La esposa que el mafioso no debía amar

Capítulo 36. Besos que curan el alma

Capítulo 36. Besos que curan el alma

No recuerdo en qué momento comencé a llorar.

Quizá fue cuando leí por primera vez el mensaje de Sofía.

O cuando comprendí que tenía una hermana que llevaba veintiún años viviendo sin saber que yo existía.

Lo único que recuerdo con claridad es que Dante estaba frente a mí, sosteniendo mi teléfono, mientras yo intentaba controlar un llanto que llevaba demasiado tiempo acumulándose.

—Ven aquí, mi amor.

Negué con la cabeza.

—No quiero llorar.

—Entonces no llores.

—Pero no puedo evitarlo.

Dante dejó el teléfono sobre la mesita y abrió los brazos.

No tuve que pensarlo.

Me lancé contra su pecho.

Él me recibió, rodeándome con ambos brazos y acariciándome lentamente la espalda.

—Estoy cansada —confesé entre lágrimas—. Estoy cansada de descubrir que las personas que quiero me han ocultado cosas.

—Lo sé, preciosa.

—Quiero una familia normal.

Dante soltó una respiración lenta.

—Yo tampoco tuve una.

Levanté el rostro.

—¿Tú?

—Crecí en una casa donde todos hablaban de poder, lealtad y dinero. Mi padre me enseñó a desconfiar antes de enseñarme a querer. Mi madre... —Hizo una pausa—. Mi madre intentó darme algo diferente, pero tampoco pudo escapar de aquella familia.

Le acaricié la mejilla.

—Debiste sentirte muy solo.

—Durante mucho tiempo.

—¿Y ahora?

Dante bajó la mirada hacia mis labios.

—Ahora tengo una esposa que discute conmigo por absolutamente todo.

Solté una risita entre lágrimas.

—¡Dante!

—Una esposa que se come mis postres, ocupa toda la cama y se queda dormida encima de mí.

—Eso último no es cierto.

—Ayer desperté con tu rodilla sobre mi estómago.

Me reí de verdad.

Y él sonrió.

No esa sonrisa arrogante que utilizaba cuando conseguía lo que quería.

Una sonrisa pequeña, sincera, de esas que parecían pertenecerle solamente a mí.

—Ahí está —murmuró.

—¿Qué?

—Mi chica.

---

Dante me limpió las lágrimas con los pulgares.

—¿Puedo pedirte algo?

—Depende.

—Deja de intentar ser fuerte durante cinco minutos.

Lo miré confundida.

—No tienes que resolver los problemas de todos esta noche. No tienes que investigar, llamar a nadie ni encontrar a tu hermana antes del amanecer.

—Pero…

—Nada de peros.

Me dio un beso en la frente.

Después otro en la mejilla.

Y otro en la punta de la nariz.

—Dante, ¿qué haces?

—Intento recordar cómo se hace feliz a mi esposa.

—¿Y estás siguiendo algún manual?

—No. Estoy improvisando.

Sonreí.

Él se inclinó y depositó un beso suave en mis labios.

Fue breve.

Pero cuando intentó separarse, lo sujeté por el cuello de su camisa.

—Ese no cuenta.

Levantó una ceja.

—¿Ah, no?

—No.

—¿Por qué?

—Porque fue demasiado corto.

Dante sonrió de lado.

—¿Quieres otro?

Asentí.

Esta vez me besó despacio, con una ternura que me hizo olvidar por unos segundos todo lo que había ocurrido.

Mis manos subieron hasta su rostro.

Él me rodeó la cintura y me acercó un poco más.

No había prisas.

No había discusiones.

No había contratos ni apellidos ni secretos.

Solamente dos personas intentando encontrar un lugar seguro en medio de sus propios desastres.

Cuando nos separamos, apoyó su frente contra la mía.

—Te amo, Valentina.

Me quedé mirándolo.

Aunque ya había escuchado aquellas palabras en otras circunstancias, esa noche sonaron diferentes.

—No tienes que decirlo para hacerme sentir mejor.

—No lo digo por eso.

—Dante...

—Te amo cuando estás feliz, cuando estás insoportable, cuando me contradices y cuando te quedas callada porque tienes miedo. No solamente cuando sonríes.

Mis ojos volvieron a llenarse de lágrimas.

—Vas a hacer que llore otra vez.

—Entonces tendré que besarte otra vez.

Y lo hizo.

Un beso en cada mejilla.

Uno en la frente.

Otro en los labios.

—Eres un tramposo —murmuré.

—Soy tu esposo.

—Por contrato.

Su sonrisa desapareció apenas un instante.

—El contrato tiene fecha de vencimiento.

Me quedé callada.

Dante me acarició el cabello.




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