Las puertas del gran salón de baile del Palacio del Sol permanecían abiertas de par en par, revelando una escena que parecía más propia de un sueño que de la realidad. Bajo la inmensa cúpula pintada con un cielo donde las primeras luces del alba teñían las nubes de tonos dorados, rosados y anaranjados, un gigantesco candelabro de cristal descendía desde el centro del techo como una cascada de estrellas, multiplicando la luz de cientos de velas hasta envolver todo el recinto en un resplandor cálido que imitaba los primeros rayos del amanecer. La decoración había transformado por completo el salón imperial. Enormes estandartes de seda color rosa amanecer, melocotón y oro viejo descendían desde las cornisas hasta rozar el suelo de mármol blanco, cada uno bordado con un sol naciente cuyos rayos parecían extenderse hacia el techo. Entre las columnas de mármol veteado en oro se enroscaban delicadas guirnaldas de glicinas, rosas de jardín, peonías, camelias y lirios en suaves tonalidades marfil, coral y dorado, mientras miles de pequeñas luces ocultas entre el follaje simulaban el brillo del rocío al amanecer. Sobre los balcones interiores pendían cortinas de organza casi transparente que se mecían con la brisa que entraba por los enormes ventanales, suavizando la luz natural hasta convertir todo el salón en un paisaje bañado por un eterno alba.
El suelo, pulido hasta reflejar como un espejo cada destello de luz, había sido decorado con un inmenso mosaico circular de mármol rosado y oro que representaba al Sol elevándose sobre el horizonte. Desde aquel símbolo partían delicadas líneas doradas que recorrían toda la superficie del salón como si fueran los propios rayos del astro, guiando la mirada hasta la elevada plataforma donde se encontraba el Trono del Sol, preparado para recibir a la familia imperial. A ambos lados del salón se alineaban largas mesas de madera tallada recubiertas con manteles de seda color marfil y arreglos florales de gran tamaño colocados en jarrones de cristal y oro. Entre ellos ardían centenares de candelabros de distintos tamaños, lámparas de aceite perfumadas con esencia de azahar y jazmín, y elegantes faroles de cristal tallado cuyo resplandor dorado hacía parecer que diminutos soles flotaban entre las flores. Incluso las copas de cristal habían sido grabadas con finos motivos solares y cada plato de porcelana lucía un delicado borde dorado reservado únicamente para las grandes celebraciones de la Casa Imperial.
Desde una de las galerías elevadas, una orquesta de más de cuarenta músicos interpretaba suaves piezas ceremoniales. Violines, violas y violonchelos marcaban la melodía principal, acompañados por arpas cuyos acordes parecían deslizarse por el aire como agua cristalina. Flautas traversas, oboes y clarinetes aportaban ligereza a la composición, mientras las trompas y trompetas imperiales añadían la solemnidad propia de una ceremonia destinada a quedar grabada en la historia de Wisteria. Detrás de ellos, un inmenso órgano de tubos dorados aguardaba silencioso el momento de anunciar la llegada de Sus Majestades. Decenas de sirvientes recorrían el salón con una coordinación impecable, moviéndose entre los invitados con la discreción de quienes llevaban toda una vida sirviendo a la corte. Los hombres vestían impecables uniformes blancos ribeteados con bordados dorados, botones de latón bruñido y guantes de algodón inmaculado; las mujeres llevaban elegantes vestidos color crema con delantales bordados en hilo de oro y cofias adornadas con pequeñas flores de glicina. Todos portaban bandejas de plata maciza sobre las que descansaban copas de champán rosado, vinos espumosos, mimosas elaboradas con cítricos imperiales y delicados bocadillos preparados por los cocineros del Palacio del Sol: pequeños volovanes rellenos de crema de mariscos, tartaletas de frutas, canapés de salmón ahumado, quesos madurados con miel, brochetas de frutas caramelizadas y diminutos pastelillos decorados con hojas de oro comestible que imitaban la salida del Sol.
La nobleza tampoco había escatimado esfuerzos para la ocasión. Los caballeros lucían uniformes militares ceremoniales o refinados trajes de gala confeccionados en tonos marfil, dorado, arena, ámbar y melocotón, adornados con charreteras bordadas, bandas honoríficas, medallas y broches familiares que brillaban bajo la luz de los candelabros. Las damas parecían haber transformado el salón en un inmenso jardín bañado por el alba. Vestidos de tul, seda y organza en colores que iban desde el rosa empolvado hasta el amarillo amanecer, pasando por el coral, el champán y el dorado, se mecían con elegancia mientras las joyas de diamantes, topacios, citrinos, morganitas y perlas reflejaban la luz como si cada una guardara un pequeño fragmento del Sol. El conjunto era tan armonioso que, por un instante, resultaba imposible distinguir dónde terminaba la decoración del salón y dónde comenzaba la multitud que llenaba el Palacio del Sol. No tardaron en anunciar a la Tercera Princesa Imperial. Las puertas del segundo piso se abrieron lentamente y Sherline Helionis apareció descendiendo por la gran escalinata con la serenidad propia de quien había nacido para ocupar el centro de todas las miradas. Una encantadora sonrisa iluminaba su rostro mientras saludaba con un elegante movimiento de la mano. Como era costumbre, todos los nobles inclinaron la cabeza en una profunda reverencia para recibirla, aunque al incorporarse, más de uno dejó escapar un suspiro de admiración.
Sherline llevaba su largo cabello rubio platino recogido en un elegante semirrecogido de suaves ondas, donde dos delicadas trenzas nacían desde las sienes para unirse en la parte posterior de la cabeza. Sobre ellas descansaba una refinada tiara de oro blanco engastada con diamantes y topacios amarillos, cuyos motivos imitaban los rayos del Sol naciente y destellaban con cada paso que daba. Su vestido, confeccionado en delicadas capas de tul que se fundían en un degradado de rosa coral, melocotón y amarillo amanecer, parecía capturar los colores del alba. El corpiño, completamente bordado con diminutas flores, cristales y finos hilos dorados, abrazaba su figura con elegancia antes de abrirse en una amplia falda vaporosa adornada con aplicaciones florales que ascendían desde el ruedo hasta la cintura. Una larga capa de tul transparente, ribeteada con intrincados bordados de oro y pequeñas flores, caía desde uno de sus hombros hasta formar una majestuosa cola que se deslizaba sobre el mármol como si estuviera envuelta por los primeros rayos del amanecer. Su sola presencia bastó para eclipsar con facilidad a su hermana menor, Whitney.