—Explícame qué significa eso.
Mi voz salió más fuerte de lo que pretendía.
Miré alternativamente a Isabella y a Dante. La fotografía seguía sobre la mesa. Una joven de cabello oscuro, ojos claros y una expresión seria. Debajo, un nombre que parecía estar a punto de destruir otra parte de mi vida.
Lucía Rinaldi.
—Acabas de decir que es hija de Elena y después aseguras que Elena nunca tuvo una hija —insistí—. ¿Te das cuenta de que no tiene sentido?
Isabella cerró los ojos.
—Reconozco su rostro, Valentina. No estoy segura de quién es.
—¿Cómo puedes reconocerla?
—Porque la vi hace años. Era una niña.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué niña?
—Una bebé que Elena cuidó durante un tiempo.
Dante se acercó a la mesa.
—¿Durante cuánto tiempo?
—No lo recuerdo exactamente. Unos meses, quizá más. Elena estaba destrozada por algo que había ocurrido en el hospital. Nunca quiso hablar demasiado del asunto.
—¿Y por qué todo el mundo insiste en que tuvo una hija? —pregunté.
Isabella me miró con tristeza.
—Porque alguien necesitaba que creyéramos que aquella niña pertenecía a Elena.
Me quedé inmóvil.
—¿Y no era así?
—No lo sé.
Dante tomó la fotografía y examinó el reverso.
—Hay algo escrito.
La giró.
Una fecha.
12 de agosto de 2003.
La misma fecha de mi nacimiento.
Mi respiración se volvió irregular.
—No puede ser una coincidencia.
—No —respondió Dante—. No lo es.
---
Dante hizo una llamada y se apartó unos pasos.
—Quiero que investigues a Lucía Rinaldi. Todo. Documentos de nacimiento, estudios, domicilios, registros médicos y fotografías. No me interesa cuánto cueste.
Escuché su tono frío y autoritario.
Era el Dante que todos temían.
Pero cuando regresó a mi lado, su expresión cambió.
—¿Estás bien?
Solté una risa sin humor.
—¿De verdad quieres que te responda?
No insistió.
Me senté en el sofá y me llevé las manos al rostro.
Veintitrés años.
Veintitrés años creyendo que mi mayor secreto era no conocer a mi padre.
Ahora resultaba que había tres bebés registrados la noche de mi nacimiento, personas que habían muerto y otras que supuestamente estaban vivas, familias que compartían secretos y una organización que parecía haber decidido mi destino antes de que pudiera pronunciar mi primera palabra.
—Quiero irme a casa —murmuré.
Dante asintió.
—Nos iremos.
Isabella se levantó inmediatamente.
—Valentina, espera. Todavía no hemos terminado.
—Yo sí, mamá. Por hoy sí.
Ella se quedó quieta.
Fue la primera vez que la llamé mamá sin pensarlo.
Y también la primera vez que vi lágrimas en sus ojos sin que intentara ocultarlas.
---
El trayecto de regreso transcurrió en silencio.
Dante conducía mientras yo miraba por la ventana. Su mano descansaba cerca de la mía sobre el asiento, pero no intentó tocarme.
Quizá había entendido que aquella noche necesitaba espacio.
Cuando llegamos a la mansión, subí directamente a nuestra habitación.
Me quité los zapatos, dejé el bolso sobre una silla y me senté en el borde de la cama.
Dante apareció unos minutos después.
—¿Quieres comer algo?
Negué con la cabeza.
—¿Quieres que me vaya?
Lo miré.
—No.
Él permaneció junto a la puerta.
—Entonces me quedaré. Pero no voy a obligarte a hablar.
Bajé la mirada.
—Dante…
—¿Sí?
—¿Tú crees que alguna vez voy a conocer toda la verdad?
Se acercó despacio.
—Sí.
—¿Y si la verdad es peor de lo que imaginamos?
—Entonces la enfrentaremos.
Solté una pequeña risa.
—Siempre hablas como si pudieras resolverlo todo.
—No puedo resolverlo todo, Valentina.
—Eres Dante Moretti. Todo el mundo parece creer que sí.
Se sentó a mi lado.
—Y, sin embargo, no he conseguido que confíes completamente en mí.
Aquello me dejó sin respuesta.
Él tenía razón.
Habíamos avanzado, pero todavía existían demasiadas cosas entre nosotros. Secretos que no se borraban con un beso ni con una promesa.
—No quiero volver a ser una pieza en el juego de nadie —susurré.
Dante me miró directamente.
—No lo serás.
—No decidas por mí.
—No lo haré.
—Y si descubres algo sobre mi familia, me lo cuentas. Aunque sea horrible. Aunque creas que me va a hacer daño.