La esposa que el mafioso no debía amar

Capítulo 37. ¿A cuál de las dos salvaste?

Capítulo 37. ¿A cuál de las dos salvaste?

No recuerdo haberme vestido tan rápido en toda mi vida.

Tenía el corazón acelerado y las manos frías. Dante conducía mientras yo miraba constantemente el teléfono, esperando que Gabriel me llamara.

Mi papá.

El hombre que me había enseñado a caminar, que me había comprado mis primeros libros y que siempre decía que yo era su mayor orgullo.

¿Había elegido salvarme a mí y abandonar a otra niña?

No quería creerlo.

—Dante, ¿y si es verdad?

Él mantuvo los ojos en la carretera.

—Todavía no sabemos qué ocurrió.

—Pero viste la fotografía. Gabriel estaba con Sofía.

—Lo vi.

—¿Y si ella es la niña que él decidió abandonar?

Dante extendió una mano y tomó la mía.

—No permitas que un mensaje de alguien que quiere manipularte destruya todo lo que has vivido con tu padre.

Lo miré.

—¿Tú podrías perdonar algo así?

—Dependería de lo que hubiera ocurrido.

—Eso no me ayuda.

—No voy a mentirte para tranquilizarte, Valentina.

Apreté sus dedos.

—Gracias.

Él me besó los nudillos sin apartar la mirada de la carretera.

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La clínica era pequeña, discreta y estaba rodeada de seguridad privada.

Cuando llegamos, uno de los hombres de Dante nos condujo hasta una habitación del segundo piso.

Abrí la puerta sin llamar.

—¡Papá!

Gabriel estaba sentado en la cama.

Tenía un pequeño vendaje en la frente y un brazo inmovilizado, pero estaba consciente.

Al verme, abrió los brazos.

—Marlin...

Corrí hacia él.

Lo abracé con tanto cuidado como pude, aunque las lágrimas comenzaron a salir inmediatamente.

—¡Estás vivo!

—Estoy aquí, mi niña.

Me aparté para observarlo.

—¿Te hicieron daño?

—Nada que no pueda soportar.

—¡No vuelvas a desaparecer así!

Gabriel sonrió débilmente.

—Lo intentaré.

Entonces recordé la fotografía.

La joven que estaba a su lado.

Miré hacia la ventana.

Sofía estaba allí.

De pie, con los brazos cruzados y los ojos llenos de lágrimas.

Nos observamos durante varios segundos.

Era extraño.

No la conocía.

No sabía cómo sonaba su risa ni qué música escuchaba. No sabía si le gustaban los libros, si era tímida o si prefería hablar hasta por los codos.

Pero compartíamos algo que ninguna de las dos había elegido.

Una familia.

—¿Ella es Sofía? —pregunté.

Gabriel bajó la mirada.

—Sí.

La joven se acercó lentamente.

—Hola.

—Hola.

Sonrió nerviosamente.

—No sabía que eras tan parecida a mí.

Miré su rostro.

Tenía razón.

Nuestros ojos eran muy parecidos.

Incluso teníamos una expresión similar cuando estábamos nerviosas.

—Yo tampoco sabía que tenía una hermana.

Sofía se limpió una lágrima.

—Yo sí sabía que tenía una hermana.

La miré sorprendida.

—¿Qué?

—Me dijeron que había nacido una niña aquella noche. Pero nunca me dijeron dónde estaba.

Se volvió hacia Gabriel.

—Él me contó que llevaba años buscándome.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Y por qué nunca me buscaste directamente?

Sofía sonrió con tristeza.

—Porque no sabía si querías conocerme.

Aquella respuesta me dolió más de lo que esperaba.

Me acerqué un poquito.

—Yo también tenía miedo.

Ella asintió.

Y entonces ocurrió algo que ninguna de las dos planeó.

Nos abrazamos.

No fue un abrazo perfecto ni especialmente largo.

Fue torpe, tímido y lleno de lágrimas.

Pero fue nuestro primer abrazo como hermanas.

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Después de unos minutos, me senté junto a Gabriel.




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