La fotografía de Dante seguía iluminada en la pantalla de mi teléfono.
Alguien nos había estado vigilando.
No solamente conocía nuestra ubicación, sino que había conseguido fotografiarlo dentro de nuestra propia habitación.
—Dante…
Él levantó una mano para pedirme que esperara mientras hablaba por teléfono.
—Quiero revisar las cámaras exteriores, los accesos y todas las grabaciones de las últimas cuarenta y ocho horas. Nadie entra ni sale sin que yo lo sepa. ¿Entendido?
Colgó.
—¿Quién tomó esa fotografía? —pregunté.
—Todavía no lo sé.
—¿Y si está dentro de la mansión?
Su mandíbula se tensó.
—Entonces lo encontraremos.
Me levanté de la cama.
—Quiero ir a esa dirección.
—No.
Lo miré inmediatamente.
—Dante.
—Valentina, alguien acaba de fotografiarme dentro de nuestra habitación. No voy a permitir que salgas a encontrarte con una persona que podría estar intentando hacerte daño.
—No te estoy pidiendo permiso.
Él cerró los ojos un instante.
—Lo sé.
—Entonces no empieces a tratarme como si fuera una niña.
Dante se acercó.
—No es eso. Estoy intentando mantenerte viva.
—Y yo estoy intentando descubrir por qué alguien lleva veintitrés años decidiendo qué puedo saber sobre mi propia vida.
Nos miramos en silencio.
Finalmente, Dante respiró profundamente.
—No irás sola. Pero tampoco te obligaré a quedarte aquí.
Aquello era lo máximo que podía pedirle.
Por ahora.
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A las diez y treinta de la mañana, Dante entró en la habitación mientras yo terminaba de arreglarme.
Llevaba unos pantalones negros, una blusa sencilla y el cabello recogido.
—¿Lista?
—Sí.
Me observó unos segundos.
—¿Dormiste?
—Más o menos.
—Yo tampoco.
Me acerqué para tomar mi bolso.
—Dante, si esa mujer tiene información sobre mi nacimiento, necesito escucharla.
—Lo entiendo.
—Y no quiero que la interrogues como si fuera una enemiga antes de saber quién es.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—¿Siempre tienes que discutir conmigo?
—Solamente cuando dices tonterías.
Soltó una risa baja.
Era extraño. Incluso en medio de semejante caos, todavía conseguíamos tener esos pequeños momentos.
Antes de salir, me tomó suavemente de la mano.
—Una cosa.
—¿Qué?
—Si algo sale mal, no te separes de mí.
Lo miré.
—Y tú no me ocultes nada.
—Trato hecho.
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La dirección nos llevó a un edificio antiguo, apartado del centro de la ciudad.
Dante había organizado un dispositivo de seguridad discreto. Dos vehículos nos seguían a cierta distancia y otros hombres vigilaban las calles cercanas.
—Qué exagerado eres —murmuré.
—Estoy siendo moderado.
—No quiero imaginar cómo eres cuando exageras.
—No quieres.
Puse los ojos en blanco.
Entramos en el edificio.
El ascensor no funcionaba, así que subimos por las escaleras hasta el tercer piso.
La puerta del apartamento estaba entreabierta.
Dante se colocó delante de mí.
—Quédate detrás.
—Dante…
—Por favor.
Esta vez no discutí.
Él empujó la puerta.
—¿Hay alguien?
Silencio.
Entramos.
El apartamento estaba prácticamente vacío. Había una mesa, dos sillas y una computadora portátil encendida.
Sobre la mesa descansaba una fotografía.
La tomé.
Era una imagen antigua de Isabella sosteniendo a un bebé.
En el reverso había una frase:
«La primera mentira fue decir que solamente nacieron dos».
—Dante…
Él examinó la fotografía.
—Esto fue tomado en la clínica.
De pronto, escuchamos una voz desde el pasillo.
—Llegaste.
Me giré.
Una mujer apareció en la entrada de la habitación.
Era la misma joven del vídeo.
Lucía.
Aunque ahora llevaba el cabello recogido y parecía mucho más nerviosa.
Sus ojos se encontraron con los míos.
—Valentina.
—Dime quién eres.
La joven miró a Dante.
—Necesito hablar con ella a solas.
—Eso no va a suceder —respondió él.
—Entonces nunca conocerá la verdad.
Me adelanté.
—Habla. Él se queda.