El horizonte del silencio
ELENA
Seis meses después.
El sol de la tarde baña la nueva sede de la Fundación Russo-Vane. Ya no hay mármol frío ni secretos en el sótano; hay ventanales grandes, ruido de niños y abogados voluntarios. El apellido que una vez fue sinónimo de corrupción ahora es el motor de la reconstrucción de la ciudad.
He vendido la mansión. He donado cada centavo del dinero de sangre de Alberto a las víctimas del Consorcio. Me miro las manos y, por primera vez, no siento que estén manchadas.
Julian entra en mi oficina. Ya no lleva los trajes de tres piezas que lo hacían parecer un busto de piedra. Viste informal, con la carpeta de un caso pro-bono bajo el brazo.
— El juez ha firmado la última sentencia contra Sterling —dice, sentándose frente a mí—. La ciudad está limpia, Elena. Al menos por ahora.
— ¿Y tú? —le pregunto, observando la calma en su rostro—. ¿Extrañas el poder de la fiscalía?
Julian sonríe y niega con la cabeza.
— Extrañaba la verdad. Ahora que la tengo, prefiero defenderla desde la calle, contigo.
MATEO
El puerto de Marsella huele igual que el de casa: salitre, diesel y libertad.
Estoy apoyado en la barandilla de un pequeño velero llamado El Fénix. He dejado atrás el taller, el nombre de Mateo Russo y las noches de insomnio en los túneles. Oficialmente, sigo "desaparecido" en la explosión del Muelle 0, y prefiero que siga siendo así. El mundo no necesita a un criminal redimido, necesita que los fantasmas se queden en el pasado.
Siento unos brazos rodear mi cintura desde atrás. El aroma a jazmín de Lucía me llena los pulmones.
— El capitán dice que zarpamos en diez minutos —susurra ella contra mi espalda—. ¿Seguro que no vas a echar de menos tus llaves inglesas?
— Tengo todo lo que necesito aquí —me giro y la atraigo hacia mí—. Además, escuché que en las islas griegas hay barcos que necesitan un buen mecánico y alguien que sepa vigilar las sombras.
Lucía se ríe y me besa, un beso que sabe a futuro.
Saco del bolsillo la vieja ficha de casino, la última que me queda. La miro por un segundo, recordando a mi padre, al Juez y la guerra que casi nos destruye. Con un movimiento rápido, la lanzo al mar. Veo cómo brilla bajo el sol antes de desaparecer en las profundidades azules.
— Adiós, papá —susurro al viento.
El motor del velero ruge y empezamos a alejarnos del muelle. Miro hacia el horizonte, donde el cielo se une con el agua. El peso de la verdad ya no nos hunde; ahora es el viento que nos empuja hacia lo desconocido.