La esposa que el mafioso no debía amar

Capítulo 35. La hermana que me arrebataron

Capítulo 35. La hermana que me arrebataron

—Me llamo Elena De Luca.

La voz de aquella mujer seguía resonando en la habitación.

No podía moverme.

Elena.

Mi tía Elena.

La hermana de Isabella. La mujer que aparecía en las fotografías antiguas. La misma que, según los documentos, había tenido una relación con Massimo Moretti.

Y ahora aseguraba que era la mujer que me había sostenido en brazos antes de que Gabriel me llevara.

—No te creo —conseguí decir.

—Lo entiendo, cariño.

—¡No me llames cariño!

Mi voz se quebró.

—Tú eres mi tía. No eres mi madre.

—Biológicamente, no.

—Entonces, ¿por qué dices que me tuviste en brazos?

Elena sollozó.

—Porque fui una de las personas que estuvo contigo aquella noche. Y porque tuve que entregar a una niña que también era parte de mi vida.

Dante se acercó y tomó el teléfono.

—Señora De Luca, necesito que responda algunas preguntas.

—No tengo mucho tiempo.

—Entonces será mejor que empiece a hablar.

Hubo un silencio.

—Dante Moretti —murmuró ella—. Tu padre cometió muchos errores, pero no todos fueron suyos.

—No estamos hablando de mi padre.

—Siempre terminamos hablando de él cuando se trata de aquella noche.

Dante apretó la mandíbula.

—¿Dónde está Gabriel?

—No lo sé.

—¿Qué le hizo Augusto?

—Augusto no fue quien se lo llevó.

Me acerqué al teléfono.

—¿Quién fue?

Elena respiró profundamente.

—La persona que ustedes están buscando desde hace veintitrés años.

—¡Dime su nombre!

—No puedo.

—¡Estoy cansada de que nadie pueda decirme nada!

Mi grito hizo que Dante me mirara.

Elena comenzó a llorar.

—Valentina, hay algo que debes saber sobre tu hermana. No es Lucía.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

—Lucía es una pieza de esta historia, pero no es la niña que Gabriel debía proteger.

—¿Entonces quién es mi hermana?

Elena tardó unos segundos.

—La conoces.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—¿Qué significa eso?

—Que has estado mucho más cerca de ella de lo que imaginas.

La llamada se interrumpió.

—¡Elena! ¡Elena!

Nada.

Dante revisó el teléfono.

—La llamada fue cortada.

Me senté lentamente en la cama.

—La conozco…

—Valentina, no saques conclusiones todavía.

—Dijo que conozco a mi hermana.

—También dijo que Lucía no es ella.

Me llevé las manos a la cabeza.

—¿Cuántas mujeres de mi familia van a aparecer para decirme que me han mentido?

Dante se arrodilló frente a mí.

—Mírame.

Levanté los ojos.

—Respira.

—No puedo más, Dante.

Él me tomó las manos.

—Lo sé.

—Quiero a Gabriel. Quiero a Isabella. Quiero que alguien me explique por qué mi familia parece una maldita pesadilla.

Dante me acarició los nudillos.

—Vamos a encontrar las respuestas.

—¿Y si no me gusta lo que descubrimos?

—Entonces tendrás derecho a decidir qué hacer con ellas.

Apoyé la frente contra la suya.

Por unos segundos, no existieron los Moretti, los Rinaldi ni La Hermandad.

Solamente nosotros.

---

Una hora después, el investigador de Dante llegó con nuevos documentos.

—Señor, encontramos algo relacionado con Elena De Luca.

Dante tomó la carpeta.

—Habla.

—Hace aproximadamente veinte años, Elena estuvo registrada en una clínica privada bajo un nombre diferente. No hay constancia de un parto, pero sí de una hospitalización prolongada.

—¿Por qué?

—El expediente fue sellado por orden de Augusto Rinaldi.

Dante abrió los documentos.

Encontró una fotografía de Elena entrando en la clínica.

Detrás de ella caminaba Massimo Moretti.




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