No sé cuánto tiempo permanecí mirando a Dante después de escuchar aquella grabación.
Había algo diferente en su expresión.
No era solamente preocupación.
Era miedo.
Y Dante Moretti no era un hombre que acostumbrara a mostrarlo.
—¿Qué quiso decir? —pregunté.
Él apagó la pantalla del teléfono.
—No lo sé.
—Dante.
—Valentina, necesito pensar.
Me levanté de la cama.
—¿Pensar qué? ¿Qué tiene que ver Gabriel con todo esto?
—Voy a averiguarlo.
—¡Es mi padre!
—Y también es un hombre que lleva ocultándote información durante veintitrés años.
Aquello me dolió.
—No hables de él como si fuera un desconocido.
Dante se pasó una mano por el cabello.
—No estoy intentando atacarlo.
—Pues eso parece.
Me acerqué a la ventana.
Había pasado toda mi vida creyendo que Gabriel Russo era mi única familia paterna. Él me había enseñado a montar bicicleta, me había llevado a comprar mis primeros libros y se había quedado despierto conmigo cuando tenía pesadillas.
¿También había sido todo una mentira?
—Necesito llamarlo —dije.
Dante asintió.
—Hazlo.
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Gabriel contestó después de varios tonos.
—¿Marlin?
El apodo me hizo cerrar los ojos.
—Hola, papá.
—¿Está todo bien, mi niña?
Tragué saliva.
—Necesito preguntarte algo.
Su voz cambió.
—Te escucho.
—¿Quién era mi madre antes de Isabella?
Silencio.
No hubo una respuesta inmediata.
Solamente escuché su respiración.
—¿Quién te habló de eso? —preguntó finalmente.
Una lágrima recorrió mi mejilla.
—Entonces es verdad.
—Marlin…
—¡No me llames así para evitar responderme!
Gabriel guardó silencio.
—¿Tú sabes quién soy realmente? —pregunté—. ¿Sabes qué ocurrió cuando nací?
—Sé más de lo que debería.
Me llevé una mano a la boca.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque prometí protegerte.
—¡Todos prometieron protegerme! ¡Y todos terminaron mintiéndome!
Escuché un suspiro.
—Hay cosas que hice de las que no estoy orgulloso.
—¿Qué cosas?
Gabriel tardó unos segundos.
—Yo no fui el primer hombre que te sostuvo en brazos aquella noche.
Miré a Dante.
Él se acercó inmediatamente.
—¿Quién fue? —pregunté.
La respuesta de Gabriel me dejó helada.
—Tu abuelo.
Fruncí el ceño.
—¿Mi abuelo?
—El padre de tu madre biológica.
—¿Alessandro?
—No, Marlin. Tu otro abuelo.
Sentí un escalofrío.
—¿Augusto Rinaldi?
Gabriel no respondió.
No hizo falta.
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—¿Qué más sabes? —pregunté.
—Sé que Augusto estuvo presente cuando naciste. Sé que quería llevarte con él y que Isabella se negó. También sé que aquella noche alguien cambió los documentos de los bebés.
—¿Quién?
—No puedo asegurarlo.
—Papá, por favor.
Su voz se quebró.
—Yo llegué a la clínica para sacarte de allí. Isabella me entregó a una niña y me pidió que la criara como si fuera mía. Me dijo que nunca debía permitir que los Rinaldi se acercaran a ella.
—¿Y lo hiciste?
—Sí.
—¿Me entregaste a mí?
Gabriel tardó demasiado en responder.
—Eso es lo que siempre creí.
Sentí que el corazón se me encogía.
—¿Cómo que eso creíste?
—Había tres cunas. Tres bebés. Una enfermera me entregó a una niña envuelta en una manta blanca. Isabella estaba inconsciente. Cuando pregunté por los otros bebés, me dijeron que habían muerto.
—¿Y nunca comprobaste que la niña que te entregaron era yo?
—Tenía un documento con tu nombre.