Corio detuvo suavemente a su caballo en lo alto de una colina, permaneció inmóvil durante varios segundos, dejando que el silencio envolviera aquel instante que había esperado durante cinco largos años. El sol de la tarde bañaba el paisaje con una calidez agradable, sin el frío cortante al que se había acostumbrado en las fronteras del norte. Sobre su cabeza se extendía un cielo de un azul profundo y limpio, apenas interrumpido por grandes nubes blancas que flotaban lentamente, tan esponjosas que parecían montañas de algodón navegando entre los cielos. Una brisa templada descendía desde las colinas, acariciando su rostro y haciendo ondear con suavidad la capa negra que llevaba sobre los hombros. Desde aquella altura podía contemplar casi toda la capital imperial. Las imponentes murallas de piedra blanca rodeaban la ciudad como el abrazo de un gigantesco dragón dormido. Elevadas torres de vigilancia se alzaban a intervalos regulares, coronadas por estandartes dorados que ondeaban orgullosos con el emblema del Sol Imperial, reflejando destellos bajo la luz del mediodía. Más allá de ellas se elevaba un interminable mar de tejados de pizarra gris y cobre envejecido, atravesado por amplias avenidas empedradas que convergían hacia el corazón de la ciudad como las ramas de un inmenso árbol.
Dominándolo todo en lo más alto de la ciudad se erguía el Palacio del Sol. Sus innumerables cúpulas doradas resplandecían bajo la luz del día como si hubieran sido forjadas con el propio fuego de Aelion. Las altas torres, rematadas con agujas cubiertas de pan de oro, podían distinguirse incluso desde aquella distancia, sobresaliendo por encima de todos los edificios de la capital. A un costado del complejo imperial, descansaba el Palacio de la Luna, de una arquitectura mucho más delicada y refinada. Sus techos de plata azulada y sus muros de mármol blanco parecían irradiar una serenidad completamente opuesta a la majestuosidad imponente del palacio principal. Más abajo, la ciudad rebosaba de vida, las plazas se encontraban abarrotadas de comerciantes y artesanos; las calles principales hervían con carruajes, caballeros y ciudadanos que iban de un lado a otro sin detenerse un solo instante. Desde aquella distancia incluso podía distinguir las coloridas lonas de los mercados, los jardines públicos que salpicaban los distintos barrios y las columnas de humo que ascendían lentamente desde las panaderías, herrerías y hogares, fundiéndose con el cielo despejado. Rodeando toda la capital, los fértiles campos de cultivo se extendían hasta perderse en el horizonte. El trigo, ya maduro, se mecía al compás del viento formando interminables olas doradas que contrastaban con el intenso verde de los viñedos, los huertos y los bosques que abrazaban la ciudad. A lo lejos, el gran río Aster recorría la llanura como una cinta de cristal, reflejando los destellos del sol mientras decenas de embarcaciones navegaban lentamente hacia los puertos imperiales.
Corio inspiró profundamente, el aire olía a tierra húmeda, a trigo recién cortado y al perfume de las flores silvestres que crecían sobre la colina. Como había extrañado ese olor singular, más bien, extrañaba todo. Habían pasado cinco años desde la última vez que había estado en la capital, todavía podía recordar el llanto desesperado de sus hermanas rogándole que no se fuera, podía recordar la mirada entristecida de su madre llena de impotencia por no poder hacer nada. Recordaba la mirada indiferente que le había mostrado la emperatriz y la frialdad con la cual su padre lo mando a la frontera. Se había prometido que esta vez las cosas serían diferentes, ya no sería ese niño tembloroso que echaron de su palacio, no mendigaría por la aprobación de su padre. Esta vez todo sería diferente, sería un jugador más en el tablero que se jugaba por el trono. Se preguntaba qué tan cambiado serían las cosas en la capital, si su madre lo reconocería después de estar tanto tiempo separados, pero lo que más lo intrigada era una sola persona: aquella señorita de ojos rosados. Se preguntaba si lo había olvidado, si lo reconocería, o si fingiría nunca haberlo conocido. Seguramente en estos momentos ante sus ojos era su rival para vencer, Corio sonrió emocionado, en verdad ya quería llegar a la capital. Permanecía con la vista fija en la capital cuando el sonido acompasado de unos cascos ascendiendo por la colina rompió el silencio, no necesitó girarse para saber de quién se trataba.
—Llegamos antes de lo previsto, alteza —dijo una voz grave y serena.
Corio sonrió apenas antes de volver el rostro, a unos metros de distancia, un jinete de imponente presencia desmontaba de su caballo con la misma naturalidad con la que un guerrero envaina su espada tras una batalla. Era un hombre de veinte años, tres años mayor que él, de complexión atlética y hombros anchos, moldeados por años de combate y largos viajes. Su piel era de un profundo tono ébano que brillaba tenuemente bajo la luz del sol, resaltando unos rasgos marcados y armoniosos: una mandíbula firme, pómulos altos y una nariz recta que conferían a su rostro una expresión serena, casi regia. Su cabello negro, corto y rizado, estaba cuidadosamente recortado, mientras que unas cejas pobladas enmarcaban unos llamativos ojos de un verde oliva intenso. Aquella mirada, siempre alerta, contrastaba con la calma de su semblante y parecía analizar cada detalle de cuanto lo rodeaba. Sus labios bien definidos rara vez se curvaban en una sonrisa amplia, pero cuando lo hacían transmitían una calidez que pocos tenían el privilegio de conocer. Vestía una armadura ligera de cuero oscuro reforzada con placas de acero ennegrecido, diseñada para largas jornadas de viaje más que para los desfiles de la corte. Sobre los hombros descansaba una capa color arena, desteñida por incontables campañas, cuyo tono recordaba las dunas de su tierra natal. A su cintura colgaba un sable de hoja ligeramente curva, de clara manufactura khaelorí, junto a una daga de empuñadura tallada con motivos geométricos propios del desierto.