La Hacedora del Sol

Capitulo 39: Lo que el viento se llevo

Conforme la caravana se aproximaba, los vítores se hicieron cada vez más ensordecedores. Miles de pañuelos ondeaban al unísono mientras los ciudadanos lanzaban flores al paso del ejército. Desde el palco, Aryanne observaba a los caballeros avanzar en perfecta formación, sus armaduras blancas resplandeciendo bajo el sol del mediodía mientras los estandartes dorados del Sol ondeaban orgullosos sobre sus cabezas. Ella misma terminó dejándose llevar por la emoción del momento. Junto a Heather, Belle y Winifred agitaba su pañuelo entre risas, bromeando unas con otras, hasta que una lluvia de pétalos de lirios blancos comenzó a cubrir la avenida. Y entonces apareció él, encabezando la Caravana de la Victoria, el segundo príncipe avanzaba montado sobre un imponente corcel blanco cuya barda de acero plateado estaba delicadamente ornamentada con grabados dorados y rematada, sobre el entrecejo, por un gran lirio blanco, la flor de la victoria concedida únicamente a los generales que regresaban victoriosos al Imperio. En ese instante, el mundo de Aryanne pareció detenerse. Los vítores se desvanecieron, las risas de sus amigas dejaron de existir y los aplausos, las flores y los gritos de la multitud quedaron sepultados por un silencio absoluto. Solo podía verlo a él, sintió cómo su corazón se paralizaba durante un fugaz instante.

Había cambiado demasiado, ahora comprendía por qué tantas damas habían esperado durante horas solo para contemplarlo unos segundos. Era, sin duda, el hombre más apuesto que había visto en toda su vida. Su cabello, blanco como la nieve recién caída, caía despreocupadamente sobre su frente. De vez en cuando lo apartaba hacia atrás con un elegante movimiento de la mano, gesto que arrancaba nuevos suspiros y gritos de las mujeres reunidas a lo largo de la avenida. Poco importaba si eran nobles o plebeyas; durante unos instantes todas parecían olvidar las diferencias de clase para admirar al mismo hombre. Sus ojos dorados seguían siendo inconfundibles. Sin embargo, ya no eran los ojos del muchacho que había conocido años atrás. Ahora irradiaban una seguridad casi intimidante, una confianza inquebrantable y un brillo desafiante propio de alguien acostumbrado a vencer. Incluso la forma en que sonreía había cambiado. Conservaba aquella sonrisa encantadora, pero ahora estaba teñida por una arrogancia juguetona y una confianza que rozaba la insolencia. Hasta su manera de montar transmitía autoridad, cabalgaba con la espalda erguida y una relajación casi insultante, como si el caballo y él compartieran un mismo pensamiento. Saludaba con naturalidad a ambos lados de la avenida mientras una sencilla corona de hojas de laurel descansaba sobre su cabeza, símbolo del triunfo alcanzado en el norte.

Vestía una impecable armadura ceremonial de acero blanco pulido cuyos reflejos plateados brillaban bajo la luz del sol. El peto estaba cuidadosamente grabado con finos relieves florales y, sobre el pecho, destacaba el Sol Imperial de Wisteria cincelado en oro, emblema de la unidad del Imperio. Sobre los hombros descansaban grandes hombreras ornamentadas con broches en forma de sol radiante, de las que descendía una elegante capa blanca ribeteada con bordados plateados que se mecía suavemente con el viento. Bajo la armadura asomaba un sobrio uniforme negro de cuello alto que acentuaba el contraste con el blanco inmaculado del acero. Un ancho cinturón de cuero oscuro cruzaba su cintura, sosteniendo varias correas finamente trabajadas donde reposaban pequeñas bolsas de viaje y el tahalí de su espada. A su costado izquierdo pendía una larga espada ceremonial. La empuñadura, envuelta en cuero negro, estaba rematada por un pomo dorado con forma de sol naciente, mientras la guarda, elegantemente labrada, imitaba los rayos del astro que daba nombre a la Corona. La hoja, perfectamente pulida, permanecía envainada en una vaina blanca decorada con filigranas de oro, recordando a todos que aquel hombre no solo era un príncipe...

Era el comandante que había devuelto la paz al Imperio y por primera vez en muchos años Aryanne comprendió que el niño que había conocido había desaparecido para siempre. Frente a ella ya no estaba Corioneus Helionis, el príncipe olvidado, frente a ella cabalgaba un hombre dispuesto a conquistar el mundo y que apuesto se vería haciéndolo. Sabia que debía apartar la mirada, su razón se lo suplicaba, su mente le repetía una y otra vez que dejara de observarlo, que aquel hombre era un peligro para el Imperio y para todo aquello que ella juraba proteger. Pero su corazón...Su corazón solo deseaba volver a verlo. Durante aquellos cinco años había enterrado con todas sus fuerzas cualquier pensamiento relacionado con él. En las noches más frías, cuando el viento golpeaba las ventanas de la residencia Arvenis, no podía evitar preguntarse si Corio tendría un techo bajo el cual resguardarse o una manta con la que combatir el invierno del norte. En ocasiones se preguntaba si habría comido aquel día o si las heridas de la guerra le habrían arrebatado el sueño. Siempre que esos pensamientos aparecían, los empujaba hasta el rincón más profundo de su conciencia, donde ni siquiera ella pudiera encontrarlos. Sin embargo, bastó con volver a verlo para que todos aquellos pensamientos emergieran nuevamente a la superficie. Y justo cuando estaba a punto de obligarse a apartar la vista, él levantó la cabeza.

La distancia entre ambos apenas era de unos cuantos metros cuando la caravana pasó frente al palco del Celestia. Sus miradas se encontraron; los ojos dorados del príncipe se cruzaron con los inconfundibles ojos rosados de Aryanne. El tiempo volvió a detenerse, ella olvidó respirar, y él tampoco apartó la vista. No hicieron falta palabras, solo aquel silencioso intercambio que parecía haber atravesado los cinco años que los habían mantenido separados. Aryanne permaneció inmóvil, aferrándose inconscientemente a la barandilla del palco, ya no le bastaba contemplarlo desde aquella altura. Una parte de ella deseaba reducir la distancia que los separaba, verlo de cerca, comprobar con sus propios ojos que realmente había regresado. Entonces Corio sonrió, no era una sonrisa burlona, era una sonrisa ladeada, cálida, cargada de aquella confianza que había adquirido con los años y de una inconfundible chispa de picardía. Fue suficiente para desarmarla por completo. Sin darse cuenta, aflojó la mano que sostenía su pañuelo de seda, una repentina ráfaga de viento se lo arrebató de los dedos.




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