El pacto de sangre
MATEO
— ¡Cuerpo a tierra! —grito mientras una ráfaga de disparos destroza lo que queda de las ventanas superiores.
Julian empuja a Elena tras una columna de hormigón. Mi padre, a pesar de su bastón, se mueve con una agilidad sorprendente, sacando una pistola de su abrigo y devolviendo el fuego hacia la entrada.
— ¡Si queremos salir de aquí, tenemos que pelear juntos! —grita Víctor sobre el estruendo—. ¡Mateo, flanquéalos por el sótano! ¡Julian, cubre la entrada principal!
Julian y yo nos miramos. El hombre que nos traicionó está dándonos órdenes de combate como si nunca se hubiera ido. Es una ironía sangrienta: el arquitecto de nuestra desgracia es ahora nuestro único aliado para sobrevivir a la noche.
— No lo hago por ti —le dice Julian a nuestro padre, apuntando hacia los todoterrenos—. Lo hago por Elena.
— Lo sé, hijo —responde Víctor, y por un segundo, hay una chispa de orgullo real en sus ojos—. Es lo que un Russo hace.
Nos separamos. El Muelle 0 está a punto de arder por segunda vez en quince años. Pero esta vez, no vamos a huir.