El arquitecto de las ruinas
MATEO
El Muelle 0 es un cementerio de hormigón y hierro oxidado. Las vigas carbonizadas de nuestra antigua casa se alzan como costillas de un animal prehistórico contra el cielo gris. Elena camina a mi lado, apretando el maletín rojo contra su pecho; Julian nos sigue unos pasos atrás, con la mano en su arma, mirando las sombras con la desconfianza de quien ya no cree en los héroes.
— Sal de ahí —mi voz suena ronca, proyectándose contra las paredes en ruinas—. Sé que estás aquí. He olido el tabaco de marca que Alberto te enviaba.
De la oscuridad del antiguo salón, donde una vez nuestra madre nos leía cuentos, emerge una figura. Camina con un bastón, pero su porte es aristocrático. El lado derecho de su rostro está surcado por cicatrices de quemaduras, pero el izquierdo... es como mirarme en un espejo treinta años después.
Víctor Russo. Mi padre.
— Han tardado mucho en encontrar el camino a casa —dice, y su voz es una caricia cargada de veneno.
— ¿Casa? —Elena da un paso adelante, su voz temblando de rabia—. Tú quemaste esta casa. Nos dejaste creer que habías muerto entre estos muros mientras tú te sentabas a la mesa con los hombres que destruyeron nuestra ciudad.
— Les di libertad, Elena —responde él, con una calma aterradora—. A Mateo le di la calle, la única escuela donde un hombre aprende lo que vale. A ti te di la comodidad, el silencio y un marido con un apellido respetable. Si hubiera muerto de verdad, Sterling os habría cazado en una semana. Fui vuestro escudo invisible.
— ¡Fuiste nuestro carcelero! —ruge Julian, dando un paso al frente—. Usaste mi fiscalía para limpiar tus rutas. Cada vez que yo metía a un pequeño traficante en la cárcel, te estaba abriendo paso a ti. ¡Me usaste como a un peón!
Víctor Russo sonríe, y es la cosa más triste que he visto nunca.
— Te usé como a un hijo, Julian. Te puse en la cima para que, cuando yo me fuera, los Russo y los Vane controlaran ambos lados de la moneda.
ELENA
Miro al hombre que llamaba "papá" y solo veo un extraño. El maletín me pesa como si estuviera lleno de plomo.
— La carta de Alberto dice que tú eres el "tercer socio" del Consorcio —digo, levantando el maletín—. Pero también dice que tienes miedo. Tienes miedo de que los otros socios descubran que has estado desviando fondos para tu propio plan de escape. Este maletín contiene las pruebas de tu traición hacia ellos.
El rostro de mi padre se tensa. La máscara de calma se agrieta por primera vez.
— Elena, dame el maletín. Es vuestro seguro de vida. Si el Consorcio llega aquí y yo no tengo eso para negociar, no saldréis vivos.
— No lo queremos para negociar —interviene Mateo, sacando su navaja con un movimiento seco—. Lo queremos para que sientas lo que nosotros sentimos: el peso de la verdad sin salida.
En ese momento, las luces de varios todoterrenos iluminan las ruinas desde el exterior. El Consorcio no ha esperado a que terminemos la reunión familiar. Han venido a liquidar la deuda de los Russo de una vez por todas.