Valentina sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Alguien que conozco?
Dante no respondió inmediatamente.
Ella dio un paso hacia él.
—Acabas de decir que la persona que ordenó matar a mi familia es alguien que conozco.
—Sí.
—¿Quién?
Dante dejó el teléfono sobre la mesa.
—No quiero decírtelo aquí.
Valentina soltó una risa incrédula.
—¿Aquí?
Miró a su alrededor.
—Estamos en una habitación secreta dentro de tu casa, después de que un desconocido intentara entrar en mi habitación. Creo que ya superamos el punto en el que importa el lugar.
Dante la observó.
—Es tu padre.
El silencio fue inmediato.
Valentina parpadeó.
—¿Qué?
—Tu padre sabe más de lo que te ha contado.
Ella negó con la cabeza.
—No.
—Valentina...
—No.
La respuesta salió más fuerte.
—Él me crió.
—Lo sé.
—Estuvo conmigo cuando era niña.
—Lo sé.
—Me cuidó.
—Y también te ocultó tu identidad.
Valentina sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Eso no significa que haya matado a mi familia.
Dante se acercó.
—No dije que él haya dado la orden.
Ella se quedó quieta.
—Entonces ¿qué estás diciendo?
—Que sabe quién la dio.
Valentina respiró profundamente.
—¿Cómo lo sabes?
Dante señaló el teléfono.
—Porque hace veintitrés años, después del ataque, tu padre desapareció durante tres días.
—¿Y?
—Durante esos tres días se reunió con alguien.
—¿Con quién?
Dante la miró fijamente.
—Con el hombre que financió el ataque.
Valentina se quedó helada.
—¿Quién?
Dante no contestó.
—Dime su nombre.
—Todavía no.
Ella golpeó la mesa con la palma.
—¡Estoy cansada de que todo el mundo decida cuándo puedo conocer mi propia vida!
Dante no reaccionó.
Valentina continuó:
—Primero descubro que no soy quien creía. Después descubro que mi madre conocía a un hombre al que apenas conozco. Luego alguien intenta entrar en mi habitación. Ahora me dices que mi padre sabe quién destruyó a mi familia.
Se le quebró la voz.
—¿Qué más tengo que perder para que finalmente me digas toda la verdad?
Dante la observó durante unos segundos.
Después tomó una decisión.
—Ven conmigo.
—¿A dónde?
—A ver a tu padre.
Valentina levantó la mirada.
—¿Ahora?
—Ahora.
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Una hora después, el automóvil se detuvo frente a la casa donde Valentina había crecido.
Las luces estaban apagadas.
Dante miró hacia el segundo piso.
—Quédate aquí.
Valentina negó.
—No.
—Puede ser peligroso.
—Es mi casa.
Dante suspiró.
—Entonces no te alejes de mí.
Entraron.
La puerta principal estaba abierta.
Valentina sintió un escalofrío.
—Mi padre jamás deja la puerta abierta.
Dante sacó su teléfono.
—Quédate detrás de mí.
Avanzaron por el pasillo.
Todo estaba en silencio.
—¿Papá?
Nadie respondió.
Valentina corrió hacia el despacho.
La habitación estaba desordenada.
Los cajones abiertos.
Papeles por el suelo.
Y una silla volcada.
—Papá...
Dante revisó la habitación.
—No está.
Valentina vio algo sobre el escritorio.
Una fotografía.
La tomó.