La Hacedora del Sol

Capitulo 35: La Mano de la Emperatriz

Como lo tenía planeado, al día siguiente decidió visitar el Palacio de la Luna. Tras anunciar su llegada, un mayordomo imperial la condujo por los elegantes corredores hasta el salón de té, donde Su Majestad la emperatriz la recibiría. El salón desprendía una elegancia serena que contrastaba con la solemnidad del resto del palacio. Sus altos muros, pintados en un delicado azul celeste, estaban enmarcados por molduras blancas finamente talladas que recorrían el techo y descendían por robustas columnas de estilo clásico, cuyos capiteles exhibían intrincados relieves de hojas y flores. La luz de la mañana se filtraba a través de enormes ventanales arqueados que ocupaban casi toda una pared, permitiendo contemplar los jardines imperiales mientras los rayos del sol bañaban la estancia con un resplandor cálido y natural. Suspendida del centro del techo, una magnífica lámpara de cristal y bronce dorado dominaba el salón. Decenas de lágrimas de cristal colgaban de sus brazos curvos, destellando como pequeñas estrellas cada vez que la luz las atravesaba. Sobre las molduras superiores, delicados arreglos de rosas rosadas y blancas parecían brotar de la propia arquitectura, otorgando al lugar la apariencia de un invernadero digno de la diosa Aelira.

El mobiliario seguía la misma armonía de colores. Sofás y sillones tapizados en un suave terciopelo rosa empolvado descansaban alrededor de mesas bajas de madera blanca tallada, cuyas patas curvas y detalles florales reflejaban la exquisita artesanía de los ebanistas imperiales. Sobre ellas reposaban grandes centros de mesa rebosantes de rosas recién cortadas, peonías y pequeñas flores silvestres que impregnaban el ambiente con un delicado perfume. Incluso los cojines, bordados con motivos florales en tonos pastel, parecían haber sido colocados cuidadosamente para transmitir una sensación de calma y refinamiento. Aryanne recorrió el salón con la mirada mientras aguardaba de pie junto a una de las ventanas. A diferencia del Salón del Sol, donde predominaban el oro, el mármol y la majestuosidad destinada a exhibir el poder del emperador, aquel lugar irradiaba una calidez casi familiar. Cada flor, cada color y cada rayo de luz parecían reflejar la personalidad de su dueña. No era difícil comprender por qué la emperatriz prefería recibir allí a las personas que apreciaba; más que un salón de audiencias, aquel rincón parecía un refugio donde el peso de la corona podía olvidarse por unas horas.

Aryanne llevaba un vestido confeccionado en un exquisito brocado de seda color rosa imperial, cuya pesada caída otorgaba a la amplia falda una elegancia majestuosa. Sobre toda la tela se extendía un delicado patrón de enormes crisantemos tejidos en hilos plateados y rosados más claros, formando un relieve floral que cambiaba sutilmente de tonalidad conforme la luz de la mañana acariciaba la superficie del tejido. La cintura estaba ceñida por una fina banda de satén color vino rosado que realzaba su esbelta figura sin romper la armonía del conjunto. El corpiño, completamente ajustado a su torso, presentaba un escote recto y refinado que dejaba al descubierto la base de su cuello y las clavículas con una elegancia propia de la alta nobleza. Las mangas cortas, confeccionadas en un aterciopelado tono fucsia profundo, eran amplias y abullonadas sobre los hombros, estrechándose delicadamente en los puños mediante discretos frunces que aportaban volumen y equilibrio al vestido. Desde la cintura, la falda descendía en amplios pliegues hasta rozar el suelo, formando una impecable silueta de corte imperial que se abría majestuosamente con cada paso.

Su largo cabello castaño miel, naturalmente ondulado, había sido recogido parcialmente en un elegante semirrecogido. Los mechones laterales descansaban suavemente detrás de las orejas, mientras la parte posterior se sujetaba mediante una delicada peineta de oro blanco con la forma de ramas de glicinia, la flor sagrada de Aelira. De ella pendían pequeñas perlas rosadas y diminutos cristales transparentes que brillaban como gotas de rocío entre sus rizos. El resto de su cabellera caía libre sobre su espalda en suaves ondas perfectamente definidas, conservando el característico flequillo recto que enmarcaba dulcemente su rostro. Como únicas joyas llevaba unos discretos pendientes de perlas rosadas engastadas en oro blanco y un fino collar con un pequeño colgante de cuarzo rosa tallado en forma de flor de glicinia, símbolo de la protección de la diosa Aelira. En su mano derecha lucía un delicado anillo de oro blanco adornado con un diminuto diamante, regalo de la emperatriz durante su decimoquinto cumpleaños, una pieza sencilla, pero de enorme valor sentimental. Bajo el amplio vuelo de la falda apenas se alcanzaban a distinguir unos elegantes zapatos de salón confeccionados en satén color marfil. El tacón, bajo y delicadamente curvado, le permitía caminar con comodidad durante las largas jornadas en el palacio, mientras un fino bordado de hilos plateados y pequeñas flores rosadas decoraba la punta de cada zapato, armonizando perfectamente con el resto de su atuendo. Se encontraba esperando tranquilamente en uno de los elegantes sofás de terciopelo rosa mientras una de las doncellas imperiales terminaba de servir el té.

La porcelana, fina como una cáscara de huevo, estaba decorada con delicadas ramas de glicinia pintadas a mano y rematada con discretos bordes dorados. De la taza ascendía un suave vapor impregnado con el delicado aroma de un té blanco de jazmín y flores de glicinia, una de las mezclas favoritas de la emperatriz. Su sabor era ligero y floral, con sutiles notas de miel y un tenue dulzor que apenas permanecía sobre el paladar. Junto a la taza reposaba una bandeja de plata cubierta por una fina servilleta de lino bordado. Sobre ella descansaban pequeños aperitivos preparados especialmente para la ocasión: delicados sándwiches de pan brioche rellenos de queso crema con pepino y eneldo, diminutos hojaldres de mantequilla rellenos de crema de espárragos, tartaletas de frutos rojos coronadas con crema chantilly y unos pequeños macarons de frambuesa y vainilla cuyos colores rosados armonizaban perfectamente con la decoración del salón. Completaban el servicio unas galletas de mantequilla con forma de glicinia, ligeramente espolvoreadas con azúcar glas.




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