estoy feliz. —La confesión salió tan deprisa que incluso ella pareció sorprenderse de haberla pronunciado.

—Lo sé. —Rinaldi mantuvo la mirada en ella durante unos segundos.

—Y estoy aterrada. —Una pequeña risa nerviosa escapó de sus labios. —Ni siquiera sé si tengo derecho a estar feliz.

Rinaldi negó despacio.

—Tienes derecho a sentir todo lo que estés sintiendo. —Apretó ligeramente su mano antes de añadir—. Lo demás vendrá después.

Allison volvió la mirada hacia la carretera y permaneció unos segundos intentando ordenar todo aquello que se agolpaba dentro de ella.

—Desde aquella noche he pensado muchas veces en cómo sería volver a verla. —Sus dedos buscaron de nuevo los de él, esta vez con más suavidad—. Pero nunca imaginé que estaría así.

—¿Así cómo? —preguntó Rinaldi, mirándola brevemente.

Ella dejó escapar el aire lentamente.

—Como si tuviera quince emociones distintas peleándose dentro de mí.

Rinaldi soltó una pequeña risa.

—Eso parece bastante exacto. —Volvió la atención a la carretera, aunque su sonrisa permaneció unos instantes.

Allison sonrió también y durante unos segundos consiguió olvidarse del miedo, hasta que apareció el primer cartel que anunciaba las terminales del aeropuerto.

Entonces el corazón volvió a acelerarse; Rachel estaba cerca, mucho más cerca de lo que había estado en cinco años.

El Mercedes continuó avanzando hacia la terminal de llegadas. Allison volvió a mirar por la ventanilla, aunque esta vez ya no buscó recuerdos en las calles; intentó simplemente respirar mientras los pensamientos regresaban inevitablemente a aquella noche.




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