La última bala de Víctor
MATEO
El ruido de los disparos es ensordecedor. El Muelle 0 se ha convertido en una caja de resonancia donde el eco de la traición y la pólvora se confunden. Julian está disparando con una precisión fría desde detrás de un muro, pero los hombres del Consorcio avanzan con blindaje pesado. No son matones; son un ejército privado.
— ¡No vamos a aguantar mucho más! —grita Julian, cambiando su último cargador—. ¡Mateo, saca a Elena por el túnel de servicio!
Me giro para agarrar a Elena, pero siento una mano firme y callosa en mi hombro. Es mi padre. Su mirada ha cambiado; ya no es el arquitecto calculador del Consorcio. Es el hombre que me enseñó a no llorar cuando me quemé la mano en la forja hace veinte años.
— Llévatela, Mateo —dice Víctor. Su voz es extrañamente tranquila bajo la lluvia de balas—. Llévate el maletín y a tu hermana. Y llévate al fiscal. Él todavía tiene una ciudad que salvar.
— ¿De qué hablas? No te vamos a dejar aquí —respondo, aunque una parte de mí sabe que no hay otra salida.
— He pasado quince años huyendo de este momento —Víctor saca un detonador pequeño de su bolsillo interior y me lo muestra con una sonrisa amarga—. ¿De verdad creías que viviría en esta ruina sin prepararla para el final? Hay suficiente explosivo plástico en los cimientos para que este muelle se convierta en parte del océano.
ELENA
— ¡Papá, no! —mi grito se pierde entre las explosiones.
Mi padre se acerca a mí. Me pone la mano en la mejilla, y por primera vez en toda mi vida, siento que me ve de verdad, no como una pieza de su tablero, sino como su hija.
— Elena... dile a los niños que su abuelo era un hombre complicado, pero que al final, decidió dejar de ser un cobarde. —Se gira hacia Julian—. Vane, cuida de ellos. Si dejas que el apellido se ensucie otra vez, vendré a buscarte desde el infierno.
Julian asiente, con el rostro desencajado por una mezcla de respeto y horror.
MATEO
— ¡MUEVÉOS! —ruge Víctor, dándome un empujón hacia la trampilla del sótano.
Arrastro a Elena conmigo mientras Julian nos cubre. Bajamos por la escalera de metal justo cuando los hombres del Consorcio derriban la puerta principal. Escucho a mi padre reírse. Es una risa ronca, triunfal.
— ¡EH, VOSOTROS! —grita Víctor a los mercenarios—. ¡BIENVENIDOS A CASA DE LOS RUSSO!
Estamos a cincuenta metros de distancia, corriendo por el túnel de drenaje hacia la libertad, cuando el suelo bajo nuestros pies vibra como un terremoto. Una explosión masiva sacude las paredes. El aire caliente nos empuja por la espalda, lanzándonos al barro.
Me levanto y miro hacia atrás. El Muelle 0 ya no existe. Solo hay una columna de fuego y escombros cayendo al mar. El pasado de los Russo ha sido borrado de la única forma posible: con fuego purificador.