El eco de los pasillos
ELENA
La mansión Vane, que una vez fue el símbolo de mi seguridad y estatus, ahora se alza entre la niebla como un mausoleo. Las cintas amarillas de la policía cruzan la entrada principal, agitándose con el viento. Julian está bajo vigilancia, Mateo es un fantasma, y yo... yo soy la única que puede entrar aquí sin levantar sospechas inmediatas de traición.
Uso mi llave de repuesto en la puerta del servicio. El clic del cierre resuena en el silencio absoluto de la casa. El olor a cera de muebles y a la colonia de Alberto todavía flota en el aire, una presencia invisible que parece vigilarme desde los retratos familiares.
Bajo las escaleras hacia el sótano. Cada escalón de madera cruje bajo mis pies, recordándome que estoy sola en una casa que guarda secretos que mataron a mi suegro. Llego a la zona de la caldera; el calor remanente y el zumbido del metal me ponen los pelos de punta.
Busco detrás de la estructura de hierro, tal como dijo la voz. Mis dedos encuentran una palanca oculta tras una tubería de cobre. Al tirar, un panel de ladrillos falsos cede con un gemido seco.
Allí está. El maletín rojo.
Lo saco y lo abro sobre una mesa de trabajo vieja. No hay dinero. Hay una serie de pasaportes con la foto de Alberto, pero con diferentes nombres, y un fajo de cartas escritas a mano. Leo la primera línea de la carta superior y el aire se me escapa de los pulmones:
"Querida Elena, si estás leyendo esto, es porque Julian no fue lo suficientemente fuerte y Mateo fue demasiado curioso..."
La voz de mi suegro parece salir de las sombras. El maletín no es un botín; es una trampa diseñada para que, si él caía, yo fuera la siguiente pieza del tablero.