El juicio final
JULIAN
Me detengo en medio del salón. El presidente del Consorcio, un hombre llamado Sterling (el hermano mayor del Sterling que yo metí en la cárcel), sube al podio para dar su discurso sobre el futuro de la ciudad.
— Es hora, Elena —le digo en voz baja.
Ella camina hacia el centro de la pista, atrayendo todas las miradas. El silencio cae sobre la sala. Elena levanta su copa de champán.
— Un brindis —dice su voz, amplificada por la acústica del salón—. Por Alberto Vane. Por Víctor Russo. Y por todos los hombres que creyeron que podían comprar el silencio con el fuego.
Sterling se queda helado en el podio.
— ¿Elena? ¿Pero qué...? ¡Seguridad!
— Demasiado tarde —respondo, activando el comando desde mi teléfono.
De repente, todas las pantallas gigantes del salón dejan de mostrar logotipos corporativos. Aparecen las fotos de las cartas de Víctor Russo, los registros de las cuentas bancarias de todos los presentes y los videos de las ejecuciones en el muelle. El murmullo de horror crece como una ola.
— No es solo aquí, Sterling —grito, caminando hacia el podio—. Esto se está retransmitiendo en todas las cadenas nacionales. La "verdad" que intentasteis purgar ahora es propiedad del mundo.
Los invitados entran en pánico. Algunos intentan huir, pero Thorne y su equipo de asuntos internos (los pocos que no estaban comprados) irrumpen por las puertas principales y las salidas de emergencia.
— ¡MATEO, CUIDADO! —grita Lucía.
Sterling ha sacado un arma de debajo del atril. Pero antes de que pueda apuntar a Julian, una sombra sale de entre las cortinas. Mateo se lanza sobre él. Forcejean en el suelo, entre cristales rotos de champán y gritos de la élite. Mateo le arrebata el arma y le pone el filo de su navaja en la garganta.
— Mi padre te envió un mensaje antes de morir —le sisea Mateo al oído—. Dijo que el banco está cerrado.