Durante varios segundos nadie se movió.
Dante tenía el arma apuntando directamente al hombre que acababa de entrar.
Lucía estaba llorando.
Y yo…
Yo no podía apartar los ojos de aquel rostro.
Adriano Moretti.
El hombre que Isabella había amado.
El hombre que, según ella, había muerto intentando salvarme cuando yo era apenas una recién nacida.
—Eso es imposible —susurré.
El desconocido inclinó ligeramente la cabeza.
—Has heredado los ojos de tu madre.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién eres?
—Ya sabes quién soy, pequeña.
—¡No me llames así!
Mi voz resonó en el apartamento.
Dante se colocó delante de mí.
—Da un paso más y disparo.
Adriano observó el arma sin mostrar preocupación.
—Sigues teniendo el carácter de tu padre, Dante.
—No pronuncies esa palabra.
Una sonrisa triste apareció en el rostro del hombre.
—Massimo siempre consiguió que sus hijos lo odiaran incluso cuando intentaba protegerlos.
Dante apretó la mandíbula.
—Mi padre está muerto.
—Eso te dijeron.
—¿Y tú pretendes que crea que llevas veintitrés años muerto?
—No pretendo que creas nada. He venido porque tu esposa está a punto de descubrir una verdad que podría destruir a todos los que lleva llamando familia.
Me adelanté.
—¡Deja de hablar en acertijos! Quiero respuestas.
Adriano me miró.
Por primera vez su expresión cambió.
Había tristeza en sus ojos.
—Lo siento, Valentina.
—No quiero tus disculpas. Quiero saber qué ocurrió en la clínica. ¿Por qué Lucía dice que entregó un bebé a Gabriel? ¿Por qué mi madre me mintió? ¿Y por qué todos parecen conocer mi historia menos yo?
Adriano bajó el arma que llevaba en la mano.
—Porque aquella noche no hubo un solo intercambio de bebés.
Silencio.
—Hubo tres —continuó.
Lucía comenzó a llorar con más fuerza.
Dante me sujetó la mano.
—Explícate.
Adriano miró a la joven.
—Lucía, ¿le enseñaste la carta completa?
Ella negó lentamente.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no quería que supiera quién recibió al tercer bebé.
Me giré hacia ella.
—¿Quién?
Lucía se cubrió el rostro.
Adriano respondió por ella.
—Esteban Rinaldi.
Sentí que el nombre me golpeaba.
Esteban.
El hombre de aquella fotografía antigua, sosteniéndome cuando tenía cinco años.
El hombre que había escrito: «A mi pequeña heredera. Algún día volveremos a estar juntos».
—¿Él se llevó a uno de los bebés?
—Sí.
—¿A cuál?
Adriano no contestó inmediatamente.
Miró a Dante.
—Al que estaba destinado a heredar el poder de La Hermandad.
—¿Y quién era ese bebé? —preguntó Dante.
Adriano me miró directamente.
—No lo sabemos con certeza.
Me aparté de Dante.
—¡Basta! ¡Estoy cansada de que todos sepan cosas y nadie me diga nada!
Adriano aceptó mi reacción sin defenderse.
—Tienes razón.
Sacó un sobre de su chaqueta.
Era antiguo, amarillento y tenía una mancha oscura en una esquina.
—Esto perteneció a Isabella. Lo guardé durante años porque prometí no entregártelo hasta que estuvieras preparada.
Lo tomé.
En el exterior estaba escrito:
Para mi hija, cuando descubra que nació rodeada de mentiras.
Reconocí la letra de mi madre.
Abrí el sobre.
Dentro había una fotografía de tres bebés acostados en cunas diferentes.
En la primera estaba escrito mi nombre.
Valentina Isabella Russo.
En la segunda:
Gabriel Adriano Moretti.
Y en la tercera solamente había una palabra:
Desconocido.
Pero detrás de la fotografía había otra imagen.
Una mujer embarazada.
La mujer era Isabella.
A su lado estaba Elena.
Y entre ambas aparecía una tercera mujer cuyo rostro había sido cuidadosamente tachado.
—¿Quién es ella? —pregunté.
Adriano se quedó mirando la imagen.
—La mujer que todos han estado buscando.
—¿Es la madre del tercer bebé?
—No.
Fruncí el ceño.
—Entonces, ¿quién es?
Adriano respiró profundamente.
—Es la mujer que ordenó que los tres bebés fueran separados.
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