La sangre no olvida
MATEO
Me deslizo por el conducto de ventilación y caigo sobre el suelo de piedra del sótano con la ligereza de un gato. Mi mano busca instintivamente la empuñadura de la navaja, pero me detengo al ver a Elena. Está sentada en el suelo, rodeada de papeles, con el maletín rojo abierto.
No está llorando. Está en un estado de shock absoluto, con la mirada perdida en una fotografía vieja que ha sacado de un sobre lacrado.
— Elena... —susurro, acercándome con cautela—. Tenemos que salir de aquí. El Consorcio viene de camino.
Ella levanta la vista. Su rostro está pálido, casi traslúcido bajo la luz amarillenta de la caldera.
— No murió, Mateo. Lo vendió —Elena empieza a leer la carta de Alberto en voz alta—"Tu padre no fue una víctima, Elena. Fue el arquitecto. Él fingió su muerte para que el apellido Russo quedara limpio mientras él operaba las rutas desde las sombras. Yo solo era su cara pública".
— Es mentira —gruño, aunque las piezas del rompecabezas encajan con una crueldad perfecta—. Alberto solo quiere confundirnos desde la tumba.
— Hay recibos, Mateo. Transferencias a una cuenta a mi nombre que se activaron cada vez que tú estabas en prisión. Él compró mi silencio con dinero de sangre y tu libertad con su "muerte".
En ese momento, el sonido de botas pesadas resuena en el piso de arriba. El Consorcio ha llegado. Pero ya no siento miedo. Siento una furia fría que me quema las venas. Si mi padre está vivo y es el "tercer socio", entonces esta bilogía no terminará con un arresto. Terminará con un ajuste de cuentas familiar.