Elegancia y Veneno
ELENA
El vestido de seda negra que Lucía me consiguió se siente como una armadura. No es solo ropa; es el disfraz de una mujer que el mundo cree muerta. Mientras me ajusto los pendientes de diamantes —el último regalo que me hizo mi suegro—, me miro en el espejo del camerino improvisado. Mis ojos ya no reflejan miedo. Reflejan el frío del acero.
— Estás radiante, El —dice Mateo, apareciendo detrás de mí.
Él lleva un esmoquin a medida que oculta perfectamente el vendaje en su costado y la navaja en su tobillo. Julian entra después, ajustándose la corbata con la rigidez de un hombre que va a su propia ejecución, pero con la cabeza alta.
— El Consorcio celebra su "Gala de la Unidad" en el ático del Hotel Imperial —dice Julian, revisando el auricular oculto—. La seguridad es biométrica, pero el maletín de tu padre contenía las claves maestras. Entraremos como los "Herederos de la Fundación Vane". Nadie se atreverá a cuestionar nuestra presencia... hasta que sea tarde.
MATEO
Entrar en el salón de baile es como entrar en una pecera llena de pirañas vestidas de seda. El olor a perfume caro y champán me marea. Julian y Elena caminan por la alfombra roja con una seguridad asombrosa, saludando con la cabeza a jueces y empresarios que, hace apenas unas horas, habrían brindado por nuestra muerte.
Me separo de ellos, moviéndome por los bordes de la sala. Localizo a Lucía. Lleva un uniforme de camarera y una bandeja de copas, pero su mirada recorre la sala con la precisión de un francotirador. Al pasar a mi lado, deja caer una pequeña tarjeta magnética en mi bolsillo.
— El servidor central está tras la cocina —susurra sin dejar de caminar—. Tienes cinco minutos antes de que cambien el turno de guardia.
Me deslizo hacia la zona de servicio. Dos guardias bloquean la puerta. No uso mi arma; uso el sigilo. Un golpe seco en el cuello de uno y una llave de sumisión al otro. Los arrastro tras unas cajas de vino y entro en el cuarto de servidores. Conecto la tablet de Julian.
— Estamos dentro —susurro por el comunicador—. Julian, tienes el control de las pantallas. Haz que valga la pena.