Valentina cerró la puerta de su habitación y se quedó apoyada contra ella.
Necesitaba respirar.
Solo eso.
Respirar y pensar.
Pero cada vez que intentaba ordenar sus pensamientos, aparecía una nueva pregunta.
¿Quién era realmente su padre?
¿Qué había ocurrido con su madre?
¿Por qué habían tenido que esconderla?
Y, sobre todo...
¿Por qué Dante Moretti sabía tantas cosas sobre una familia que ella ni siquiera sabía que tenía?
Caminó hasta el espejo.
Observó su rostro.
Era el mismo de siempre.
Los mismos ojos.
La misma sonrisa.
La misma pequeña cicatriz junto a la ceja que tenía desde niña.
Nada había cambiado.
Y, sin embargo, sentía que ya no sabía quién era.
Tomó el pequeño brazalete que llevaba desde que tenía memoria.
Siempre había sido algo especial para ella.
Su padre le había dicho que pertenecía a su madre.
Ahora sabía que probablemente había sido algo más.
Lo giró entre sus dedos.
En la parte interior había unas letras diminutas que nunca había conseguido leer bien.
I.D.L.
Isabella De Luca.
Valentina sintió un nudo en la garganta.
Su madre realmente había existido.
No era solamente una historia inventada.
Alguien llamó a la puerta.
—¿Valentina?
Era Dante.
Ella dudó.
—Pasa.
La puerta se abrió.
Dante entró y la encontró sentada junto a la ventana.
—Tenemos que hablar.
—Eso parece convertirse en tu frase favorita.
Él ignoró el comentario.
—Mañana iremos a comprar el vestido.
Valentina lo miró.
—¿El vestido?
—La boda será en cinco días.
—¿Cinco?
—Sí.
Ella se levantó.
—¿No crees que todo está sucediendo demasiado rápido?
—Sí.
—Entonces ¿por qué lo haces?
Dante sostuvo su mirada.
—Porque ya no tenemos tiempo.
Valentina sintió que algo no estaba bien.
—¿Qué pasó?
Dante se acercó a la ventana.
—Alguien descubrió que estás viva.
Ella se quedó completamente quieta.
—¿Cuándo?
—Esta mañana.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Tengo gente vigilando a quienes podrían intentar encontrarte.
Valentina soltó el aire lentamente.
—Esto es absurdo.
—No.
Dante la miró.
—Esto es peligroso.
Ella cruzó los brazos.
—Entonces dime qué puedo hacer.
—Confiar en mí.
Valentina soltó una pequeña carcajada.
—Hace unas horas me dijiste que no confiara en ti.
—Cambiar de opinión es una de las pocas ventajas que tengo.
Ella lo observó.
Por primera vez, Dante parecía verdaderamente cansado.
No frío.
No distante.
Cansado.
—¿Tienes miedo? —preguntó.
Dante la miró.
—Sí.
La respuesta fue tan inesperada que Valentina no supo qué decir.
—¿De qué?
—De llegar tarde.
—¿Tarde para qué?
Dante se acercó.
—Para protegerte.
Valentina bajó la mirada.
No sabía por qué aquellas palabras habían conseguido afectarla.
Quizá porque nadie había hablado de protegerla de aquella manera.
Dante extendió la mano.
—Dame el brazalete.
Ella lo miró inmediatamente.
—¿Por qué?
—Quiero verlo.
Valentina dudó.
Finalmente se lo entregó.
Dante lo observó.
Su expresión cambió.
—¿Dónde lo conseguiste?