Aryanne abandonó el Salón del Sol sin detenerse siquiera cuando escuchó a Belle y a sus amigas llamarla. Necesitaba alejarse, su cabeza daba vueltas, pero era su corazón el que se encontraba en peor estado, dividido entre dos caminos completamente opuestos. Por un lado, estaba Byron, el hombre que había permanecido a su lado durante casi toda su vida. Aunque jamás lo hubiera amado de manera romántica, era su mejor amigo, la persona con la que podía bromear sin reservas, acudir cuando todo salía mal y compartir el enorme peso que implicaba ser el heredero del emperador y la futura emperatriz del Imperio. Con él nunca se había sentido sola, precisamente por eso la culpa comenzaba a devorarla desde dentro. Sentía que lo estaba traicionando simplemente por permitir que otro hombre ocupara un lugar en sus pensamientos. Aquel remordimiento era tan intenso que su estómago se revolvió de inmediato, obligándola a contener las náuseas. Se sentía asqueada de sí misma. Sabía que debía permanecer firme al lado de Byron, apoyarlo como él siempre la había apoyado a ella. Sin embargo, por más que intentaba convencerse, había algo dentro de su pecho que escapaba por completo a su voluntad.
Mientras se escondía en uno de los rincones más apartados del salón de baile, un recuerdo de sus años en el Templo de Aelira acudió inesperadamente a su mente. Maelia le había explicado en una ocasión que las Bendecidas por la Diosa del Amor desarrollaban sus dones conforme se fortalecía el vínculo espiritual con ella. Existían dos clases de benditos: quienes, como Aryanne y todas las emperatrices, recibían únicamente la gracia divina y dependían de la fortaleza de su conexión con la diosa para despertar sus habilidades, y aquellos Bendecidos por Sangre Divina, quienes habían recibido una gota de la sangre de un dios y, por ello, poseían sus dones de manera innata, sin necesidad de cultivar ese vínculo. Cuanto más profunda fuera la conexión de una Bendecida con Aelira, más extraordinarios serían los dones que despertaría. Algunas llegaban incluso a contemplar el legendario hilo rojo del destino, aquel lazo invisible que unía los corazones de dos personas destinadas a amarse. Aryanne todavía no era capaz de verlo, pero Maelia le había revelado que existía un don que todas las Bendecidas compartían desde el principio: aunque no pudieran contemplar ese hilo, eran capaces de reconocer al amor de su vida con solo encontrarse frente a él. ¿Era eso lo que le estaba ocurriendo? Intentó convencerse de que no.
La primera vez que conoció a Corio apenas tenía diez años. A esa edad jamás habría comprendido un sentimiento semejante, ni mucho menos se habría detenido a analizarlo. Dos años después volvieron a verse durante el festival de las mil luces, pero debido a que ambos se encontraban bajo el efecto de la Noctiluna y estaban a oscuras, apenas fue visible poder verse sus ojos. Sin embargo, cuando lo vio desfilar por las calles de la capital tras su regreso al Imperio, algo volvió a estremecerse dentro de ella. Entonces creyó que solo era nostalgia, ahora comprendía que aquella sensación no había hecho más que crecer desde que volvió a tenerlo cerca. Y eso la aterraba porque si Maelia tenía razón, entonces Corioneus Helionis era el hombre que Aelira había destinado para ella desde el principio. Aryanne sintió un escalofrío recorrerle la espalda, se rio de ella misma, aquello era imposible. No podía permitir que esa idea echara raíces en su corazón. Con la respiración agitada, permaneció unos instantes inmóvil en uno de los rincones más apartados del Salón del Sol, intentando recuperar la compostura mientras el bullicio del baile continuaba ajeno a la tormenta que libraba en su interior. Finalmente, incapaz de soportarlo un segundo más, emprendió el paso con decisión hacia una de las grandes puertas que comunicaban el salón con los jardines imperiales. Necesitaba aire fresco, alejarse de aquel lugar y poner en orden sus pensamientos. Sin embargo, cuando estaba a punto de cruzar el umbral, una voz femenina la detuvo:
—¿Mi lady se encuentra bien?
Últimamente todo el mundo parecía empeñado en preguntarle si se encontraba bien. Por eso, cuando volvió a escuchar una voz femenina hacerle la misma pregunta, Aryanne sintió que algo terminaba de romperse dentro de ella. Se giró con la intención de perder por completo la compostura y responder de mala manera que estaba perfectamente, pero las palabras murieron antes de abandonar sus labios. Frente a ella se encontraba una joven de extraordinaria belleza, sentada con elegancia sobre uno de los bancos de mármol blanco situados dentro del salón entre las dos enormes puertas de cristal que comunicaban el salón de baile con los jardines imperiales. Permanecía allí con una serenidad impropia del bullicio del baile, como si todo aquel esplendor no lograra perturbar la paz que irradiaba. Aryanne frunció ligeramente el ceño, aquel rostro le resultaba familiar. Sabía que la conocía, pero el dolor que martilleaba sus sienes y el torbellino de pensamientos que ocupaban su mente le impedían recordar de dónde. Debió de reflejar aquella confusión en su expresión, porque la joven no mostró el menor atisbo de molestia. Por el contrario, le dedicó una sonrisa tranquila y, apoyándose con naturalidad en el bastón que sostenía, inclinó elegantemente la cabeza.
—Mi nombre es lady Florence Tournier —se presentó con exquisita cortesía—. Saludo a Su Excelencia, espero que mis palabras no hayan resultado inoportunas, pero ha sido difícil ocultar mi preocupación.
Entonces Aryanne la recordó, era la hija mayor de los tres hijos del marqués de Tournier, recordaba que tenía la misma edad que Nathaniel y que, desde niña, una lesión permanente en la pierna derecha la obligaba a caminar con ayuda de un bastón. Su mirada descendió inevitablemente hacia él, aquello no era un simple apoyo para caminar. Estaba elaborado en ébano imperial, una madera tan oscura que parecía absorber la luz de los candelabros. El mango había sido tallado en una única pieza de marfil de narval ártico, delicadamente esculpido con enredaderas de glicinas entrelazadas con hojas de roble, símbolos de la Casa Tournier. En el centro destacaba un gran medallón de oro blanco donde reposaba el emblema familiar —un majestuoso roble de profundas raíces— trabajado en relieve y rodeado por pequeñas esmeraldas incrustadas una a una. Incluso la punta metálica estaba forjada en hierro pulido, grabada con antiguas inscripciones protectoras. No hacía falta preguntar cuánto costaba aquella pieza; bastaba una mirada para comprender que era una reliquia heredada durante generaciones. Como si el marques a pesar de su discapacidad no quisiera dejar a dudas de quien era hija por si había seguramente algún burlón que quisiera ofenderla por si discapacidad. Aryanne levantó enseguida la vista.